«Es como una sensación de hormigueo por dentro», dice Judy*. «Te entra calor, luego frío, y sientes que quieres salir corriendo». La mujer de 57 años tiene el pelo corto, gris oscuro, y una expresión atormentada. Le falta el aliento y está sentada con la pierna derecha apoyada en su bastón, balanceándola adelante y atrás mientras habla.
Judy explica que padece un dolor constante e incapacitante: artritis, problemas de espalda, fibromialgia y migrañas diarias. Fue gerente de una importante empresa de electrónica hasta 2008, pero ya no puede trabajar. A menudo le duele demasiado incluso para levantarse de la cama.
Toma unos 20 medicamentos distintos cada día, entre ellos analgésicos, antidepresivos, sedantes y un parche cutáneo con una dosis alta del opioide fentanilo, que, según dice, no alivió significativamente su dolor y que ahora está intentando dejar. Su médico lleva meses reduciéndole la dosis, así que, además del dolor, sufre síntomas de abstinencia: escalofríos y una angustia que la recorre como un hormigueo. Luego, su clínica anunció que ya no recetaría opioides, como consecuencia no deseada de las nuevas y más estrictas medidas destinadas a frenar su abuso. Ante la posibilidad de perder el acceso al fármaco del que depende físicamente, ha acudido desesperada en busca de ayuda a otra clínica, Pain Consultants of East Tennessee (PCET), en Knoxville.
Ted Jones, el médico encargado de atenderla, llama «refugiados» a pacientes como Judy. Dice que ve «montones» de casos parecidos. Más de 100 millones de estadounidenses sufren dolor a largo plazo. Ahora se encuentran en el epicentro de dos catástrofes sanitarias que confluyen en Estados Unidos: el dolor crónico y el abuso de opioides.
Durante las últimas décadas, los médicos estadounidenses han abordado el dolor constante recetando dosis cada vez mayores de analgésicos opioides: fármacos como la hidrocodona y la oxicodona, que pertenecen a la misma familia química que la morfina y la heroína. Estos medicamentos resultaron ser menos eficaces de lo que se creía para tratar el dolor crónico y mucho más adictivos. El aumento de las recetas ha alimentado niveles crecientes de abuso de opioides y decenas de miles de muertes por sobredosis.
Los esfuerzos por limitar las recetas de opioides y su abuso empiezan a dar resultado. Pero, tras el estrepitoso fracaso de un enfoque centrado en los fármacos para tratar el dolor crónico, los médicos necesitan desesperadamente otras formas de combatir una afección que afecta la vida de millones de personas. Jones está probando una solución tecnológica que parece poco probable: la realidad virtual.
La realidad virtual está cambiando nuestra forma de ver el mundo y revolucionando cómo tratamos el dolor, investigamos la psicología y abordamos otras disciplinas científicas.
Desde la década de 1990, las recetas de opioides se han triplicado en Estados Unidos, que alberga menos del 5 por ciento de la población mundial, pero consume ahora más del 80 por ciento de los opioides del mundo, con consecuencias devastadoras.
Antes, los analgésicos opioides solo se utilizaban en casos especializados, como el dolor a corto plazo después de una operación o el dolor de un cáncer terminal. Pero una campaña de la American Pain Society que defendía un tratamiento más agresivo del dolor, junto con la publicidad de las farmacéuticas, que afirmaba que los nuevos opioides aprobados, como OxyContin, eran eficaces y no adictivos, hizo que los médicos los recetaran mucho más ampliamente para muchos tipos distintos de dolor crónico. «Nos dijeron que el dolor se trataba de forma insuficiente», afirma Joe Browder, médico y socio sénior de PCET. «No había un límite máximo».
Los nuevos fármacos resultaron ser muy adictivos. En 2015, más de 16.000 personas murieron por sobredosis de analgésicos recetados, en lo que, según muestran las cifras de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), es la peor epidemia de drogas de la historia del país.
Tennessee es uno de los estados más afectados por las recetas de opiáceos y las muertes por sobredosis. Parte del estado se encuentra en los montes Apalaches, una región rural que lleva mucho tiempo enfrentándose a la pobreza y la falta de empleo, atrapada en lo que Karen Pershing, de la Metro Drug Coalition de Knoxville, describe como una «cultura de adicción y pobreza». Las pastillas narcóticas recetadas por los médicos han pasado fácilmente de las clínicas del dolor a las comunidades cercanas. «La gente no podía permitirse las drogas de la calle», dice Pershing. De repente, tenían acceso a medicamentos con receta que les proporcionaban la misma evasión psicológica.
