El paraíso son los espacios abiertos y amplios, al menos para la mayoría de las personas, según un enorme conjunto de datos nuevos sobre la felicidad en Canadá.
Un equipo de investigadores sobre la felicidad de la Vancouver School of Economics y la Universidad McGill publicó recientemente un documento de trabajo sobre la geografía del bienestar en Canadá. Recopilaron 400.000 respuestas a dos encuestas nacionales canadienses, lo que les permitió distinguir diferencias en el bienestar en más de 1.200 comunidades que representan toda la geografía del país.
Pudieron cruzar las respuestas sobre bienestar con otros datos de encuestas y con cifras del censo canadiense para averiguar qué características se asociaban con la felicidad a nivel comunitario: por ejemplo, ¿son más ricas las comunidades más felices? ¿Tienen sus habitantes más estudios? ¿Pasan más tiempo en la iglesia?
Su principal hallazgo es una llamativa asociación entre la densidad de población —la concentración de personas en una zona determinada— y la felicidad. Al clasificar las 1.215 comunidades según su felicidad media, los investigadores descubrieron que la densidad de población media en el 20 % de las comunidades más desdichadas era más de ocho veces mayor que en el 20 % más feliz.
«La vida es significativamente menos feliz en las zonas urbanas», concluyó el documento.
Ese efecto se aprecia en el mapa de abajo, que muestra la región que rodea la ciudad de Toronto. Las zonas densamente pobladas, como Toronto, Hamilton y Kitchener, destacan como islas de relativa infelicidad en un mar de satisfacción en las zonas rurales circundantes.
La medida de la felicidad se deriva de una pregunta de una encuesta que pide a los encuestados que valoren «cuán satisfechos» están con sus vidas en una escala del 1 al 10. En todo Canadá, las respuestas medias a esta pregunta a nivel comunitario oscilan entre 7,04 y 8,94. Puede que no parezca una gran diferencia, pero los canadienses rara vez dan valoraciones fuera de ese intervalo; en un año típico, solo el cinco por ciento de los canadiensesvalora su satisfacción por debajo de 5, por ejemplo.
Conviene considerar este estrecho espectro de respuestas como la totalidad del continuo de la felicidad canadiense. Por ello, los autores del estudio señalan que incluso las pequeñas diferencias en la puntuación absoluta son muy significativas desde el punto de vista estadístico.
Entonces, ¿qué distingue a las comunidades más felices de todas las demás? Además de tener menos habitantes, los autores descubrieron que las comunidades más felices tenían trayectos al trabajo más cortos y viviendas menos costosas, y que una proporción menor de la población había nacido en el extranjero. También observaron que sus habitantes se mudaban menos que los de las comunidades menos felices, tenían más probabilidades de asistir a la iglesia y eran significativamente más propensos a sentir un «sentido de pertenencia» a sus comunidades.
Puede parecer contradictorio que una mayor felicidad se correlacione tanto con una menor densidad de población (lo que implica menos interacciones interpersonales) como con un mayor sentido de «pertenencia» a la propia comunidad (lo que implica vínculos sociales más fuertes). Sin embargo, existe un amplio conjunto de investigaciones que demuestra que contar con una sólida red social es clave para el bienestar. Algunos estudios indican que los pueblos pequeños y las zonas rurales favorecen más que las ciudades la formación de fuertes vínculos sociales, lo que explicaría parte del mayor sentido de pertenencia observado en las comunidades canadienses más felices.
Quizá aún más sorprendentes sean los factores que no parecen desempeñar un papel importante en las diferencias de felicidad entre comunidades: los niveles medios de ingresos y las tasas de desempleo y educación. Puede que la gente se mude a las ciudades para conseguir empleos bien remunerados, pero el estudio canadiense sugiere claramente que eso no la hace más feliz.
Estos hallazgos concuerdan con estudios similares realizados en Estados Unidos, que han revelado un «gradiente de felicidad entre zonas rurales y urbanas»: cuanto más lejos de las ciudades vive la gente, más feliz tiende a ser.
Una salvedad importante del estudio canadiense es que los autores no hacen afirmaciones firmes sobre la causalidad: existe una clara asociación entre la baja densidad de población y la felicidad declarada, pero eso no significa que la baja densidad de población cause la felicidad. En otras palabras, un habitante urbano desdichado que se mude al campo quizá simplemente se convierta en un habitante rural desdichado.
Sin embargo, está claro que hay algo en los pueblos pequeños y la vida rural que se asocia con mayores niveles de felicidad declarada por quienes viven allí. La fortaleza del estudio canadiense reside en que distingue estas diferencias con un nivel de detalle geográfico inusualmente preciso.



