Alemania ha acordado pagar a Namibia más de 1.100 millones de euros en concepto de reparaciones por la ocupación colonial del país hace un siglo.
El acuerdo creará un programa de inversión de 30 años en infraestructuras, sanidad y programas de formación en Namibia.
No fue fácil llegar al acuerdo, que tardó más de seis años en alcanzarse.
David Comerford, profesor de la Universidad de Stirling, explica el papel de la ciencia del comportamiento en las reparaciones por la esclavitud y los abusos coloniales.
Alemania ha acordado pagar a Namibia más de 1.100 millones de euros (940 millones de libras) en concepto de reparaciones por cometer genocidio durante la ocupación colonial del país hace un siglo. Es un acuerdo histórico que creará un programa de inversión de 30 años en infraestructuras, sanidad y programas de formación en Namibia.
Pero no fue fácil llegar a este acuerdo. Las negociaciones se llevan celebrando desde 2015. El año pasado, Alemania ofreció a Namibia 10 millones de euros (8,6 millones de libras), pero las autoridades namibias rechazaron la propuesta.
Y aunque el último acuerdo puede sentar un precedente para las víctimas y los descendientes de víctimas de abusos históricos que reclaman el pago de reparaciones – reclamaciones que han aumentado en el último año como respuesta al movimiento Black Lives Matter – todavía quedan muchos obstáculos.
Junto con la cuestión de cómo alcanzar tales acuerdos, una de las preguntas más importantes es cómo acordar reparaciones de forma que contribuyan a sanar la sociedad en lugar de provocar más división. La ciencia del comportamiento es una disciplina que ha estudiado cómo la identidad y la emoción se relacionan con el dinero, por lo que considero que este campo aporta ideas valiosas para la cuestión de las reparaciones.
El rechazo de Namibia a la oferta inicial de Alemania no sorprenderá a quienes conozcan el juego del ultimátum. En este juego de economía experimental hay dos jugadores, G y N. A G se le entrega de forma arbitraria una cantidad de dinero, por ejemplo 10 libras. N no recibe nada. G debe decidir qué cantidad, si alguna, del dinero compartir con N. N puede aceptar la oferta de G o rechazarla. Si N la rechaza, ni G ni N reciben nada: ambos se van con las manos vacías.
La teoría económica formula una predicción: G ofrece a N una cantidad ínfima de riqueza porque N estaría materialmente mejor si aceptara incluso una suma miserable de dinero en lugar de rechazarla. Esta predicción ha sido refutada una y otra vez en distintas culturas. En realidad, N suele rechazar la oferta si solo representa una pequeña proporción de la dotación inicial. El sentido común que explica este resultado se refleja en el lenguaje cotidiano cuando hablamos de una oferta como “ofensivamente baja”.
Un criterio mínimo para las reparaciones es que no resulten ofensivamente bajas, reconociendo adecuadamente el daño causado. Pero también debe encontrarse un equilibrio para garantizar que las reparaciones, que por su naturaleza se dirigen a grupos específicos, no generen más división al dejar fuera a otros que también hayan sufrido daños de distinta índole.
Estimación del daño
El primer paso, por tanto, es tener en cuenta de forma rigurosa los daños infligidos. Esto puede resultar sumamente difícil. Incluso cuando el registro histórico es inequívoco y está aceptado, rara vez existen datos disponibles para evaluar con precisión los daños que han sufrido las personas.
Para agravar el problema, algunos daños son tan difíciles de evaluar en primer lugar –por ejemplo, el sufrimiento emocional experimentado por los descendientes– o tan generalizados –como el arraigado legado del racismo en la sociedad– que resultan incontables. Ante la ausencia de estimaciones basadas en datos, hay mayor margen para que la subjetividad influya en el debate y dificulte los intentos de llegar a una compensación aceptable.
Incluso cuando los datos permiten estimar con precisión el impacto causal de los daños históricos, la siguiente pregunta es cuánto dinero se necesita para compensarlos. Esta cuestión también es muy difícil de responder.
Consultar la opinión pública es una opción, pero los científicos del comportamiento suelen constatar que las respuestas de las personas son incoherentes. En los experimentos de opinión pública, la conclusión a la que llegaron el jurista Cass Sunstein y el psicólogo y premio Nobel de Economía Daniel Kahneman, es que las personas responden a estas preguntas informando de sus actitudes generales en lugar de sus evaluaciones meditadas de las situaciones concretas.
Hasta ahora, los problemas señalados han sido técnicos: cómo medir el daño en una escala monetaria. Ahora empiezan los problemas sustanciales. ¿Cómo repartir la compensación entre los distintos grupos? Existe una tendencia humana a sobrestimar la propia carga en comparación con la de los demás.
Pregunte a dos miembros de una pareja qué porcentaje de las tareas domésticas hace cada uno y, en la mayoría de los casos, las respuestas sumarán un total que supera el 100 %. Esta violación de la estadística se produce en un caso en el que no hay nada en juego. Imagínese lo tensa que se vuelve la situación cuando lo que está en juego incluye grandes sumas de dinero y cuestiones de identidad y victimismo. En este sentido, cualquier intento simple de “compensar” atrocidades específicas parece probable que provoque resentimientos entre grupos que han sufrido daños distintos.
¿Qué hace el Foro Económico Mundial en materia de diversidad, equidad e inclusión?
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Mediante el intercambio de conocimientos y la colaboración, el Centro permite a los socios explorar modelos económicos inclusivos que apoyen a las personas y a las sociedades durante la transición.
Pero existen otros enfoques. Este mes Francia pone en marcha una comisión de “memoria y verdad” para arrojar luz sobre sus actos durante la guerra de Argelia. Si las reparaciones forman parte del proceso, el filósofo Leif Wenar defiende que deben cumplir la función de mejorar las relaciones futuras en lugar de compensar los agravios pasados.
La crisis climática ofrece a las antiguas potencias coloniales una oportunidad para contribuir positivamente en este sentido. Todos coinciden en que las emisiones globales de carbono deben reducirse, pero la gran pregunta sigue en pie: ¿quién debe reducir su producción y consumo? Los países más desarrollados de hoy llegaron a serlo porque explotaron en el pasado los recursos y las personas de la Tierra. Una forma razonable de proceder es que los países desarrollados hagan sacrificios y den a los países menos desarrollados su turno.

