Lo que ocurre durante los primeros años de vida de una persona influye profundamente en cómo le irá más adelante. Miles de estudios —muchos de ellos basados en los valiosos datos de los estudios de cohortes de nacimientos británicos— han demostrado que los niños que tienen un mal comienzo en la vida tienen muchas más probabilidades de sufrir dificultades en la edad adulta, ya sea por problemas de salud o por su capacidad para disfrutar de la vida laboral y familiar.estudios de cohortes de nacimientos británicos — han demostrado que los niños que tienen un mal comienzo en la vida tienen muchas más probabilidades de sufrir dificultades en la edad adulta, ya sea por problemas de salud o por su capacidad para disfrutar de la vida laboral y familiar.
Asegurarse de que los niños duerman lo suficiente es una de varias maneras de procurarles el mejor comienzo posible en la vida. La Fundación Nacional del Sueño recomienda que los niños pequeños duerman aproximadamente entre 11 y 14 horas al día. Para los niños de entre tres y cinco años, se recomiendan de 10 a 13 horas; una vez que empiezan la escuela primaria, de 9 a 11 horas.
Pero las investigaciones más recientes realizadas por nuestro equipo del Centro Internacional de Estudios del Curso de la Vida de UCL muestran que no solo importa cuánto duerme un niño. Tras analizar los datos del Estudio de Cohorte del Milenio (MCS, por sus siglas en inglés), que ha seguido la vida de unos 20.000 niños desde el comienzo del siglo, descubrimos que tener un horario regular para acostarse también influye en cómo les va en casa y en la escuela durante la primera década de vida.
El efecto del «jet lag»
Para empezar, analizamos la relación entre los horarios regulares e irregulares para acostarse y el desempeño de los niños en diversas pruebas cognitivas. Se preguntó a los padres participantes en el MCS si sus hijos se acostaban a una hora regular los días de semana. Quienes respondieron «siempre» o «normalmente» se incluyeron en el grupo con horario regular; quienes respondieron «a veces» o «nunca», en el grupo con horario irregular.
Los resultados fueron contundentes. Los niños con horarios irregulares para acostarse obtuvieron puntuaciones más bajas en las pruebas de matemáticas, lectura y orientación espacial. De hecho, la hora a la que se acostaban tenía poco o ningún efecto en sus habilidades numéricas básicas ni en su capacidad para trabajar con formas. Sin embargo, no tener una hora fija para acostarse se relacionó con puntuaciones más bajas, especialmente en los niños de tres años. El mayor descenso en los resultados se observó entre las niñas que no tuvieron una hora fija para acostarse durante sus primeros años.
En el centro de este fenómeno está el ritmo circadiano: el reloj interno del cuerpo que indica cuándo es hora de dormir y de despertarse.
Si viajo de Londres a Nueva York, es probable que llegue algo agotado, porque el desfase horario afectará mis capacidades cognitivas, el apetito y las emociones. Si llevo conmigo a uno de mis hijos y quiero que le vaya bien en una prueba de matemáticas justo después de cruzar varias zonas horarias, le costará aún más que a mí. Si pensamos en el cuerpo como un instrumento, el de un niño es más propenso a desafinarse.
Lo mismo ocurre cuando los niños se acuestan a las 20:00 una noche, a las 22:00 la siguiente y a las 19:00 otra. A veces, los científicos llaman a esto «efecto de desfase horario social». Aunque nunca suba a un avión, el organismo del niño pasa por distintas zonas horarias, lo que afecta sus ritmos circadianos y sus sistemas hormonales.
Mejor comportamiento
Además de favorecer el desarrollo intelectual de los niños, descubrimos que los horarios regulares para acostarse también pueden mejorar su comportamiento.
A los siete años, según sus padres y maestros, los niños del MCS con horarios irregulares para acostarse tenían muchas más probabilidades de presentar problemas de conducta que sus compañeros con un horario regular. Cuanto más a menudo se acostaba un niño a distintas horas cada noche, peores eran sus problemas de conducta. En otras palabras, los efectos parecían acumularse a lo largo de la infancia.
Pero también encontramos una noticia alentadora: esos efectos negativos sobre el comportamiento parecían ser reversibles. Los niños que pasaron a tener un horario regular para acostarse mostraron mejoras en su comportamiento. Esto demuestra que nunca es demasiado tarde para ayudar a los niños a retomar un camino positivo, y que un pequeño cambio puede marcar una gran diferencia en cómo les va.
Pero, por supuesto, también ocurría lo contrario: el comportamiento de los niños que pasaron de un horario regular a uno irregular para acostarse empeoró.
Un problema de peso
En un estudio de seguimiento, en el que analizamos el impacto de las rutinas (incluidos los horarios para acostarse) en la obesidad, informamos que los niños con horarios irregulares tenían más probabilidades de tener sobrepeso y una autoestima y satisfacción con su cuerpo más bajas.
De hecho, de todas las rutinas que estudiamos, la irregularidad en la hora de acostarse fue la que se asoció más estrechamente con el riesgo de obesidad. Esto respalda otros hallazgos recientes, que muestran que los niños pequeños que se saltaban el desayuno y se acostaban a horas irregulares tenían más probabilidades de ser obesos a los 11 años. Incluso los niños que «normalmente» tenían un horario regular para acostarse tenían un 20% más de probabilidades de ser obesos que aquellos que «siempre» se acostaban aproximadamente a la misma hora.
Está claro que las pruebas demuestran que tener un horario regular para acostarse es realmente importante para la salud y el desarrollo de los niños durante esa primera década crucial de vida. Incluir estos hallazgos junto con las horas de sueño recomendadas en las orientaciones para quienes cuidan de niños pequeños podría marcar una gran diferencia: ayudaría a protegerlos del «desfase horario social» y a darles un excelente comienzo en la vida.