En particular, proliferaron las clínicas del dolor legales, pero sin regulación, conocidas como «fábricas de pastillas». Solo hacía falta que el director de una clínica fuera un médico titulado. El personal podía entonces repartir recetas de analgésicos opioides a cambio de dinero. «Cada vez que te dabas la vuelta había otra», dice Pershing. Algunas estaban en casas antiguas, con letreros escritos a mano. La gente entraba y salía en unos minutos y, en cuanto salía, ya los ofrecía por teléfono.

Durante los últimos cinco años aproximadamente, se han adoptado una serie de medidas para limitar las recetas de opioides y su abuso: desde exigir que las clínicas del dolor estén dirigidas por médicos certificados en el tratamiento del dolor hasta animar al público a denunciar actividades sospechosas por mensaje de texto. En algunos estados, incluido Tennessee, los médicos deben contar periódicamente las pastillas de sus pacientes para asegurarse de que no tomen demasiadas ni las revendan, y pueden afrontar cargos penales si los pacientes abusan de sus medicamentos. No es de extrañar que algunas clínicas ahora se nieguen a recetar opioides.
PCET está en una de las zonas más afectadas. Según el Comité de Salud, Educación, Trabajo y Pensiones del Senado de Estados Unidos, Tennessee ocupa el tercer lugar del país en abuso de medicamentos con receta: el 5 por ciento de la población abusa de estos fármacos. Aquí, en el condado de Knox, hubo 133 muertes por sobredosis de opioides en 2014, una tasa de mortalidad superior a la de cualquier otro condado del estado.
Los médicos de PCET siguen utilizando opioides, aunque con estrictas precauciones. Por ejemplo, Jones imparte cursos para ayudar a los pacientes a manejar sus pastillas de forma responsable y dentro de la ley. «Tomen 1.000 dólares en efectivo y pónganlos junto con sus analgésicos», les dice. «O pongan allí una pistola cargada. Si no es seguro dejar allí el dinero o un arma, tampoco lo es dejar allí sus analgésicos». (Una regla práctica: «Si les dejan algo, era de la familia. Si se lo llevan todo, no lo era»).
También entrevista a pacientes nuevos como Judy para evaluar la probabilidad de que abusen de sus medicamentos. Entre los otros refugiados que esta mañana buscan opioides están Scott*, un abstemio de unos 60 años, calvo, que regenta un restaurante de barbacoa. Las lesiones sufridas en su juventud mientras trabajaba en rodeos y exhibiciones ecuestres, junto con el daño nervioso causado por la quimioterapia reciente, hacen que «si me muevo, me duele». Mientras tanto, Debra*, una viuda de 65 años con pantalones cortos turquesa, padece lupus, artritis, fibromialgia, neuropatía diabética y ciática, además de ansiedad y depresión. «Me duele todo», dice. Esconde sus medicamentos por la casa, pero cuenta que su hija, adicta a las drogas, sigue encontrándolos. Jones considera que tiene un riesgo medio de hacer un uso indebido. Seguirá recibiendo opioides, pero le harán un análisis de drogas cada uno o dos meses para asegurarse de que no tome demasiados.
Este tipo de medidas empieza a dar resultado. Entre 2012 y 2015, se produjo una reducción del 12 al 18 por ciento de la cantidad de analgésicos opiáceos recetados en todo el país. Pero muchos pacientes se quedan sin estos fármacos y tienen dificultades para sobrellevar la situación, mientras que nunca ha habido tantos estadounidenses con dolor crónico —algunos cálculos hablan de más de 100 millones—, lo que le cuesta a la economía estadounidense alrededor de 600.000 millones de dólares al año. (Aunque otros países no han experimentado un aumento del consumo de opioides tan grande como el de Estados Unidos, el dolor crónico es un problema mundial enorme y creciente, que afecta al 15–20 por ciento de los adultos de los países industrializados).
