La tecnología puede reforzar la brecha global. Usémosla para tender puentes

A boy plays on his tablet outside his house at the Mare slums complex in Rio de Janeiro March 25, 2014. Brazil will deploy federal troops to Rio de Janeiro to help quell a surge in violent crime following attacks by drug traffickers on police posts in three slums on the north side of the city, government officials said on Friday. Less than three months before Rio welcomes tens of thousands of foreign soccer fans for the World Cup, the attacks cast new doubts on government efforts to expel gangs from slums using a strong police presence. The city will host the Olympics in 2016. REUTERS/Ricardo Moraes (BRAZIL - Tags: CRIME LAW) - RTR3IKKO
'We’re at risk of hindering the social mobility that technological innovation can stimulate'Image: REUTERS/Ricardo Moraes
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En todo el mundo, las nuevas tecnologías están transformando la industria. Lo que tenemos hoy supera lo que ayer nos atrevíamos a imaginar: nuevos modelos de negocio, nuevas formas de comunicarnos y nuevas disciplinas laborales. El ritmo del cambio tecnológico ha dado paso a la Cuarta Revolución Industrial.

La capacidad de procesamiento de los ordenadores y dispositivos aumenta, las velocidades de internet crecen un 23% interanual y los precios de la tecnología bajan. El precio de los ordenadores personales ha disminuido un 99,9% desde enero de 1980 y el software informático cuesta ahora el 0,7% de lo que costaba en 1980.

Las redes sociales y los contenidos en línea facilitan más que nunca el acceso inmediato a noticias y opiniones, mientras que la presencia ubicua de la tecnología ha abierto innumerables nuevas salidas profesionales para los nativos digitales «sin cuello» (no collar).

Sin embargo, pese a todas las oportunidades que presenta esta revolución, navegar por este nuevo mundo no está exento de dificultades. Sin un plan decidido para promover la inclusión en todos los niveles de la sociedad, la revolución dejará atrás precisamente a las personas que más debería beneficiar. Aunque el acceso a niveles de información sin precedentes, disponible con solo pulsar un botón o tocar una pantalla táctil, ha perjudicado nuestra capacidad para distinguir los hechos de la ficción con el auge de las «noticias falsas», resulta igual de preocupante que quienes no tienen acceso a la tecnología queden excluidos de la conversación desde el principio.

Es un riesgo que no podemos permitirnos ignorar. En los últimos años, he visto cada vez más titulares de prensa, debates e incluso programas de televisión de entretenimiento centrarse en las divisiones y los problemas que nos alejan aún más unos de otros.

Si no actuamos ahora, la tecnología puede reforzar estos cambios. Como hay oportunistas capaces de difundir información errónea y tergiversar nuestra comprensión del mundo que nos rodea, el espacio en línea está dominado por la división entre los hechos y la ficción. El riesgo es que la tecnología nos obligue a afrontar una brecha aún mayor, no solo entre quienes están conectados y quienes no, sino también entre quienes tienen poder tecnológico y quienes carecen de él.

La brecha de conectividad ya empieza a hacerse notar. Fijémonos en América Latina y el Caribe donde más de dos tercios de la población no tienen acceso a la banda ancha móvil, frente a Japón, donde sí lo tiene el 95% de la población. Intuitivamente, sabemos que eso está mal.

Se da por sentado que el acceso a internet es esencial, pero no sirve de nada sin competencias y empoderamiento. Un asombroso 20% (12 millones) de los adultos del Reino Unido carece de las competencias necesarias para prosperar en la era digital. Corremos el riesgo de obstaculizar la movilidad social que puede impulsar la innovación tecnológica. Es necesario hacer más para ayudar a todos a aprovechar los beneficios del acceso.

No hay mejor lugar para empezar que el aula. Los niños de hoy serán los líderes de la Cuarta Revolución Industrial y debemos replantearnos cómo los educamos. Me gustaría que abandonáramos el enfoque actual, centrado en los exámenes, en favor de un modelo que empodere y apoye a los niños para que seleccionen, analicen y evalúen lo que leen o ven en línea, en lugar de limitarse a consumirlo.

También debemos generar confianza. Es esencial que las personas sientan que pueden participar en la economía digital en igualdad de condiciones con sus pares y, sobre todo, sin temor a sufrir abusos. Una mayor colaboración entre nosotros, en lugar de cámaras de eco de negatividad y prejuicios, permitirá alcanzar este objetivo.

Como ocurre con tantos problemas, la solución para cerrar la brecha tecnológica reside, irónicamente, en el uso creativo de la tecnología. Todavía no tenemos todas las respuestas y parece que vamos aprendiendo sobre la marcha. Pero hay algo claro. Si esta revolución puede inaugurar una nueva era de progreso social y sociedades más fuertes, debemos mejorar el acceso a la tecnología; educar a todos para que puedan aprovechar plenamente las oportunidades que abre; y evitar el peligro muy real de crear una clase desfavorecida en el ámbito digital.

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