Lo que la ciencia ficción nos dice sobre los ciudadanos del futuro

A technician makes adjustments to the "Inmoov" robot from Russia during the "Robot Ball" scientific exhibition in Moscow May 17, 2014. Picture taken May 17, 2014. REUTERS/Sergei Karpukhin (RUSSIA - Tags: SCIENCE TECHNOLOGY SOCIETY) - RTR3PNJ5
Any future in which humans persevere or flourish will be accompanied by a repeated need to reassess what a citizen is.Image: REUTERS/Sergei Karpukhin
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En la década de 1940, el autor de ciencia ficción Olaf Stapledon dio una charla sobre el futuro en una escuela. Al dirigirse a su público como «ustedes, ciudadanos del futuro», propuso tres visiones para ese futuro: la «destrucción de la raza humana», un «Estado policial mundial» y «un mundo humano de un tipo completamente nuevo».

La ciudadanía no será un asunto tan importante si se cumple la primera visión de Stapledon. Pero todo futuro en el que los seres humanos perseveren o prosperen irá acompañado de la necesidad recurrente de reconsiderar qué es un ciudadano. A medida que, ante los recientes acontecimientos políticos en Gran Bretaña y Estados Unidos, nos preguntamos cada vez más de qué y de dónde somos ciudadanos, la idea de cómo podrían ser los «ciudadanos del futuro» adquiere una nueva resonancia. Y es algo que la ciencia ficción lleva mucho tiempo imaginando.

Es evidente que la ciudadanía tiene distintos significados. Desde el punto de vista etimológico, implica ser habitante de una ciudad, pero sus connotaciones abarcan sentidos jurídicos, geográficos, culturales y raciales. No hay necesariamente consenso sobre qué es la ciudadanía, y mucho menos sobre quién debería tenerla. Esto se complica aún más al preguntarnos quiénes podrían ser los ciudadanos del futuro: desde las «próximas generaciones» de hijos y nietos hasta cuestiones sobre los contextos políticos, económicos y geográficos que redefinirán los debates actuales sobre la ciudadanía.

Ciudadanos en el espacio

El espacio, el escenario más común de la ciencia ficción, es el lugar donde se produce una de esas redefiniciones a medida que la humanidad se expande por el universo. Es un elemento recurrente de la ciencia ficción, desde Star Wars (el Imperio y el Senado Galáctico) hasta Star Trek (la Federación Unida de Planetas). En ambos casos, los humanos y los alienígenas forman parte de las mismas organizaciones políticas. En Star Trek, en particular, las distintas series examinan las diversas tensiones en torno a la pertenencia a la Federación, desde la incorporación del Imperio Klingon en La nueva generación hasta la fundación de la Federación en Enterprise.

Incluso sin alienígenas, la ciencia ficción ha explorado cómo podría gobernarse la humanidad al colonizar el espacio. Una de las obras más explícitamente políticas de este tipo es la serie The Expanse, recientemente adaptada, de James SA Corey.

The Expanse enfrenta a las Naciones Unidas (como órgano de gobierno de la Tierra) con la República Congresional Marciana y una Alianza de Planetas Exteriores «terrorista». Aquí cobra protagonismo el vínculo entre ciudadanía y colonialismo. Los ciudadanos del Cinturón se imaginan como ciudadanos de un solo lugar (el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter), pero en realidad están gobernados por la Tierra, Marte y las corporaciones con sede en esos planetas.

Ciudadanos del mundo

Mucha ciencia ficción imagina alguna forma de «ciudadano del mundo», que a menudo surge de la colonización del espacio y del declive de las fronteras nacionales. Algunos ejemplos de ciencia ficción «posterior al Estado nación» se centran en el auge de las megacorporaciones (como las primeras obras ciberpunk de William Gibson o Continuum). Otros exploran la creciente homogeneización de la humanidad, a medida que las características raciales (identificadas en sentido amplio) se mezclan en grandes sectores de la población.

