¿Cómo se define la salud en una era conectada? El Observatorio Mundial de la Salud, el centro de recopilación de datos de la Organización Mundial de la Salud para más de 194 países, abarca 33 temas que van desde el VIH/sida, el agua y el saneamiento hasta la seguridad vial y la salud mental.
Me gustaría añadir otro tema para la era de la conexión total: la salud social.
Estamos en medio de lo que los sociólogos Lee Rainie y Barry Wellman llaman la «triple revolución»de internet, las redes sociales y los dispositivos móviles. Creo que está surgiendo un malestar mensurable, vinculado directamente con la velocidad y la escala de la conectividad moderna, que repercute en muchos de los antiguos indicadores de enfermedad y bienestar y, además, crea algunos nuevos.
Pensemos en el estrés. Sabemos que los niveles de estrés global están aumentando: se prevé que el mercado de los antidepresivos alcance los 16.800 millones de dólares en 2020; ese mismo año, dicho sea de paso, el número de dispositivos conectados en circulación llegará a 50.000 millones.
También aumentan los días de trabajo perdidos a causa del estrés: la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo estima que entre el 50 y el 60 % de los días laborables perdidos cada año se deben al estrés.
Coincido con el historiador Yuval Noah Harari, quien cita en su monumental libro Sapiens: De animales a dioses cómo el impacto de la modernidad repentina en las comunidades agrícolas «aceleró diez veces el ritmo de la vida y volvió nuestros días más ansiosos y agitados».
Nuestros antepasados neolíticos, que domesticaron el trigo escanda en un mundo con menos de cinco millones de personas, no podían haber previsto una era en la que Mark Zuckerberg, fundador de una sola red social, observaría que 1.000 millones de personas estaban en Facebook al mismo tiempo en un solo día de agosto de 2016. Él lo vio como «solo el comienzo de conectar al mundo entero».
Mi problema con la conectividad es que ha llegado de forma tan repentina y tan implacable que ni siquiera hemos empezado a procesar el impacto que tiene en nuestros comportamientos, nuestros sistemas de comunicación y la tensión que supone para un ser humano, que sigue disponiendo de apenas 168 horas a la semana (incluido el sueño), convivir codo con codo con lo que, en la práctica, es una nueva especie: la tecnología. Han pasado 70 años desde la creación de la Organización Mundial de la Salud y su definición esencial de salud no ha cambiado: «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades».
Esto resulta especialmente interesante si tenemos en cuenta que el significado de «bienestar social» en el siglo pasado no incluía —no podía incluir— el ordenador. Sin embargo, la sociedad moderna, organizada en torno a la tecnología conectada desde hace apenas ciento cincuenta años (podría decirse que desde que se tendieron los primeros cables submarinos de conexión entre Terranova e Irlanda en 1857), está ahora verdaderamente inmersa en ella.
No podemos desconectarnos. Por eso necesitamos nuevas narrativas, nuevos indicadores y, sobre todo, nuevas prácticas y comportamientos.
Si añadiera la «salud social» a la definición actual de la OMS, quizá la definiría así: «La salud social consiste en equilibrar las conexiones cara a cara y electrónicas de manera que se gestionen los flujos de conocimiento, las redes y el tiempo. Quienes gozan de buena salud social saben con quién y con qué conectarse, así como el valor de desconectarse para mantenerse sanos. La salud social es una mentalidad y un comportamiento que se aplican por igual a las personas y a las organizaciones».
Como el lenguaje del mundo se está reduciendo a la extensión de un tuit, resumámoslo de verdad:
«La salud social consiste en saber quién, qué y cuándo. Quienes gozan de salud social equilibran las relaciones cara a cara y la tecnología, y saben dónde encontrar el interruptor para desconectarse».
Confío en que el próximo director general de la OMS, el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, y su equipo directivo, incluida la directora ejecutiva, la Dra. Nata Menabde, procurarán ampliar el concepto de «bienestar social» para incorporar la salud social y así encabezar a escala mundial los cambios normativos tan necesarios en la manera de entender la salud en relación con la conectividad.
Julia Hobsbawm es autora de Fully Connected: Surviving & Thriving in an Age of Overload.


