Un nuevo estudio del MIT señala que la privación de sueño afecta a nuestra forma de caminar.
El estudio de Krebs muestra que caminar implica una influencia sutil y consciente, además de procesos más automáticos.
Krebs concluyó que todas las personas deberían intentar dormir 8 horas y compensar cuando puedan si no lo consiguen.
Dormir bien no siempre es fácil. Pero un nuevo estudio revela que, si se puede compensar el sueño perdido, aunque sea solo durante unas pocas horas de fin de semana, las horas extra de descanso podrían ayudar a reducir la torpeza provocada por el cansancio, al menos en la forma de caminar.
Existen numerosas pruebas de que el sueño, y la cantidad que dormimos, pueden afectar a nuestro rendimiento en tareas cognitivas como resolver un problema matemático, mantener una conversación o incluso leer este artículo. Se ha explorado menos si la privación de sueño influye en la forma en que caminamos o en otras actividades que se consideran menos exigentes desde el punto de vista mental.
El nuevo estudio, realizado por investigadores del MIT y de la Universidad de São Paulo (Brasil), señala que caminar —y, en concreto, la capacidad para controlar la zancada, o marcha— sí puede verse afectada por la privación de sueño.
En experimentos con estudiantes voluntarios, el equipo comprobó que, en general, cuanto menos dormían los estudiantes, menor era su control al caminar durante una prueba en cinta de correr. En los estudiantes que pasaron toda la noche en vela antes de la prueba, este control de la marcha se desplomó aún más.
Resulta interesante que, entre quienes no pasaron la noche en vela antes de la prueba, pero que en general habían dormido menos de lo ideal durante la semana, quienes durmieron más los fines de semana rindieron mejor que quienes sufrieron privación de sueño.
“Científicamente, no estaba claro que actividades casi automáticas como caminar se vieran influidas por la falta de sueño”, afirma Hermano Krebs, investigador científico principal del Departamento de Ingeniería Mecánica del MIT. “También hemos comprobado que compensar el sueño podría ser una estrategia importante. Por ejemplo, para quienes sufren privación crónica de sueño, como los trabajadores por turnos, el personal sanitario y algunos militares, si incorporan una compensación regular del sueño, podrían tener un mejor control de su marcha”.
Krebs y sus coautores, entre ellos el autor principal, Arturo Forner-Cordero, de la Universidad de São Paulo, han publicado hoy el estudio en la revista Scientific Reports.
La influencia del cerebro en la privación de sueño
Caminar se consideró en su día un proceso totalmente automático, que requería muy poco control consciente y cognitivo. Los experimentos con animales en cinta de correr sugerían que caminar era un proceso automático, regido principalmente por la actividad refleja de la médula espinal y no por procesos cognitivos que involucran al cerebro.
“Esto ocurre con los cuadrúpedos, pero la idea era más controvertida en el caso de los humanos”, afirma Krebs.
En efecto, desde aquellos experimentos, científicos como Krebs han demostrado que caminar es algo más complejo de lo que se pensaba. Durante la última década, Krebs ha estudiado en profundidad el control de la marcha y la mecánica de caminar, con el fin de desarrollar estrategias y robótica de asistencia para pacientes que han sufrido ictus y otras afecciones que limitan el movimiento.
En experimentos anteriores, demostró, por ejemplo, que sujetos sanos pueden ajustar su marcha para adaptarse a cambios sutiles en estímulos visuales, sin darse cuenta de que lo hacen. Estos resultados sugirieron que caminar implica una influencia sutil y consciente, además de procesos más automáticos.
En 2013, inició una colaboración con Forner-Cordero gracias a una beca del programa MISTI MIT-Brasil, y el equipo comenzó a explorar si estímulos más sutiles, como las señales auditivas, podían influir en la forma de caminar. En estos experimentos iniciales, se pidió a los voluntarios que caminaran en una cinta de correr mientras los investigadores reproducían un metrónomo y cambiaban lentamente su frecuencia. Los voluntarios, sin darse cuenta, ajustaban sus pasos al ritmo que variaba sutilmente.
“Eso sugería que la idea de que la marcha es solo un proceso automático no cuenta toda la historia”, afirma Krebs. “El cerebro tiene mucha influencia”.
La privación de sueño y la forma de caminar
Forner-Cordero y Krebs siguieron investigando la mecánica de la marcha y el control motor general, reclutando sobre todo a estudiantes voluntarios para sus experimentos. Cordero observó en particular que, hacia el final del semestre, cuando los estudiantes se enfrentaban a varios exámenes y plazos de proyectos, estaban más privados de sueño y tendían a obtener peores resultados en los experimentos del equipo.
“Así que decidimos aprovechar la situación”, afirma Forner-Cordero.
En su nuevo estudio, el equipo reclutó a estudiantes de la Universidad de São Paulo para participar en un experimento centrado en los efectos de la privación de sueño sobre el control de la marcha.
A cada estudiante se le entregó un reloj para registrar su actividad durante 14 días. Esta información permitió a los investigadores conocer cuándo y durante cuánto tiempo dormía y estaba activo cada estudiante cada día. No se dio a los estudiantes ninguna instrucción sobre cuánto debían dormir, para que los investigadores pudieran registrar sus patrones naturales de sueño. De media, cada estudiante durmió unas seis horas al día, aunque algunos compensaron y recuperaron sueño durante los dos fines de semana del periodo de 14 días.
La noche anterior al día 14, un grupo de estudiantes permaneció despierto toda la noche en el laboratorio del sueño del equipo. Este grupo fue denominado grupo de privación aguda de sueño, o SAD (por sus siglas en inglés). La mañana del día 14, todos los estudiantes acudieron al laboratorio para realizar una prueba de marcha.
Cada estudiante caminó en una cinta de correr configurada a la misma velocidad, mientras los investigadores reproducían un metrónomo. Se pidió a los estudiantes que mantuvieran el paso al ritmo, mientras los investigadores subían y bajaban lentamente y de forma sutil la velocidad del metrónomo, sin decirles que lo hacían. Unas cámaras registraron la marcha de los estudiantes y, en concreto, el momento en que el talón tocaba la cinta de correr, en comparación con el ritmo del metrónomo.
“Tenían que sincronizar el apoyo del talón con el ritmo, y comprobamos que los errores eran mayores en las personas con privación aguda de sueño”, afirma Forner-Cordero. “Perdían el ritmo, se les escapaban los pitidos y, en general, su rendimiento era peor”.
Esto, en sí mismo, quizá no resulte del todo sorprendente. Pero al comparar a los estudiantes que no habían pasado la noche en vela antes de la prueba, los investigadores encontraron una diferencia inesperada: los estudiantes que obtuvieron resultados algo mejores fueron los que compensaron y durmieron un poco más los fines de semana, incluso cuando realizaron la prueba al final de la semana.
“Es paradójico”, afirma Forner-Cordero. “Incluso en el momento de mayor cansancio, cuando la mayoría de la gente estaría agotada, este grupo que compensaba rindió mejor, algo que no esperábamos”.
“Los resultados demuestran que la marcha no es un proceso automático y que puede verse afectada por la privación de sueño”, afirma Krebs. “También sugieren estrategias para mitigar los efectos de la privación de sueño. Lo ideal sería que todas las personas durmieran ocho horas cada noche. Pero si no podemos hacerlo, deberíamos compensarlo en la mayor medida y con la mayor regularidad posible”.


