Mi madre vive a 5.000 millas de distancia, en El Cairo, Egipto. Cuando me llama, puede saber de inmediato si algo va mal, simplemente por la forma en que digo «Hola» o «Estoy bien». Como ocurre con muchas relaciones con las personas más cercanas, mi madre y yo hemos construido un nivel de confianza tal que ella sabe cómo me siento a partir de una simple palabra o frase.
Pero, por desgracia, yo, como muchas otras personas en el mundo actual, dedico tanto (si no más) tiempo a interactuar con la tecnología como con las personas cercanas a mí. Sin embargo, a diferencia de hablar con mi madre o con un amigo, la forma en que interactuamos con los dispositivos es completamente transaccional. Mi teléfono móvil no puede leer entre líneas ni entender lo que realmente me pasa.
Este problema es cada vez más evidente a medida que nuestras interacciones con la tecnología recurren cada vez más a la inteligencia artificial (IA). A medida que la IA asume nuevos roles en la sociedad –desde trabajar codo con codo con nosotros hasta conducir nuestros coches, asistir en la atención sanitaria y mucho más–, estamos forjando un nuevo tipo de alianza con la tecnología. Y con esa alianza llega un nuevo contrato social: uno basado en la confianza mutua, la empatía y la ética.
¿Puede la IA confiar en nosotros?
Todo empieza por la confianza mutua. Al fin y al cabo, no podemos trabajar ni vivir de forma eficaz con personas en las que no confiamos y que tampoco confían en nosotros. La IA no es diferente.
Los ejemplos de por qué la confianza mutua entre personas e IA importa son muy numerosos. Tomemos como ejemplo los vehículos semiautónomos. Como estos coches todavía están en desarrollo, requieren que un conductor humano esté preparado para retomar el control si la IA del coche ya no puede navegar con seguridad.
Pero ¿cómo puede la IA confiar en que la persona está lista para hacerse cargo? ¿En que la persona que debe conducir está alerta y atenta, y no somnolienta ni distraída de otro modo? Los sistemas de IA deben poder comprender realmente nuestros estados emocionales y cognitivos –en este caso, reconocer si alguien muestra signos de distracción o estados de deterioro potencialmente peligrosos– antes de confiarles el control.
Así pues, la pregunta es: ¿cómo podemos fomentar un sentimiento tan personal como la confianza hacia las máquinas, y cómo podemos hacerlo mutuo?
La IA como compañera empática
Según la profesora de tecnología de la Escuela de Negocios de Harvard Frances Frei, la empatía es uno de los elementos más importantes para establecer la confianza entre las personas. Así que quizá la empatía sea también la clave para crear comprensión y confianza entre la IA y los humanos.
La clave para construir una IA que realmente nos «entienda» no es centrarse únicamente en la cognición, sino desarrollar algoritmos con inteligencia emocional. Al igual que en las alianzas entre personas, dotar a la IA de la capacidad de entender cómo se siente alguien es la única manera de que un coche semiautónomo sepa si su conductor está en condiciones de ponerse al volante, o de que un cobot comprenda si sus compañeros humanos se sienten capaces de desempeñar su trabajo en un día determinado.
Esto puede parecer demasiado personal o antinatural para algunos. Pero, en mi opinión, seguir avanzando en la investigación y el desarrollo de la IA no es lo que supondrá una amenaza para nuestros empleos ni para la humanidad. La verdadera pregunta es qué harán las personas con la tecnología y cómo nuestras decisiones sobre la IA cambiarán nuestro mundo.
Esbozar el desarrollo y despliegue éticos de la IA
Los sistemas de IA diseñados para interactuar con las personas dispondrán de muchos datos y sabrán mucho sobre quienes interactúan con ellos. Esto suscita inquietudes: si bien la IA tiene un gran potencial para mejorar nuestras vidas, también lo tiene, en igual medida, para agravar la desigualdad o causar daños.

Al diseñar este nuevo contrato social, debemos establecer normas para el desarrollo y despliegue éticos de la IA. Esto implica garantizar que la IA sea creada por equipos diversos y con datos diversos, a fin de que la tecnología no reproduzca los sesgos inherentes a la sociedad. Implica considerar la necesidad de un mecanismo de adhesión voluntaria y de consentimiento cuando las personas interactúan con la IA, y priorizar la privacidad de los datos.
Conscientes de ello, algunas de las mentes más brillantes de la tecnología, el mundo académico y más allá ya están colaborando para establecer normas que garanticen que las personas usen la IA de forma ética y en beneficio de todos, desde Iniciativa sobre Ética y Gobernanza de la IA del MIT y Harvard, hasta la Partnership on AI, que es una colaboración entre grandes empresas tecnológicas como Microsoft, Amazon, Google, Facebook y Apple, y empresas emergentes como Affectiva. Esto también forma parte de mi responsabilidad como Líder Mundial Joven del Foro Económico Mundial. El Foro nos brinda la oportunidad de debatir las implicaciones de la IA con líderes que aportan perspectivas de ámbitos y trayectorias muy diversos.
Aún queda mucho por resolver a medida que avanzamos en nuestra cambiante relación con la IA. Pero es urgente empezar a enmarcar el debate de esta manera –como una alianza basada en la confianza, la empatía y la comprensión, en lugar de seguir hablando de la IA con temor y desarrollar la tecnología sin permitirle relacionarse realmente con nosotros.
Exploraremos el nuevo contrato social entre las personas y la IA, y todas las implicaciones asociadas, en la tercera edición anual de la Cumbre sobre IA Emocional en Boston el 15 de octubre. Regístrese aquí si desea unirse y contribuir a impulsar el debate; nos encantaría conocer sus opiniones.


