Desde los rastreadores de actividad física hasta los sistemas de calefacción inteligentes, el Internet de las Cosas (IoT) describe la red cada vez mayor de dispositivos conectados a internet.
También está posibilitando las ciudades inteligentes y, en el futuro, los coches sin conductor.
Junto con otras tecnologías emergentes, como la IA, el IoT forma parte de la Cuarta Revolución Industrial.
La COVID-19 ha acelerado el uso de las tecnologías del IoT, pero persisten las dudas en torno a la gobernanza.
Desde los sensores de humedad del suelo que se utilizan para optimizar los rendimientos de los agricultores hasta los termostatos y los termómetros, el Internet de las Cosas (IoT) está transformando la forma en que vivimos y trabajamos.
Miles de millones de objetos físicos «inteligentes» conectados en red en todo el mundo, en las calles de las ciudades, los hogares y los hospitales, recopilan y comparten datos constantemente a través de internet, lo que les confiere un nivel de inteligencia digital y autonomía.
Alrededor de una cuarta parte de las empresas utilizaban tecnologías del IoT en 2019, según McKinsey, frente al 13 % en 2014.
Y ya hay más dispositivos conectados que personas en el mundo, según el State of the Connected World informe del Foro Económico Mundial, y se prevé que en 2025, 41.600 millones de dispositivos capturarán datos sobre cómo vivimos, trabajamos, nos desplazamos por nuestras ciudades y operamos y mantenemos las máquinas de las que dependemos.
La transformación digital que se está produciendo gracias a tecnologías emergentes, como la robótica, el IoT y la inteligencia artificial, se conoce como Cuarta Revolución Industrial - y la COVID-19 ha acelerado el uso de estas tecnologías.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial en relación con la Cuarta Revolución Industrial?
El Centro para las Tecnologías de Frontera y la Innovación reúne a científicos, responsables políticos y líderes empresariales para comprender las tecnologías emergentes y sus implicaciones en el mundo real.
Al propiciar la colaboración y la experimentación, el Centro ayuda a sus socios a trasladar la innovación de la investigación a aplicaciones prácticas que abordan retos mundiales compartidos.
Breve historia del IoT
El concepto de añadir sensores e inteligencia a los objetos físicos se planteó por primera vez en los años ochenta, cuando unos estudiantes universitarios decidieron modificar una máquina expendedora de Coca-Cola para rastrear su contenido de forma remota. Pero la tecnología era voluminosa y el progreso fue limitado.
El término «Internet de las Cosas» se acuñó en 1999 por el informático Kevin Ashton. Mientras trabajaba en Procter & Gamble, Ashton propuso colocar chips de identificación por radiofrecuencia (RFID) en los productos para rastrearlos a lo largo de la cadena de suministro.
Según se informa, incluyó la entonces popular palabra «internet» en su propuesta para captar la atención de los directivos. Y la expresión caló.
Durante la década siguiente, el interés público por la tecnología del IoT empezó a despegar, a medida que llegaban al mercado cada vez más dispositivos conectados.
En 2000, LG anunció el primer frigorífico inteligente; en 2007 se lanzó el primer iPhone y, en 2008, el número de dispositivos conectados superó al de personas en el planeta.
En 2009, Google empezó a probar coches sin conductor y, en 2011, el termostato inteligente Nest de Google llegó al mercado, lo que permitió controlar a distancia la calefacción central.
Usos cotidianos
Los dispositivos conectados se dividen en tres ámbitos: el IoT de consumo, como los dispositivos vestibles; el IoT empresarial, que incluye las fábricas inteligentes y la agricultura de precisión, y el IoT de espacios públicos, como la gestión de residuos.
Las empresas utilizan el IoT para optimizar sus cadenas de suministro, gestionar el inventario y mejorar la experiencia del cliente, mientras que los dispositivos inteligentes de consumo, como el altavoz Amazon Echo, son hoy omnipresentes en los hogares gracias a la proliferación de sensores de bajo coste y bajo consumo.
Las ciudades llevan más de una década desplegando tecnología del IoT para agilizar todo, desde la lectura de los contadores de agua hasta la circulación del tráfico.