Aunque toman sus medicamentos de forma responsable, los pacientes que Jones atiende hoy siguen desesperados por el dolor. Al escuchar sus historias, queda la impresión abrumadora de que el dolor crónico no es una afección física aislada que pueda resolverse con una pastilla, sino un sufrimiento difuso que crece y se extiende por el cuerpo, eludiendo los esfuerzos de una medicación cada vez más intensa y a menudo entrelazado con trayectorias vitales difíciles y problemas psiquiátricos como la ansiedad y la depresión. «El dolor y la ansiedad están entrelazados», confirma Jones. «Es difícil saber cuándo estás tratando la ansiedad y cuándo el dolor». Los médicos suelen pedir a los pacientes que puntúen su dolor del uno al diez, pero, según él, «la puntuación del dolor es en realidad una puntuación de angustia». «Siempre es un siete. Es una medida de depresión, infelicidad y pesimismo».
Browder dice que hace más de una década se dio cuenta de que aumentar cada vez más las dosis de los medicamentos no era la solución. Puede que los pacientes no dijeran sentir tanto dolor, pero los fármacos no hacían nada, afirma. En vez de intentar eliminar el dolor con narcóticos y sedantes, Browder y sus colegas decidieron dar prioridad a la capacidad funcional de los pacientes. «Se trata de ayudar a la gente a hacer más cosas en su vida con el dolor que tiene», explica James Choo, director médico de PCET. «¿Cómo consigues que la gente haga más, viva más y se parezca más a quien era antes de empezar a sufrir?»
Empezaron a reducir la cantidad de opioides que recetaban y a dar más importancia a otras intervenciones médicas, como las inyecciones de esteroides, la ablación nerviosa y los estimuladores de la médula espinal. La clínica también empezó a ofrecer fisioterapia y terapia ocupacional, mientras que un equipo integrado de psicólogos, entre ellos Jones, ofrece asesoramiento y orientación sobre técnicas probadas para aliviar el dolor, como la terapia cognitivo-conductual, la distracción y la atención plena para la relajación.
Sin embargo, convencer a los pacientes de que adopten este enfoque más diverso no es fácil. Las técnicas de relajación funcionan bien, pero requieren práctica, y Jones dice que les ha costado atraer pacientes a los cursos de varias sesiones sobre técnicas para sobrellevar el dolor. Algunos lo hacen, pero, en general, la vida se interpone, dice; añade que hay un millón de motivos por los que no vienen. La gente no quiere programas, coincide Choo. «Solo quiere tomarse una pastilla».
Un día del invierno pasado, Jones llegó al trabajo y encontró la clínica vacía: una fuerte nevada había dejado a muchos pacientes en casa. Para pasar el tiempo, navegó por internet y dio con el sitio web de Firsthand Technology, una empresa tecnológica emergente con sede en San Francisco, a 2.000 millas de Knoxville.
Para Howard Rose, director ejecutivo de la empresa, la realidad virtual —o RV— es nada menos que un superpoder o, como dice el sitio web de la empresa, un «canal de gran ancho de banda» hacia nuestro cerebro capaz de transformar cómo nos vemos a nosotros mismos y al mundo. Predice que, en un par de generaciones, la RV estará integrada en todos los aspectos de nuestras vidas. Ha empezado por la forma de tratar el dolor.
Rose empezó a trabajar en RV hace más de 20 años, en el Human Interface Technology Lab (HITLab) de la Universidad de Washington, en Seattle. El laboratorio fue fundado por Tom Furness, pionero en el uso de la RV durante su trabajo para la Fuerza Aérea de Estados Unidos en la década de 1960. Bajo la dirección de Furness, Rose y sus colegas desarrollaron usos civiles de esta tecnología y crearon mundos de RV para todo tipo de fines, desde tratar la aracnofobia hasta enseñar japonés. Uno de los productos más exitosos surgidos del laboratorio fue SnowWorld, creado por el psicólogo cognitivo Hunter Hoffman para aliviar el dolor de pacientes con quemaduras graves.
Los pacientes con quemaduras deben someterse periódicamente a curas de heridas tan dolorosas que pueden resultar insoportables incluso con dosis altas de analgésicos. SnowWorld se diseñó como una especie de método de distracción potenciado para usar durante estas sesiones y desviar la atención de los pacientes del dolor. Adaptado de un programa de simulación de vuelo, crea la experiencia de volar por un cañón de hielo virtual mientras se lanzan bolas de nieve con pingüinos y muñecos de nieve.
