Los investigadores sostienen que la naturaleza humana evolucionó para sentir orgullo porque este cumplía una función importante para nuestros antepasados recolectores, que vivían en pequeños grupos muy interdependientes y afrontaban frecuentes reveses que ponían en peligro sus vidas. En tiempos difíciles, los recolectores necesitaban que los demás miembros del grupo los valoraran lo suficiente como para ayudarlos a salir adelante.
Por eso, al tomar decisiones, los seres humanos tenían que sopesar su propio interés individual frente a la posibilidad de ganarse la aprobación de los demás, para que, cuando necesitaran ayuda, estos los valoraran lo suficiente como para prestársela.
Los hallazgos de los investigadores, según los cuales el orgullo es una de las soluciones evolutivas a este problema, aparecen en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias.
Por qué sentimos orgullo
«Las personas evolucionaron con una tendencia egoísta, pero también necesitaban un impulso contrario hacia actos que hicieran que los demás las valoraran en un mundo sin comedores populares, policía, hospitales ni seguros», afirma el autor principal, Daniel Sznycer, profesor adjunto de Psicología en la Universidad de Montreal. «El sentimiento de orgullo es una recompensa interna que nos impulsa a realizar esos actos».
«Para que esto funcione bien, las personas no pueden limitarse a ir a tientas y descubrir después qué les granjea aprobación», afirma la coautora Leda Cosmides, profesora de Psicología en la Universidad de California, Santa Bárbara, y codirectora del Centro de Psicología Evolutiva de la universidad. «Entonces ya es demasiado tarde. Al elegir entre distintas opciones, nuestro sistema motivacional debe calcular implícitamente de antemano cuánta aprobación suscitaría cada acto alternativo en la mente de los demás».
Los autores señalan que una persona que solo hiciera lo que quieren los demás sería objeto de selección en su contra, pero que una persona puramente egoísta sería rápidamente rechazada: otro callejón sin salida.
«Esto conduce a una predicción cuantitativa precisa», afirma el coautor John Tooby, profesor de Antropología y codirector del Centro de Psicología Evolutiva. «Numerosas investigaciones han demostrado que los seres humanos pueden anticipar con precisión las recompensas y los costos personales, como la pérdida de tiempo o de comida. En este caso, predijimos que la intensidad específica del orgullo que una persona esperaría sentir al realizar una acción reflejaría cuánto valorarían realmente los demás de su entorno esa acción concreta».
«La teoría que estamos evaluando sostiene que la intensidad del orgullo que sientes al considerar si realizar una acción posible no es solo un sentimiento y un motivador; también transmite información útil que te impulsa a tomar decisiones que equilibran tanto los costos y beneficios personales como los costos y beneficios sociales», afirma Tooby.
El orgullo es universal
Los autores sostienen que, como sistema neural, el orgullo inclina a tener en cuenta la estima de los demás junto con los beneficios personales, de modo que se elige la acción que ofrece la mayor recompensa total.
«Una consecuencia de esta teoría es que quienes te rodean también se benefician, como efecto secundario de que persigas acciones que ellos valoran», afirma Sznycer. «Así pues, el orgullo es más beneficioso para todos que pecaminoso».
Una parte fundamental del argumento es que este sistema motivacional de base neural forma parte de la biología de nuestra especie.
«Si eso es cierto, deberíamos encontrar esta misma relación entre el orgullo y la valoración en diversas culturas y entornos de todo el mundo, incluidas sociedades de trato cara a cara cuya pequeña escala recuerda los mundos sociales más íntimos en los que creemos que evolucionó el orgullo», señala Sznycer.
Para poner a prueba esta hipótesis, el equipo recopiló datos de 10 sociedades tradicionales de pequeña escala de América Central y del Sur, África y Asia. Sus integrantes hablan idiomas muy distintos (por ejemplo, mayangna, tuvano e igbo), profesan diversas religiones (por ejemplo, el islam suní y el chamanismo) y se ganan la vida de distintas maneras (la caza, la agricultura a pequeña escala y el pastoreo nómada).
Los sentimientos de orgullo realmente van de la mano de los valores de quienes te rodean...
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Si el orgullo forma parte de la naturaleza humana universal y evolucionada, la investigación debería descubrir que, en cada comunidad, el orgullo refleja estrechamente los valores de los demás respecto de cada acto concreto; en cambio, si el orgullo se parece más a una invención cultural, presente en algunos lugares pero no en otros, debería encontrar grandes variaciones en esta relación.
«Observamos una correspondencia extraordinariamente estrecha entre el grado de aprecio de la comunidad por las personas que realizan cada uno de estos actos o muestran esos rasgos y la intensidad del orgullo que las personas esperan sentir si realizaran esos actos o mostraran esos rasgos», afirma Sznycer.
«Los sentimientos de orgullo realmente van de la mano de los valores de quienes te rodean, tal como predice la teoría». Añade que otros estudios han demostrado que es específicamente el orgullo —a diferencia de otras emociones positivas— lo que refleja los valores de los demás.
Los investigadores señalan que resulta interesante que el orgullo reflejara no solo los valores de los demás miembros de la comunidad, sino también los de participantes de otras culturas, aunque esta última relación era más variable. Por ejemplo, el orgullo expresado por los horticultores recolectores mayangna de la Reserva de Bosawás, en Nicaragua, reflejaba no solo los valores expresados por otros mayangna, sino también los de los pastores de Tuvá, en Rusia; los agricultores amazigh de Drâa-Tafilalet, en Marruecos; y los agricultores de Enugu, en Nigeria. Este hallazgo adicional sugiere que al menos algunos de los valores sociales que comparten las personas en todo el mundo son universales.
El bien común frente al interés propio
«Los seres humanos somos una especie excepcionalmente cooperativa, así que el orgullo lleva a las personas a hacer muchas cosas valiosas unas por otras», afirma Cosmides. Sin embargo, añaden los autores, el orgullo en forma de dominancia evolucionó cuando había menos cooperación y resultaba ventajoso que un animal disuadiera a sus rivales de competir por recursos escasos mostrando el daño que podía infligir.
«Los seres humanos también heredaron este sistema y, como muchos han demostrado, sienten orgullo no solo por el bien que pueden hacer, sino también por sus capacidades agresivas», explica Sznycer. «Nuestros datos también lo respaldan».
Añaden los investigadores que el orgullo tiene esta reputación ambivalente porque, aunque a menudo nos motiva a beneficiar a los demás, a veces también puede llevarnos a aprovecharnos de ellos. Como afirma Tooby: «Cuando las personas se embriagan con lo valiosas que son para los demás —o con lo peligrosas que son—, creen que pueden aprovecharse de ello sin consecuencias y explotar a la gente. De ahí surgen las divas, los machos alfa y los narcisistas».
«Para bien o para mal, el sistema del orgullo parece ser una parte fundamental de la naturaleza humana», concluye Sznycer, «un sistema neural que evolucionó porque ayudaba a las personas a aumentar la estima y el estatus que los demás les otorgaban».


