¿Es la tecnología clave para mejorar la salud y la educación en todo el mundo, o solo una distracción costosa?

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Tras décadas de intentos por mejorar los sistemas de salud y educación en crisis de los países en desarrollo, la situación sigue siendo desesperada en muchas zonas. En algunos países del África subsahariana, los niños alcanzan apenas entre 2,3 y 5 años de aprendizaje, pese a pasar normalmente 8 años en la escuela. Más de cinco millones de niños siguen muriendo antes de cumplir cinco años. El enfoque tradicional no está funcionando, por lo que resulta tentador pensar que la tecnología es la solución rápida.

La inteligencia artificial aplicada a la medicina y la tecnología educativa para el aprendizaje están ganando popularidad entre el público y los inversores. Se vislumbra un futuro en el que se enseñará a niños de todo el mundo mediante realidad virtual y robots atenderán a pacientes en zonas remotas. Se citan ejemplos de éxito a pequeña escala para justificar inversiones en cualquier tecnología novedosa y llamativa, con la esperanza de que sea la que marque toda la diferencia.

Pero es peligroso considerar inevitable el éxito de las nuevas tecnologías. En los países en desarrollo, el entusiasmo por la tecnología ha impulsado inversiones costosas en equipos presentados como soluciones mágicas. Se han puesto en marcha programas para dar un portátil a cada niño, pero los docentes carecían de las competencias y la formación digital necesarias para usarlos, así que los ordenadores acababan bajo llave en los cajones. En hospitales de todo el mundo, equipos médicos de alta gama han acumulado polvo. Estas inversiones no solo han desperdiciado dinero en países con presupuestos ajustados, sino que también han generado una confusión generalizada sobre cuál es la mejor manera de invertir en soluciones tecnológicas.

Una nueva investigación que he dirigido ha analizado por qué fracasan algunos programas de solución rápida y qué hace falta para que tengan éxito. Las intervenciones eficaces hacen dos cosas. No se centran únicamente en los equipos, sino también en los contenidos, el intercambio de datos y las conexiones en todo el sistema que posibilita la tecnología digital. Además, solo despliegan tecnología tras estudiarlo detenidamente y cuando resulta apropiado para abordar un problema real y definido.

La política de comprar un portátil para cada niño en Perú fracasó, mientras que un programa similar en China tuvo éxito, porque los ordenadores se integraron en las prácticas docentes habituales y se prepararon contenidos digitales.

En Uganda, la aplicación web Mobile VRS ha contribuido a aumentar la tasa de registro de nacimientos del 28 % al 70 % en todo el país, lo que permite a los responsables de la toma de decisiones hacer un seguimiento de los resultados sanitarios y mejorar el acceso de estos niños a los servicios. Funcionó porque abordó la raíz del problema: los niños no recibían tratamiento ni vacunas porque los profesionales no sabían que existían.

En Kenia, el Ministerio de Educación ha puesto en marcha un programa llamado Tusome, una plataforma de alfabetización con materiales didácticos digitales y un sistema de retroalimentación para docentes basado en tabletas. Su enorme éxito se debe a que aborda dos ámbitos identificados de antemano que necesitaban mejorar: el acceso a recursos de aprendizaje y el desempeño docente.

Estos ejemplos dan esperanza de que la tecnología realmente pueda ser clave para cerrar la brecha en salud y educación entre ricos y pobres. Pero hay que hacerlo bien. El primer paso para mejorar a gran escala los sistemas de salud y educación es utilizar los datos de manera eficaz. Los datos son el combustible de los sistemas digitales que funcionan bien, y ya hay algunos ejemplos pioneros sencillos.

Una opción es utilizar paneles integrados que recopilen datos para mejorar la toma de decisiones. Por ejemplo, tanto la plataforma Ghana School Mapping como la plataforma móvil MoSQUIT, que hace un seguimiento de la malaria en India, permiten asignar los recursos de forma más eficiente a gran escala. Un programa de trabajadores comunitarios de salud gestionado por Muso en Malí envía médicos a identificar y tratar a pacientes en sus hogares, incluso en las zonas más remotas, y ha logrado las tasas de mortalidad infantil más bajas del África subsahariana. La tecnología ayudó a ampliar el programa, ya que los paneles digitales de seguimiento impulsaron la productividad.

El software de aprendizaje adaptativo, que personaliza la enseñanza según los datos recopilados sobre el rendimiento de cada niño, también está dando muestras de un gran potencial. Un ejemplo es MindSpark en India, que logró aumentar el rendimiento en matemáticas un 38 % en cinco meses, con un coste estimado de tan solo 2 dólares al año al ampliarse a más de 1000 escuelas. La tecnología empodera a los estudiantes y adapta las lecciones a sus fortalezas, a la vez que trabaja sus puntos débiles.

Un concepto similar inspira a onebillion, un programa que acaba de ganar los 5 millones de dólares de Elon Musk en el XPrize de Aprendizaje Global y que se está ampliando en todo Malaui junto con el Ministerio de Educación. Los datos han demostrado que el programa tiene potencial para cerrar la brecha de género en matemáticas, un paso crucial para que las niñas tengan un mejor acceso a la educación y al mercado laboral.

Entonces, ¿es realmente la tecnología la respuesta? Hay muchas razones para ser optimistas, pero solo si se tienen presentes en todo momento las posibilidades de tomar malas decisiones y de fracasar. La tecnología realmente podría ser un catalizador de una transformación positiva a gran escala, pero —quizá paradójicamente— esto solo ocurrirá si se aplica con cuidado y cautela

El nuevo informe de la Comisión Pathways, Transformación positiva: salud y educación en la era digital, destaca que, si se aprovecha adecuadamente, la tecnología puede transformar la vida de las personas más pobres y marginadas. El nuevo informe de la Comisión Pathways, Transformación positiva: salud y educación en la era digital, destaca que, si se aprovecha adecuadamente, la tecnología puede transformar la vida de las personas más pobres y marginadas.

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