En los últimos diez años aproximadamente, Hoffman y sus colegas han demostrado en varios ensayos, incluidos los realizados con veteranos del ejércitoque sufrieron quemaduras por artefactos explosivos en Irak y Afganistán, que funciona. Jugar a SnowWorld durante las curas de heridas reduce hasta un 50 por ciento el dolor que refieren los pacientes, además del alivio que obtienen con los fármacos; es significativamente más eficaz que otras formas de distracción, como la música o los videojuegos. Los estudios también muestran que SnowWorld reduce la actividad en las zonas del cerebro asociadas con la percepción del dolor.
Los investigadores creen que la sensación de inmersión que crea la RV —sentir que uno está físicamente presente en el lugar virtual— es fundamental. «Funciona porque engaña a los sentidos para que perciban como real el entorno generado por ordenador», dice Rose. «La RV se convierte en un lugar donde estás, no en algo que estás mirando».
Gracias a las investigaciones de Hoffman, SnowWorld se ha hecho famoso: ha aparecido en numerosos reportajes de prensa e incluso en una obra off-Broadway protagonizada por la actriz de Hollywood Mamie Gummer que se representa ahora en el National Theatre de Londres. También ha crecido el interés investigador, y desde entonces se ha demostrado que la inmersión en RV reduce el dolor y la angustia referidos durante diversos procedimientos médicos y dentales, desde la quimioterapia hasta las extracciones de sangre.
Mientras tanto, Rose y su colega Ari Hollander dejaron el mundo académico para fundar Firsthand Technology. SnowWorld es una herramienta de investigación; ellos querían desarrollar productos comerciales. Crearon Cool!, que Rose describe como «una especie de próxima generación de lo que aprendimos con SnowWorld». Según explica, ofrece más interactividad y una mayor variedad de entornos; es más abierto, «una especie de parque de juegos».
Lo probé en la clínica PCET. Unos segundos después de ponerme el visor, flotaba por un río con orillas cubiertas de hierba. A lo lejos había montañas, y el cielo azul estaba salpicado de nubes. En la orilla del agua, unas nutrias marrones y peludas se alzaban sobre las patas traseras para saludarme. Con dos mandos en las manos, les lancé peces y ellas rodaron encantadas, cambiando de color a rayas de cebra o rosa flamenco. Luego lancé enormes burbujas que rebotaban alegremente por el paisaje.

Los gráficos eran detallados, aunque un poco caricaturescos, pero lo que más me llamó la atención fue la sensación física de la experiencia: para mi cerebro, aquel mundo habitado por nutrias no era simplemente algo que estaba viendo, sino un lugar en el que realmente estaba dentro. Al pasar bajo un puente rocoso, me encogí. Cuando empezó a nevar, sentí la euforia del aire limpio y frío.
Sin duda, la RV logra captar la atención, pero Rose sostiene que también actúa en otros planos. «Sabemos que si la gente se siente ansiosa e indefensa, su sufrimiento a causa del dolor es mucho mayor», dice. Trasladar mentalmente a las personas a un lugar seguro y lejano reduce su ansiedad, explica, mientras que la interactividad —la posibilidad de desplazarse por un entorno y lanzar bolas de nieve, por ejemplo— las ayuda a sentirse más en control.
Se preguntaba si estas características también podrían ayudar a pacientes con afecciones crónicas, que sufren dolor, ansiedad e indefensión en su vida cotidiana. Entonces recibió un correo electrónico de Jones, en Tennessee. «Tenemos pacientes y ustedes tienen un producto», le dijo Jones. Unos meses después, Rose voló a Knoxville y dejó allí su equipo. Pero ¿funcionaría?
Christine* sonríe. «Mmmm», dice. «Casi puedes sentir cómo te rozan los pétalos». La mujer de 69 años está sentada en el sillón de cuero verde de Jones, con los ojos ocultos por un voluminoso visor negro.
La computadora portátil de Jones muestra el campo visual de Christine mientras flota río abajo. Mira alrededor, de las nutrias a unas misteriosas bolas de llamas de colores que bailan; luego arruga la cara al pasar rozando las ramas cargadas de flores de un bosquecillo de cerezos.