«En la ciudad de Nueva York, por ejemplo, todos y cada uno de los edificios (es decir, más de 817.000) se equiparon con un contador de agua inalámbrico a partir de 2008, lo que sustituyó al sistema manual en el que había que acercarse a un contador, leer las cifras y emitir así las facturas», afirma Jeff Merritt, responsable de IoT y Transformación Urbana del Foro Económico Mundial.
«Muchas ciudades utilizan hoy en día lectores de matrículas, contadores de tráfico, cámaras de semáforo en rojo, sensores de radiación y cámaras de vigilancia para gestionar las operaciones cotidianas».
En medicina, el IoT puede contribuir a mejorar la atención sanitaria mediante la monitorización remota de pacientes en tiempo real, la cirugía robótica y dispositivos como los inhaladores inteligentes.
En los últimos 12 meses, el papel del IoT en la pandemia de COVID-19 ha sido inestimable.
«Las aplicaciones del IoT, como las cámaras térmicas conectadas, los dispositivos de rastreo de contactos y los dispositivos vestibles de monitorización de la salud, proporcionan datos fundamentales para ayudar a combatir la enfermedad, mientras que los sensores de temperatura y el seguimiento de paquetes ayudarán a garantizar que las vacunas sensibles contra la COVID-19 se distribuyan de forma segura», según el informe State of the Connected World del Foro.
Más allá de la atención sanitaria, el IoT ha contribuido a que las cadenas de suministro afectadas por la COVID sean más resilientes, ha automatizado actividades en almacenes y en las plantas de fabricación para favorecer el distanciamiento social y ha permitido el acceso remoto y seguro a las máquinas industriales.
El futuro del IoT
La gama de posibles aplicaciones del IoT es «limitada únicamente por la imaginación humana», y muchas de estas aplicaciones pueden beneficiar al planeta, así como a sus habitantes.
Un análisis de 2018 de más de 640 despliegues del IoT, dirigido por el Foro Económico Mundial en colaboración con la firma de investigación IoT Analytics, mostró que el 84 % de los despliegues existentes del IoT abordan, o tienen el potencial de impulsar, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU.
Entre ellos se incluyen promover un uso más eficiente de los recursos naturales, construir «ciudades inteligentes» mejores y más justas, y desarrollar alternativas energéticas limpias y asequibles.
Las carreteras inteligentes del IoT que se conectan con los coches autónomos podrían mejorar la seguridad de los conductores y optimizar la circulación del tráfico, lo que podría reducir el tiempo medio de desplazamiento en 30 minutos. Los tiempos de respuesta de los servicios de emergencia también podrían reducirse notablemente.
Las herramientas de cartografía del delito en tiempo real y de vigilancia predictiva también podrían ayudar a prevenir la delincuencia. McKinsey calcula que utilizar datos para desplegar de forma más eficaz unos recursos escasos podría salvar 300 vidas al año en una ciudad con la población y el perfil de Río de Janeiro.
Sopesar los riesgos
Pero, pese a todas sus ventajas, las tecnologías del IoT también pueden utilizarse indebidamente, y entre los riesgos figuran los problemas de seguridad y privacidad, la ciberdelincuencia, la vigilancia en el trabajo, en el hogar o en espacios públicos, y el control de la movilidad y de la expresión.
El informe State of the Connected World del Foro identifica una «brecha de gobernanza» que debe cerrarse entre los riesgos potenciales y los esfuerzos de la sociedad por protegerse frente a ellos mediante leyes, normas del sector y enfoques de autorregulación.
«La gobernanza eficaz de la tecnología mitiga los riesgos y reduce los posibles perjuicios para la sociedad, al tiempo que contribuye a maximizar los impactos positivos de la tecnología».
Los líderes del sector se reunirán del 6 al 7 de abril para la Cumbre Mundial sobre Gobernanza de la Tecnología, del Foro Económico Mundial, que se dedica a garantizar el diseño y el despliegue responsables de las tecnologías emergentes mediante la colaboración público-privada.


