La reacción contra la tecnología está aquí, o eso nos dicen. Se dice que la ciudadanía está alarmada y se siente impotente y temerosa ante un futuro en el que la tecnología campa a sus anchas y se descontrola. A veces, ciertamente, puede parecer así, sobre todo cuando el entusiasmo por lo que estas tecnologías prometen ofrecer está en su apogeo, como podría decirse que ocurre ahora. Pero ¿y si no es eso lo que estamos viendo, o al menos no es la única forma de interpretar lo que está pasando?
La cacofonía desordenada, estridente y caótica de voces que expresan preocupaciones, opiniones y visiones contrapuestas del futuro quizá sea precisamente el vigoroso debate social sobre nuestro futuro colectivo que muchos reclaman con razón. El desafío del Foro Económico Mundial de «dar forma proactiva al cambio y no permitir que ocurra de manera pasiva» no se limitará a situaciones cómodas, como debates animados en televisión o diálogos con el público en un museo.
Las personas y las organizaciones compartirán sus opiniones, esperanzas y temores de la forma que mejor les funcione: ya sea mediante tuits, blogs y medios de comunicación, peticiones en línea o acciones directas y campañas más tradicionales. También tomarán medidas más directas, como cambiar dónde gastan su dinero y a qué dedican su tiempo. La ciudadanía está defendiendo sus intereses y sus convicciones, pero no es algo ordenado ni fácil de procesar, y desde luego resulta incómodo para los gobiernos y las empresas que están en el ojo del huracán.
La actual rebelión contra la mentalidad de Silicon Valley de «moverse rápido y romper cosas», por ejemplo, quizá no sea tanto una reacción contra las grandes empresas tecnológicas como un cuestionamiento intuitivo de ese modelo de negocio por parte de la ciudadanía, que señala en qué aspectos estas empresas no están a la altura y no logran ganarse la confianza de la sociedad. Esto es una buena noticia, no una mala, incluso para las empresas tecnológicas cuya licencia para operar está siendo cuestionada. Predecimos que, en última instancia, saldrán fortalecidas, aunque ahora quizá no lo vean así.
En el centro de todos estos debates parece estar surgiendo un movimiento que cuestiona la visión tecnocéntrica de la Cuarta Revolución Industrial y exige un destino para el futuro de la humanidad mucho más centrado en el planeta y las personas. Este movimiento interpela a quienes incentivan y crean nuevas tecnologías para que, desde el principio, hagan más por responder a los desafíos sociales y medioambientales. No debería tratarse, como a menudo parece, de que una tecnología busque dónde encajar o de que los innovadores solo piensen en cuántos ceros tendrá la valoración de la empresa dentro de unos años.
La forma en que las organizaciones escuchan y responden a este debate, a veces muy incómodo, es fundamental para desarrollar tecnologías en las que la sociedad pueda confiar. Para responder, es esencial diseñar una gobernanza eficaz. Sin embargo, quizá el concepto de gobernanza «ágil» que defienden el Foro Económico Mundial y otros no baste por sí solo, sobre todo si esa agilidad está concebida principalmente para facilitar una introducción más rápida de la tecnología en la sociedad.
La gobernanza debe concebirse de modo que pueda ganarse la confianza de las partes interesadas, incluida la sociedad, y tener en cuenta distintos valores y agendas. No se trata solo de nuevas ideas técnicas sobre el diseño de la gobernanza. Las teorías centradas en la tecnología y las teorías jurídicas suelen desmoronarse porque no consideran, con empatía y respeto, los aspectos humanos ni la psicología subyacente de la confianza y la desconfianza. Creemos que el Foro Económico Mundial y su público global deben tomarse muy en serio cómo se definen el propósito y el diseño de la gobernanza para ganarse la confianza, y cómo quienes la diseñan reflejan la manera en que cada persona percibe su fiabilidad.
Naturalmente, la gobernanza de la tecnología se centra en la seguridad y en cuestiones técnicas y jurídicas, pero sostenemos que este enfoque ofrece una comprensión limitada de lo que hace falta para ganarse la confianza de las partes interesadas. En particular, a nuestro juicio, quienes diseñan la gobernanza o tratan de influir en su propósito y diseño no se han esforzado lo suficiente por considerar la ciencia del pensamiento humano para hacer que la gobernanza sea más fiable.
En particular, para las tecnologías que suscitan controversia y en las que la confianza en la propia tecnología es frágil, diseñar la gobernanza teniendo presente la confianza puede ser un paso pequeño, pero importante, para llegar a decisiones adecuadas y socialmente aceptables.
No existen soluciones mágicas para crear tecnologías y regímenes de gobernanza que las sustenten y sean fiables. Sin embargo, nuestro trabajo reciente, en el que exploramos las raíces de los conflictos en torno a la tecnología y la contribución de la psicología humana, nos ha llevado a preguntarnos cómo se resuelven con éxito otros conflictos difíciles de resolver, como las negociaciones de paz.
Hay un vasto caudal de conocimientos por explorar, pero hemos identificado tres factores clave para ganarse la confianza tanto en la tecnología como en su gobernanza:
La convicción compartida de que la situación actual no funciona para todas las partes;
El más mínimo atisbo de una misión compartida, que conecte con el bien común y con el interés propio de cada persona, permitirá avanzar hacia un espacio que antes no existía. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible nos ofrecen mucho más que un atisbo de esperanza: nos brindan una agenda de referencia que puede ayudar a orientar la tecnología y su gobernanza para que sean más inclusivas, respondan mejor a las necesidades y se centren en objetivos sociales y medioambientales, precisamente aquello que reclama la ciudadanía;
Son fundamentales los procesos concebidos para arraigar el respeto mutuo y ganarse la confianza de partes diversas, con pruebas de ese respeto que sean claras para todos.
Teniendo presentes estos tres factores, vemos muchos motivos para el optimismo. Por todas partes hay señales de un enfoque nuevo, más inclusivo y más atento a las necesidades sociales en el desarrollo de la tecnología y su gobernanza. Las organizaciones que, tras recibir publicidad negativa, se han visto obligadas a reconsiderar su papel en la sociedad están encontrando nuevas formas de cumplir con sus responsabilidades y de relacionarse con la ciudadanía de manera positiva y constructiva. Muchas también se inspiran en los Objetivos de Desarrollo Sostenible para revisar su estrategia empresarial y centrarse en cómo pueden contribuir de forma singularmente positiva a la sociedad mediante el uso de sus tecnologías.
Creemos que es fundamental que los líderes políticos y empresariales reunidos en Davos aprovechen esta oportunidad para superar la polarización y la fragmentación social del pasado, y encabecen el camino hacia una mayor convergencia entre el desarrollo humano y el tecnológico.


