Las emociones influyen decisivamente en todos los aspectos de nuestra vida: desde cómo vivimos, trabajamos, aprendemos y jugamos hasta las decisiones que tomamos, grandes y pequeñas. Las emociones determinan cómo nos comunicamos y conectamos entre nosotros, e inciden en nuestra salud y bienestar. La inteligencia emocional humana (o EQ) es nuestra capacidad para reconocer no solo nuestras propias emociones, sino también las de otras personas, y para utilizar las emociones como guía de nuestra conducta, adaptarnos a distintos entornos y alcanzar nuestros objetivos. Las personas con una EQ alta llevan vidas profesionales y personales más exitosas: son más agradables y convincentes, suelen ser líderes más eficaces y, por lo general, llevan vidas más saludables, felices e incluso más largas.
Hoy, nuestras vidas transcurren en un mundo digital. Nos rodean numerosos sistemas hiperconectados, dispositivos inteligentes y sistemas avanzados de IA (inteligencia artificial). En otras palabras, mucho CI, pero nada de EQ. Eso es un problema, sobre todo porque nuestras interacciones con la tecnología son cada vez más conversacionales y relacionales. Basta con ver cómo usamos los dispositivos móviles e interactuamos con agentes inteligentes como Siri y Alexa de Amazon. Las tecnologías diseñadas para interactuar con las personas necesitan inteligencia emocional para ser eficaces. En concreto, deben poder detectar las emociones humanas y adaptar su funcionamiento en consecuencia. Mi empresa, Affectiva, tiene la misión de humanizar la tecnología con inteligencia emocional artificial o, como me gusta llamarla, IA emocional.
¿Qué es la IA emocional? También puede que la conozcas como tecnología de reconocimiento de emociones. Nuestra IA emocional mide de forma discreta las expresiones faciales de las emociones. Con una simple cámara web estándar, nuestra tecnología primero identifica un rostro humano en tiempo real o en una imagen o vídeo. Los algoritmos de visión artificial identifican puntos clave del rostro, por ejemplo, las puntas de las cejas, la punta de la nariz y las comisuras de la boca. A continuación, los algoritmos de aprendizaje automático analizan los píxeles de esas zonas para clasificar las expresiones faciales. Después, las combinaciones de estas expresiones faciales se asocian con emociones. Ahora, también con métodos de aprendizaje profundo, podemos ajustar nuestros algoritmos muy rápidamente para lograr un alto rendimiento y precisión.

La IA emocional utiliza enormes cantidades de datos. De hecho, Affectiva ha creado el mayor repositorio de datos emocionales del mundo. Hemos analizado más de 5,2 millones de rostros en 75 países. Esto es muy importante porque las personas de todo el mundo no tienen el mismo aspecto y, sin duda, expresan las emociones de manera distinta en sus actividades cotidianas «en el mundo real». En todos estos datos que hemos recopilado estamos observando aspectos muy interesantes de la conducta emocional humana.
Por ejemplo, todos sabemos que las mujeres son más expresivas que los hombres. Nuestros datos no solo lo confirman, sino que también muestran que las mujeres sonríen más y que sus sonrisas duran más. También hay diferencias culturales: en Estados Unidos las mujeres sonríen alrededor de un 25 % más, en Francia un 40 % más, pero, curiosamente, en el Reino Unido no encontramos diferencias entre hombres y mujeres. Los españoles son más expresivos que los egipcios, pero, al parecer, los egipcios mostramos emociones más positivas. También podemos detectar indicios de la sonrisa cortés que se observa en culturas como la japonesa. En general, en las culturas más colectivistas vemos que, en grupo, las personas moderan sus emociones, pero son muy expresivas cuando están solas en casa. En las culturas más individualistas, como las de Norteamérica y Europa, ocurre lo contrario: las personas son más expresivas en grupo que cuando están solas. Quizá se deba a que las normas culturales hacen que el individuo destaque entre los demás.
Entonces, ¿cómo se utiliza la IA emocional?
Más de 1.400 marcas utilizan nuestra tecnología para medir y analizar cómo responden los consumidores a contenidos digitales, como vídeos y anuncios, e incluso a programas de televisión. Los datos emocionales ayudan a las empresas de medios, las marcas y los anunciantes a mejorar su publicidad. La IA emocional también se integra en otras tecnologías para que puedan reconocer las emociones. Ahora, con nuestro kit de desarrollo de software (SDK), cualquier desarrollador puede incorporar IA emocional a las aplicaciones, los juegos, los dispositivos y las experiencias digitales que está creando, para que puedan detectar las emociones humanas y adaptarse. Este enfoque está impulsando rápidamente un uso más generalizado de la IA emocional en diversos sectores.
Robots como Mabu y Tega utilizan la IA emocional para comprender los estados de ánimo y las expresiones de las personas con las que interactúan. En educación, la IA emocional permitirá saber si un estudiante está frustrado o aburrido, pero ¿y si el contenido educativo pudiera adaptarse? La aplicación de aprendizaje Little Dragon es una de las primeras aplicaciones adaptativas de este tipo, diseñada para ayudar a los niños a aprender idiomas de una forma más interactiva e interesante.
Los videojuegos están diseñados para llevarnos por un viaje emocional, pero no cambian la dinámica del juego en función de las emociones del jugador. El juego Nevermind le da un giro radical: este juego de suspense con biorretroalimentación se vuelve más surrealista y desafiante a medida que los jugadores muestran señales de angustia. En el ámbito de la salud, el impacto de la IA emocional quizá pueda ser más significativo: desde las pruebas de eficacia de medicamentos y la telemedicina hasta la investigación sobre la depresión, la prevención del suicidio y el autismo. El equipo de Brain Power ha creado un programa para el autismo que ya está cambiando la vida de familias con niños dentro del espectro autista. Hay muchos más ejemplos en los sectores de la automoción, el comercio minorista e incluso el jurídico, donde se utiliza la tecnología de reconocimiento de emociones.
Reconocemos que las emociones son privadas y siempre queremos ser transparentes sobre cómo funciona nuestra tecnología y cómo se utiliza. En estas experiencias digitales que reconocen las emociones queremos que las personas tengan la opción de excluirse o desactivar esta capacidad de detectar emociones. Y si estas soluciones resultan lo bastante atractivas, las personas decidirán utilizarlas y obtener valor de ellas.

A menudo me preguntan qué depara el futuro a la IA emocional, y mi respuesta es sencilla: será omnipresente, estará integrada en las tecnologías que usamos a diario, funcionará en segundo plano y hará que nuestras interacciones con la tecnología sean más personalizadas, pertinentes, auténticas e interactivas.