Image: The Conversation

La ciudadanía mundial no se imagina necesariamente como un infierno consumista o un paraíso socialista. Uno de los ejemplos más famosos, y quizá provocadores, de ciudadanía global en la ciencia ficción aparece en Tropas del espacio, de Robert Heinlein. Los «ciudadanos» de Heinlein son lo opuesto a los civiles. En esta novela, la ciudadanía equivale a recibir el derecho al voto en el Estado (la Federación Terrana) y solo se obtiene mediante el servicio federal.

En la práctica, Heinlein parece defender que el derecho al voto se limite a quienes sirven al Estado y, dado que ese servicio suele ser militar, para muchos lectores la idea de «ciudadanía mundial» de Heinlein es cuasifascista. Heinlein justifica a este «ciudadano del mundo» militarista mediante la existencia de un enemigo externo: los Insectores. Así, la ciudadanía sigue siendo aquí una cuestión de «nosotros» y «ellos»: lo que une al mundo y a la humanidad es un enemigo común más allá del Estado.

Nosotros y ellos

Algunos autores son más explícitos sobre las formas en que el propio concepto de ciudadanía puede redefinirse. En Orador de los muertos —la secuela de su famosa obra El juego de Ender—, Orson Scott Card introduce la Jerarquía de la exclusión, un marco que determina cuán «extranjeros» son otros países, poblaciones planetarias y especies. La Jerarquía de la exclusión codifica cómo se decide quiénes pertenecen a las categorías de «nosotros» y «ellos»; como llega a comprender uno de sus personajes (alienígenas), «la tribu es lo que creemos que es».

Otro ejemplo reciente es Justicia auxiliar, de Ann Leckie, que subraya lo que sucede cuando un imperativo racial o cultural particular, ya sea una idea de «lo humano» o el hecho de nacer en una casta determinada, se convierte en criterio de ciudadanía. En su novela, equipara la lucha de un planeta colonia que busca independizarse del imperio con la de una inteligencia artificial (IA) que busca obtener su propia identidad jurídica. Ambos casos giran en torno a ideas de ciudadanía, que Leckie reformula con notable astucia en términos de «Seres Significativos».

De vuelta a la realidad

A la luz del relato de Leckie sobre los derechos de la IA, las recientes propuestas de legislación europea para reconsiderar el estatus jurídico de los robots parecen extrañamente pertinentes, aunque todavía no existan máquinas verdaderamente autónomas. Aunque gran parte de el proyecto de informe trata sobre la responsabilidad jurídica, la sección 32f mira hacia el futuro:

Podría reconocerse a los robots autónomos más sofisticados el estatus de personas electrónicas con derechos y obligaciones específicos.

Como informó The Independent, esto implica que un robot podría ser ciudadano a efectos legales. Sin embargo, en el mismo informe, la comisión recomienda que los diseñadores incluyan «mecanismos de exclusión voluntaria (interruptores de apagado)». Esto plantea la posibilidad de que una «persona electrónica» pueda programarse con un interruptor de apagado: ¿no es acaso un reconocimiento de ciudadanía un tanto contradictorio?

Entonces, ¿qué implica todo esto para la idea de los «ciudadanos del futuro»? Los alienígenas —en ambos sentidos— pueden convertirse en ciudadanos (si cambia nuestra concepción de la ciudadanía), al igual que los robots (si tenemos medios para destruirlos). Pero, al parecer, la ciudadanía sigue dependiendo de a quién llamamos «nosotros» y a quién «ellos»: se entiende como un club exclusivo.

En otros escritos, Stapledon se aconsejaba «pensar de manera cosmopolita», es decir, pensar de forma inclusiva, más allá de las estructuras nacionales e incluso antropocéntricas. Como ciudadanos del futuro de Stapledon, parece que todavía no logramos considerar la ciudadanía en esos términos innovadores, ni siquiera hoy. Pese a todas las especulaciones inherentes al ámbito de la ciencia ficción, parece que a menudo seguimos limitándonos, incluso en nuestra imaginación, a una concepción anquilosada de la ciudadanía.

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