Christine ha llevado una vida activa: antes dirigía una empresa de excursiones en México y después fue chef en la sinagoga de su localidad. Pero, pese a su vida «muy plena» —que ha incluido cuidar niños con regularidad—, ahora le cuesta concentrarse en cualquier cosa que no sea el dolor. Desde 2007 padece una enfermedad autoinmune que ataca los nervios y le provoca un dolor ardiente por ambas piernas y las plantas de los pies. También se está recuperando de una operación de espalda. Ha evitado los opioides y dejó de tomar otros dos medicamentos, Lyrica y Cymbalta, porque afectaban su pensamiento y su habla. «Me arruinó la vida», dice. Ahora se las arregla con Advil (ibuprofeno) y parches de lidocaína, que lleva en las piernas durante el día y en los pies por la noche, pero el dolor nunca desaparece. «Es lo único en lo que piensas», dice.
Al llegar al consultorio de Jones, Christine califica su dolor con un 7 sobre 10. Luego se pone el visor y los auriculares para su tercera sesión de RV. «Ya me estoy relajando», dice. Después de los cerezos, sigue el río hasta una cueva cuyas paredes rocosas están cubiertas de dibujos extraños y gemas brillantes. ¿Cómo está el dolor?, le pregunto. «Ah», dice, como si le sorprendiera que se lo recordara. «Cero. Se ha ido».
En comparación con otras formas de distracción, como colorear o ver la televisión, la RV «funciona mucho mejor», dice Jones. «Te atrapa la atención. Solo tienes que ponerte el casco y desapareces».
Jones acaba de completar dos pequeños ensayos clínicos de Cool!, en los que participaron 40 personas que recibieron entre todas unas 60 sesiones de RV. Solo una persona no dijo sentir menos dolor, afirma. En conjunto, los pacientes refirieron que su dolor se redujo entre un 60 y un 75 por ciento (en comparación con el valor inicial) durante la sesión de RV y entre un 30 y un 50 por ciento inmediatamente después. Lo máximo que logra la morfina es un 30 por ciento.

Las investigaciones aún son incipientes, pero algunos otros estudios sobre el dolor crónico han obtenido resultados parecidos. A principios de este año, Diane Gromala, del Pain Studies Lab de la Universidad Simon Fraser de Canadá, y sus colegas informaron sobre un juego de RV llamado Cryoslide, inspirado en SnowWorld, que consiste en deslizarse por un paisaje nevado y una cueva helada mientras se lanzan bolas de nieve a criaturas fantásticas. Cuando pacientes con dolor crónico jugaron durante diez minutos, el dolor se redujo significativamente en comparación con quienes usaron otras estrategias de distracción, como meditar, leer o jugar con el teléfono. Por otra parte, Brenda Wiederhold y sus colegas del Virtual Reality Medical Center de San Diego observaron que los pacientes con dolor crónico inmersos en escenas virtuales de bosques, playas y montañas referían una reducción significativa del dolor respecto al valor inicial. También tenían un ritmo cardíaco más bajo y una temperatura cutánea más alta, lo que sugiere que estaban más relajados. Según el artículo publicado, los pacientes dijeron cosas como: «Este es el primer alivio del dolor que he tenido en tres años» y «Estaba tan ocupado jugando que me olvidé del dolor».
Aún no hay estudios revisados por pares que hayan investigado si la RV ayuda a controlar el dolor crónico a largo plazo. Pero las investigaciones realizadas hasta ahora constituyen la primera prueba de principio de que la RV puede aliviar el dolor en afecciones crónicas. Por supuesto, no es posible ni deseable mantener a los pacientes inmersos todo el tiempo, pero incluso sesiones breves podrían ofrecer un respiro bienvenido a quienes, de otro modo, sienten dolor continuamente. Jones dice que, en comparación con técnicas como la atención plena, que requieren esfuerzo y formación a largo plazo, «con la RV les pones un visor en la cabeza y ya están allí».
