La automatización cambiará el mundo del trabajo, pero probablemente para mejor

Men work on a production line manufacturing robotic arms at a factory in Huzhou, Zhejiang province, China January 8, 2019. REUTERS/Stringer ATTENTION EDITORS - THIS IMAGE WAS PROVIDED BY A THIRD PARTY. CHINA OUT. - RC1551D914B0
Despite the hype, automation might not be the most pressing issue for labor.Image: REUTERS/Stringer
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Se ha escrito mucho sobre el «futuro del trabajo», y gran parte de ello resulta desalentador. Estudio tras estudio predice que la automatización transformará por completo sectores enteros y dejará a millones de personas sin empleo. Un artículo de 2013 de dos profesores de Oxford incluso sugería que las máquinas podrían sustituir el 47 % de los empleos en Estados Unidos en «una o dos décadas».

Conclusiones como estas alimentan la narrativa de que el futuro será inevitablemente un mundo sin empleos. Sin embargo, esta visión cuenta con el respaldo principalmente del sector empresarial y se ve reforzada por tendencias negativas de la llamada economía de plataformas; los trabajadores y los sindicatos han tenido poca participación en la conversación. Si eso cambiara, el futuro del trabajo podría ser muy distinto.

Tres suposiciones comunes distorsionan las previsiones sobre el impacto de la automatización en el empleo. Abordar cada una es esencial para proteger los derechos de los trabajadores y cambiar el relato fatalista que domina la narrativa.

La primera suposición es que los empleos totalmente automatizados desplazarán a los trabajadores en un futuro cercano. Esta visión no es mucho más que una conjetura, e incluso quienes utilizan los mismos datos pueden llegar a conclusiones distintas. Por ejemplo, un estudio de 2017 de McKinsey, basado en conjuntos de datos similares a los de la investigación de Oxford de 2013, concluyó que solo el 5 % de los empleos en Estados Unidos podrían automatizarse por completo, pero que alrededor del 60 % de los empleos estadounidenses podrían automatizarse parcialmente. En otras palabras, la automatización no significa que el trabajo humano deba desaparecer, sino solo que podría volverse más productivo.

Image: Instituto Global McKinsey

En todo caso, las tendencias actuales subrayan por qué es importante democratizar la forma en que la tecnología se incorpora a los procesos empresariales. Cuando las grandes empresas introducen innovaciones para acelerar la producción —como dispositivos para cronometrar el trabajo de los empleados de almacén en las instalaciones de Amazon—, la consecuencia no deseada puede ser una caída de la productividad. Para muchos trabajadores, la forma en que se adopta la tecnología puede ser más relevante que la propia tecnología.

La segunda suposición es que la automatización no beneficiará a la mayoría de los trabajadores. Pero serán las personas y la política —no las máquinas— las que determinarán cómo les irá a los trabajadores. Si aceptamos la idea de que la tecnología aumentará la productividad general (un punto que sigue siendo objeto de debate, dadas las bajas tasas de crecimiento de la productividad en los países de la OCDE durante la última década), los trabajadores y los líderes políticos podrían centrarse en defender un mejor equilibrio entre la vida laboral y personal. La lucha por la jornada laboral de ocho horas se libró hace más de un siglo, y los espacios que ha abierto el debate actual permiten negociar una semana laboral más corta. Algunos sindicatos ya lo están haciendo; otros deberían seguir su ejemplo.

Por último, pese a todo el bombo, la automatización no es el asunto laboral más apremiante. La tecnología puede ser disruptiva, pero las mayores preocupaciones de los trabajadores hoy son las que sienten más directamente: el subempleo, el empleo precario y el estancamiento de los salarios. Según el «Panorama Social del Empleo en el Mundo» de 2018 de la Organización Internacional del Trabajo, 1.400 millones de personas en todo el mundo tienen «formas vulnerables de empleo» en el sector informal, frente a 192 millones de personas desempleadas.

Sin duda, las nuevas tecnologías de hoy están afectando negativamente a los trabajadores. Siempre ha sido así, y las personas seguirán desplazándose de un sector económico a otro. Pero, aunque la innovación tecnológica crea nuevas oportunidades, la economía de plataformas actual, en particular, muestra que también puede debilitar los derechos de los empleados y aumentar la inseguridad económica. Los temores de los trabajadores son reales, por eso el movimiento sindical ha estado luchando para defender a quienes se encuentran en situaciones vulnerables. Ampliar el concepto de transición justa, que actualmente se utiliza en los desplazamientos relacionados con el clima, para incluir las disrupciones tecnológicas sería una innovación valiosa para garantizar que la automatización no deje a nadie atrás.

Pero no debemos aceptar la narrativa inquietante de un mundo sin trabajo. La tecnología y el desarrollo económico son ámbitos en disputa, y los sindicatos deberían centrarse en mejorar las condiciones laborales, organizar a los trabajadores de nuevas industrias y cuestionar los modelos empresariales autoritarios que apenas dan voz a los empleados sobre el funcionamiento de sus empresas.

Están surgiendo señales positivas. La organización sindical está creciendo en el sector servicios. Los empleados reclaman mejores salarios en algunas de las mayores empresas del mundo. Y los trabajadores en Estados Unidos exigen —y a menudo reciben— un salario digno. El siguiente paso es garantizar que los efectos de la automatización ocupen un lugar más destacado en la organización sindical. El futuro del trabajo no está predeterminado; la historia aún se está escribiendo. La pregunta más importante, como siempre, es quién puede empuñar la pluma.

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