Las niñas empiezan a creer desde pequeñas que no se les dan bien las matemáticas, las ciencias e incluso la informática. Pero cuando se dio a niñas de 6 años la oportunidad de participar en una actividad de programación informática con robots, mostraron actitudes más positivas sobre sus propias habilidades y capacidades, según revela un nuevo estudio.
Los hallazgos apuntan tanto a la necesidad como a la oportunidad de enseñar informática, en particular, en los primeros cursos de primaria, afirma la autora principal, Allison Master, investigadora científica del Instituto de Ciencias del Aprendizaje y del Cerebro de la Universidad de Washington (I-LABS).
Introducir conceptos y habilidades cuando las niñas son pequeñas puede reforzar su confianza y despertar su interés por un ámbito en el que hoy las mujeres están infrarrepresentadas.
«Como sociedad, tenemos creencias arraigadas que orientan a los niños hacia ciertas actividades más que a las niñas. Así que nos preguntamos: ¿qué ocurre si se ofrecen las mismas experiencias a niños y niñas?», dice Master. «Descubrimos que, si se les da acceso a las mismas oportunidades, niñas y niños responden igual: con el mismo interés y confianza».
El estudio, publicado en la Journal of Experimental Child Psychology, contó con 96 niños de 6 años, repartidos por igual entre niños y niñas, a quienes se asignó aleatoriamente a uno de tres grupos.
En el primer grupo, cada niño programó un robot y luego respondió a preguntas de una encuesta; en el segundo, cada uno jugó a un juego de cartas para contar historias y luego respondió a las mismas preguntas, mientras que quienes formaban el tercer grupo solo contestaron las preguntas. La encuesta se diseñó para recoger las opiniones de los niños sobre actividades tecnológicas, como la del robot, y sus creencias acerca de si las niñas o los niños son mejores en programación informática y robótica.
Se explicó a los niños que programar es «decirle a una computadora, a un robot o a un teléfono qué hacer».
Para la actividad con el robot, los niños eligieron un robot con aspecto de animal. Primero siguieron instrucciones paso a paso en un teléfono inteligente para «decirle» que avanzara, retrocediera, girara a la derecha o a la izquierda; después eligieron ellos mismos las instrucciones, programando así el teléfono para controlar los movimientos de los robots. Tras completar la actividad, niños y niñas mostraron el mismo interés por la tecnología y una percepción similar de su autoeficacia, es decir, confianza en sus propias capacidades.

Pero, al compararlos con el «grupo de control» de niños que jugaron al juego de cartas o solo respondieron a la encuesta sin jugar, la diferencia fue notable: la actividad diseñada con el robot redujo un 42 % la brecha de género en el interés por la tecnología y un 80 % la brecha en la autoeficacia.
En otras palabras, era mucho más probable que las niñas que programaron el robot expresaran interés por la programación y confianza en sus propias capacidades para realizar tareas relacionadas con la tecnología que las niñas que no trabajaron con el robot.
«A niños y niñas les pareció divertido programar los movimientos del robot. Pero el hallazgo más importante es que elevamos el interés y la motivación de las niñas en STEM hasta el nivel de los niños», afirma el coautor y codirector de I-LABS, Andrew Meltzoff. «Fue un gran impacto para una intervención breve y bien diseñada. ¿Cuánto durará? Esa es una pregunta importante para futuros experimentos científicos».
«Lo importante es que las actividades sean accesibles para todos los niños y divertidas, y que además les ayuden a desarrollar habilidades».
Los hallazgos sugieren que incorporar más actividades de programación en el aula o en casa puede despertar y mantener el interés de las niñas. Los campamentos de verano, los programas extraescolares y otras actividades en pareja o en grupo ofrecen oportunidades naturales, afirma Master.
La actividad no logró cambiar los estereotipos de los niños sobre si los niños o las niñas son mejores en programación y robótica. Aunque las niñas que programaron el robot mostraron más confianza en sus propias capacidades, esa confianza no modificó los estereotipos sobre las niñas y los niños en general que habían adquirido de la cultura.
Otras experiencias, como conocer o ver a una mujer programando un robot o trabajando en un campo STEM, quizá permitan cambiar estos estereotipos más arraigados.
«Los estereotipos se forman en nuestra mente a partir de muchas fuentes y experiencias distintas, pero quizá, si ofrecemos a las niñas más experiencias con este tipo de actividades, tendrán más recursos para resistir esos estereotipos», afirma Master. «Podrían decir: “Puedo seguir siendo buena en esto y disfrutarlo, a pesar de los estereotipos culturales”». Los investigadores esperan ponerlo a prueba en futuros estudios.
Sapna Cheryan, profesora adjunta de psicología, y Adriana Moscatelli, de Play Works Studio, en Seattle, son coautoras. La Fundación Nacional de Ciencias financió el trabajo.


