Con la automatización de muchas actividades cotidianas, ¿podría un robot ser una incorporación más productiva que un director ejecutivo a las salas de juntas del futuro?
En una era definida por la evolución exponencial de la tecnología, la robótica y la inteligencia artificial (IA) han avanzado mucho en poco tiempo. Desde levantar piezas de metal al rojo vivo y apilarlas —como hizo en 1961 el primer robot operado digitalmente y programable—, los robots comerciales e industriales se utilizan ahora ampliamente para eliminar tareas repetitivas y hacernos la vida más fácil. Los robots pueden realizar operaciones quirúrgicas, fabricar automóviles, mover existencias en almacenes, registrarte en el hotel y servirte bebidas. Y pueden hacerlo con rapidez y eficiencia.

Se espera que la IA evolucione considerablemente más allá del aprendizaje automático, relativamente simple hoy en día, para comprender mejor el comportamiento humano. Eso significa que los robots tomarían decisiones por su cuenta en situaciones más complejas. Y, a medida que se vuelvan más inteligentes, podrán asumir trabajos cada vez más exigentes y ayudar a que los trabajadores humanos sean más productivos.
Pero ¿podrían asumir un cargo tan exigente como el de director ejecutivo?
Argumentos a favor de un director ejecutivo robótico
Contar con un robot como director ejecutivo de la empresa ofrece algunas ventajas claras. En primer lugar, quizá pueda tomar decisiones mejores y más responsables. El «ruido» de fondo puede afectar enormemente al proceso de toma de decisiones. Si he tenido una reunión desagradable, sufro de desfase horario o simplemente tengo otras cosas en la cabeza, mis decisiones podrían verse afectadas.
Los robots no se enfrentan a la imprevisibilidad que afrontamos los humanos, por lo que es más probable que sus decisiones sean coherentes y se basen en hechos.
En segundo lugar, la gestión de la agenda dejaría de ser un problema. Los robots pueden trabajar todo el día, todos los días. No necesitan dormir, ni fines de semana ni vacaciones. Ningún simple mortal puede decir lo mismo, por mucho que intente dar esa impresión.
¿Y qué hay de las reuniones con clientes? Según el informe State of the State de Deloitte, las situaciones que requieren un alto grado de interacción personal todavía tienen un 23 % de probabilidad de automatizarse, así que hacer contactos con el jefe robótico no queda del todo descartado. Y si has creado un robot director ejecutivo, ¿por qué no crear unos cuantos más? No es que tenga una personalidad única. La tecnología les permite interactuar allí donde estén tus clientes, lo que reduce aún más los gastos de viaje y beneficia al medioambiente.
¿Se enfrentan los directores ejecutivos a un golpe de Estado robótico?
Hay ámbitos evidentes en los que las habilidades que los altos directivos han desarrollado a lo largo de su carrera les darán ventaja frente a sus competidores robóticos. Por ejemplo, la capacidad de un director ejecutivo para el razonamiento crítico y la creatividad —para pensar más allá de un algoritmo— es algo que todavía no hemos logrado desarrollar en un robot.
A mi juicio, deberíamos acoger los sistemas de inteligencia artificial como compañeros de trabajo e invitarlos a nuestras salas de juntas. El futuro no es robótico ni humano, sino una forma de trabajar más matizada que nos permita aprovechar al máximo la tecnología y nuestras propias capacidades.
Automatizar tareas e incluso la toma de decisiones no solo podría hacerme más productivo y responsable, sino también mejorar mi empresa y sus resultados. Pero la IA también podría liberarme para dedicarme a un trabajo más gratificante: reunirme con clientes y empleados.
Y eso se debe a que corremos el riesgo de pasar por alto una cosa: el impacto que tendría en nuestros empleados tener un robot al mando. Como líderes, debemos implicar, motivar e inspirar a nuestros equipos, especialmente en momentos de incertidumbre.
¿Puede un robot dar energía a quienes lo siguen y mejorar el estado del mundo? Quizá algún día, pero todavía no.


