¿Cómo funcionaría una utopía de la IA?

A customer takes a picture as robotic arms collect pre-packaged dishes from a cold storage, done according to the diners' orders, at Haidilao's new artificial intelligence hotpot restaurant in Beijing, China, November 14, 2018. Picture taken November 14, 2018. REUTERS/Jason Lee TPX IMAGES OF THE DAY - RC14D8976800
After centuries of industrialism, we are now on the cusp of a technological revolution that has the potential to abolish all necessary workImage: REUTERS/Jason Lee
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ÁMSTERDAM – Hace más de 500 años, Sir Thomas More encontró inspiración para el “Reino de Utopía” mientras paseaba por las calles de Amberes. Así que, cuando viajé allí desde Dubái en mayo para hablar sobre inteligencia artificial (IA), no pude evitar trazar paralelismos con Raphael Hythloday, el personaje de Utopía que relata a los ingleses del siglo XVI historias de un mundo mejor.

Como sede del primer ministro de IA del mundo, así como de museos, academias, y fundaciones dedicadas al estudio del futuro, Dubái emprende su propio viaje al estilo de Hythloday. Mientras que Europa, en general, se ha vuelto cada vez más temerosa de las amenazas tecnológicas para el empleo, los Emiratos Árabes Unidos han abrazado con entusiasmo el potencial de la IA y la automatización para ahorrar mano de obra.

Hay razones prácticas para ello. La proporción de mano de obra autóctona frente a la extranjera en los estados del Golfo está muy desequilibrada, que va desde un máximo del 67 % en Arabia Saudita hasta un mínimo del 11 % en los EAU. Y, dado que el entorno desértico de la región no puede sostener un mayor crecimiento de la población, la perspectiva de sustituir personas por máquinas se ha vuelto cada vez más atractiva.

Pero también existe una diferencia cultural más profunda entre ambas regiones. A diferencia de Europa Occidental, cuna tanto de la Revolución Industrial como de la “ética protestante del trabajo”, las sociedades árabes generalmente no “viven para trabajar”, sino que “trabajan para vivir”, otorgando un mayor valor al tiempo de ocio. Estas actitudes no son especialmente compatibles con los sistemas económicos que exigen exprimir cada vez más productividad de la mano de obra, pero sí encajan bien en una era de IA y automatización.1

En el Occidente industrializado, las fuerzas tecnológicas amenazan los contratos sociales que durante mucho tiempo se han sustentado en los tres pilares del capital, el trabajo y el Estado. Durante siglos, el capital aportó la inversión en máquinas, los trabajadores operaron las máquinas para producir bienes y servicios, y los gobiernos recaudaron impuestos, proveyeron bienes públicos y redistribuyeron recursos según fuera necesario. Pero esta división del trabajo creó un sistema social mucho más complejo que los del mundo árabe y de otras economías no industrializadas.

Por su parte, los estados árabes han nacionalizado los recursos naturales, gestionado las principales industrias, comerciado a nivel internacional y distribuido a la sociedad los excedentes de recursos. Hasta hace poco, el crecimiento de la población y la disminución de los ingresos procedentes de los recursos naturales amenazaban, por tanto, el contrato social. Pero con tecnologías capaces de producir y distribuir la mayoría de los bienes y servicios que requiere lo que es, esencialmente, una sociedad de ocio, el contrato social existente podría reforzarse en lugar de verse alterado.

En Occidente, la revolución tecnológica parece haber ampliado la brecha entre los propietarios del capital y el resto de la población. Mientras la productividad ha aumentado, la participación del trabajo en la renta total se ha reducido. Aparte de los propietarios del capital, una clase ociosa de yuppies y herederos también se ha apropiado de una parte considerable del excedente generado por las tecnologías que aumentan la productividad. Los mayores perdedores son quienes tienen ingresos bajos y menor formación.

Sin embargo, incluso aquí, centrarse en el posible impacto de la IA en la relación entre el capital y el empleo es miope. Después de todo, el populismo se ha disparado en muchos países occidentales en un momento de mínimos históricos de desempleo. Cabría argumentar que el malestar actual refleja el deseo de una mejor calidad de vida, y no de más trabajo. Los manifestantes franceses de los “chalecos amarillos” reaccionaron inicialmente a políticas que habrían encarecido los costes de sus desplazamientos al trabajo; los británicos que votaron por abandonar la Unión Europea esperaban que las contribuciones al bloque se redirigieran a los servicios públicos nacionales. La mayor parte de la retórica antiglobalización y antiinmigración nace de la ansiedad por la delincuencia, el cambio cultural y otras cuestiones de calidad de vida, y no del empleo.

El problema es que, bajo el contrato social occidental, el deseo de más ocio puede traducirse en demandas mutuamente incompatibles. Los votantes quieren menos horas de trabajo pero también más ingresos, y esperan que los gobiernos sigan generando ingresos fiscales suficientes para financiar la atención sanitaria, las pensiones y la educación. No es de extrañar que la política occidental haya llegado a un callejón sin salida.

Afortunadamente, la IA y la innovación basada en datos podrían ofrecer una vía de avance. En lo que podría percibirse como una especie de utopía de la IA, la paradoja de un Estado más grande con un presupuesto más pequeño podría conciliarse, porque el gobierno dispondría de las herramientas para ampliar los bienes y servicios públicos a un coste muy reducido.

El mayor obstáculo sería cultural: ya en 1948, el filósofo alemán Joseph Pieper advirtió contra la “proletarización” de las personas y pidió que el ocio fuera la base de la cultura. Los occidentales tendrían que abandonar su obsesión por la ética del trabajo, así como su profundo resentimiento hacia los “gorrones”. Tendrían que empezar a diferenciar entre el trabajo necesario para una existencia digna y el trabajo orientado a acumular riqueza y alcanzar estatus. Lo primero podría llegar a eliminarse casi por completo.

Con la mentalidad adecuada, todas las sociedades podrían empezar a forjar un nuevo contrato social impulsado por la IA, en el que el Estado captaría una mayor parte del rendimiento de los activos y distribuiría entre los residentes el excedente generado por la IA y la automatización. Las máquinas de propiedad pública producirían una amplia gama de bienes y servicios, desde medicamentos genéricos, alimentos, ropa y vivienda, hasta investigación básica, seguridad y transporte.

Algunos considerarán estos desembolsos una intervención injustificada en el mercado; otros temerán que el gobierno no pueda satisfacer la demanda pública de diversos bienes y servicios. Pero, de nuevo, tales argumentos son miopes. Dado el ritmo de los avances en IA y automatización, los sistemas de producción estatales, que funcionan sin interrupción, tendrán una capacidad de suministro casi ilimitada. La única limitación serán los recursos naturales, una restricción que seguiría impulsando la innovación tecnológica en busca de una gestión más sostenible.

En una utopía de la IA, la intervención gubernamental sería la norma y la producción privada la excepción. El sector privado corregiría los fallos del gobierno o colectivos, en lugar de que el gobierno corrigiera los fallos del mercado.

Imaginemos viajar hacia el futuro, hasta 2071, el centenario de los EAU. Un futuro Raphael Hythloday que visitara Amberes desde Dubái traería las siguientes noticias: donde yo vivo, el gobierno posee y opera las máquinas que producen la mayoría de los bienes y servicios necesarios, lo que permite a la gente dedicar su tiempo a actividades de ocio, creativas y espirituales. Todas las preocupaciones sobre el empleo y los tipos impositivos han quedado relegadas al pasado. Ese también podría ser tu mundo.

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