Cuando muchas personas de mediana edad recuerdan su infancia, se acuerdan de recorrer las calles con sus amigos durante los largos y calurosos veranos. Nuestros padres nos echaban de casa por la mañana y nos decían que no volviéramos hasta la hora de cenar. A menudo a cargo de nuestros hermanos menores, nos alejábamos más de lo debido, nos metíamos en problemas y, al final del verano, acumulábamos triunfos, cicatrices y recuerdos para toda la vida.
Pero, seguramente, esos recuerdos no son más que nostalgia, ¿verdad? Probablemente sí lo sea la parte de que siempre brillaba el sol. Sin embargo, hay algo seguro: el nivel de implicación y supervisión de los padres en la década de 1970 no era ni la décima parte de lo que se espera hoy. Avancemos hasta 2014: una mujer fue detenidapor permitir que su hijo de nueve años jugara en el parque mientras ella trabajaba.
Entonces, ¿qué efecto tiene en los niños el aumento de la implicación de los padres? Veamos qué dicen las pruebas.
Una encuesta reciente sobre niños de entre ocho y 12 años reveló que jugar en interiores es ahora lo habitual, que un tercio nunca ha chapoteado en un charco y que la distancia a la que se permite jugar a los niños desde casa se ha reducido un 90% desde 1970.
La crianza no solo ha cambiado en cuanto a lo que se considera seguro para los niños. Ahora, los padres se preocupan más por el efecto de su estilo de crianza en sus hijos y se sienten presionados a ofrecerles una sucesión de actividades estimulantes de una manera que antes habría parecido absurda. Esto ha propiciado la aparición de dos estilos de crianza relacionados: el «padre helicóptero» y el «padre quitanieves».
Como su nombre indica, los padres helicóptero pasan mucho tiempo sobrevolando a sus hijos. Siempre están cerca, listos para intervenir y dirigirlos, ayudarlos o protegerlos (por lo general, antes de que haga falta). Los padres quitanieves se adelantan a sus hijos, allanándoles el camino y procurando que nada se interponga en él. Entre las tácticas habituales de ambos estilos está interferir de forma considerable en la vida de sus hijos ya adultos, por ejemplo, quejarse ante sus empleadores cuando no consiguen un trabajo.
Pero ¿de verdad les ayuda a largo plazo crecer sin estrés? ¿Y qué ocurre cuando los niños nunca tienen que salir por sí mismos de situaciones complicadas?
No hace falta ser un genio
Como en todo, hay un término medio. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que ofrecer oportunidades y apoyo a los niños les ayuda a adquirir experiencias, confianza y redes de contacto que no tendrían en entornos más adversos. Pero hay una diferencia importante entre apoyar a los niños y envolverlos en algodón.
Permitir que los niños tengan libertad para asumir riesgos adecuados mediante el juego al aire libre es esencial para su desarrollo. El juego arriesgado no significa exponerlos a un peligro grave, sino dejar que sean niños: trepar, saltar desde cierta altura y colgarse boca abajo son buenos ejemplos. El juego arriesgado permite a los niños poner a prueba sus límites y resolver problemas. Y sí, eso incluye aprender qué pasa cuando se esfuerzan demasiado y se caen.
¿Y qué hay del riesgo de secuestro? ¿No secuestrarán a los niños a los que se permite salir sin supervisión? Es muy poco probable. Pese a lo que sugieren los titulares, el riesgo de secuestro infantil no ha aumentado desde que se empezaron a recopilar datos en la década de 1970: la probabilidad se mantiene en torno al 0.0005%. De hecho, es mucho más probable que los secuestre alguien a quien conocen (incluso uno de sus padres) que el temido desconocido que acecha en las sombras.
Más allá de los riesgos, intervenir constantemente y ofrecer oportunidades a los niños no es bueno para su desarrollo. Puede que lo hayamos olvidado en nuestros recuerdos cálidos y borrosos, pero es normal —y beneficioso— que los niños se aburran. El aburrimiento potencia la creatividad y la resolución de problemas, mientras que el estímulo constante merma la imaginación —aunque incluya clases creativas.
Estar siempre pendientes de los niños y hacer las cosas por ellos también puede resultar contraproducente. Es más probable que los niños cuyos padres intervienen a menudo sufran ansiedad. Aunque la relación no sea necesariamente causal, que los rescaten constantemente probablemente reduce su confianza. En cambio, cuando juegan solos, los niños se enfrentan a retos y aprenden a resolver problemas, y así desarrollan su creatividad.
Estas primeras interacciones también pueden tener consecuencias a largo plazo. Un estudio con estudiantes universitarios reveló que cuanto mayor es el grado de «sobreprotección helicóptero» de los padres, mayor es el riesgo de que los estudiantes sufran depresión y ansiedad. Por otro lado, es más probable que los estudiantes acostumbrados a que sus padres les faciliten todo presenten rasgos de narcisismo y un sentimiento de merecimiento. La ansiedad no es buena, pero tampoco lo son el exceso de confianza y la expectativa de que la vida debería ser fácil.
Dicho todo esto, la implicación de los padres, sobre todo la de unos padres cariñosos, afectuosos y firmes, es, por supuesto, beneficiosa. La confianza en sus propias capacidades puede contribuir a la sensación de seguridad de un niño, al igual que contar con padres que lo apoyen. Y no olvidemos que, aunque los secuestros quizá no hayan aumentado, el tráfico sí lo ha hecho, y la libertad y los riesgos deben ser adecuados.
Encontrar el equilibrio adecuado puede parecer más complicado de lo que es. Hace más de 50 años, el pediatra y psicoanalista Donald Woods Winnicott introdujo el concepto de «crianza suficientemente buena». Demostró que los hijos de padres cariñosos que les ofrecían un entorno estimulante, pero también establecían límites y no se angustiaban por no hacer lo suficiente, obtenían los mejores resultados.
Quizá Winnicott estuviera cegado por la nostalgia al recordar los largos y calurosos veranos. Pero muchos expertos actuales siguen creyendo que esta estrategia tiene mucho sentido para criar hijos seguros e independientes.