Espera que los efectos duren al menos un poco más que la sesión. En sus ensayos, los pacientes dijeron que el alivio del dolor duró entre 2 y 48 horas después. Esto respalda la idea de que quizá estimule la liberación de endorfinas que alivian el dolor, por ejemplo, y calman los síntomas incluso después de quitarse el visor. También podría demostrar a los pacientes que su dolor «no es intratable, que puede influirse en él», sugiere Browder. En otras palabras, muestra a quienes viven con un dolor persistente y constante que hay esperanza.
Esta interpretación concuerda con los relatos de los pacientes de Jones. Cindy* tiene 54 años y padece linfoma no Hodgkin, además de pancreatitis hereditaria, una enfermedad que mató a su hermano y a su hermana y que provoca fuertes dolores de estómago y daño nervioso. Toma 17 medicamentos tres veces al día. Después de la sesión de RV, está visiblemente más tranquila y un temblor perceptible en la mano ha remitido temporalmente. La RV «es una vía de escape de la realidad del dolor», dice. Su marido está de acuerdo: «Después de la RV, se le ilumina el ánimo», dice. «Se muestra más optimista ante el mundo».
Andrew*, un exboina verde cubierto de tatuajes, sufre dolor debido al daño nervioso provocado por la exposición a armas químicas en Irak, junto con problemas de espalda «por saltar de aviones y cargar una mochila pesada». Los analgésicos opioides no le han ayudado y a menudo ha contemplado el suicidio, pero la RV se lo quita todo, afirma. «Me hizo sentir como se siente un hombre después de alcanzar un orgasmo».
Crece el interés por utilizar la RV para enseñar habilidades de afrontamiento a largo plazo que los pacientes puedan aplicar en su vida cotidiana o, como dice Rose, «para cambiar esa relación con el dolor». Una forma de hacerlo es combinar la RV con biorretroalimentación y crear entornos que cambien según el estado fisiológico de la persona. Por ejemplo, Gromala y sus colegas han desarrollado un entorno virtual para enseñar la reducción del estrés basada en la atención plena (MBSR). Hay pruebas sólidas de que la MBSR reduce el dolor crónico, pero aprenderla exige tiempo y esfuerzo. El «paseo meditativo virtual» de Gromala lleva a los usuarios por senderos forestales mientras escuchan una meditación guiada. Los biosensores registran su nivel de activación y modifican el clima en respuesta: la niebla ligera se disipa cuando el paciente se relaja o se espesa si se estresa más.
En un ensayo, los pacientes que probaron el paseo virtual sintieron una reducción significativa del dolor en comparación con quienes solo escucharon la grabación de audio. Ahora Gromala y sus colegas deben comprobar si las sesiones regulares permiten a los usuarios controlar mejor el estrés y el dolor en su vida cotidiana. No quieren limitarse a distraer a los usuarios de su dolor, escriben en un artículo, sino «dotarlos de una capacidad aprendida para modularlo».
Mientras tanto, Jones está hablando con Rose sobre la idea de un «domador del dolor», en la que, al reducir sus niveles de estrés, los pacientes pueden hacer que un monstruo virtual —que representa su dolor— se encoja y desaparezca. «Aprenden a relajarse», dice Jones. «No se trata tanto de distraerse como de aprender a calmarse ante un adversario furioso». Rose y Gromala imaginan estos mundos virtuales funcionando en diversas plataformas: los pacientes podrían disfrutar de una realidad virtual inmersiva de alta calidad en una clínica y complementarla en casa con sesiones diarias de refuerzo en tabletas o teléfonos.
«La gente habla de oleadas de realidad virtual», dice Rose. «Siempre fueron pequeñas ondas. Esto es un tsunami». Cuando SnowWorld se desarrolló por primera vez en la década de 1990, Hoffman y sus colegas usaron un superordenador y un casco pesado que, juntos, costaban 90.000 dólares. Hoy, los usuarios pueden comprar visores ligeros de alta resolución, como Oculus Rift, del tamaño de una máscara de buceo, por unos 600 dólares. HTC y Sony ofrecen dispositivos de precio similar, mientras que los modelos mucho más baratos de Google y Samsung no tienen pantallas tan impresionantes, pero pueden funcionar con tabletas y teléfonos inteligentes encajados en visores de cartón o plástico. Para Rose, todo esto equivale nada menos que a una revolución en la medicina.
«El modelo de tratamiento de la medicina consiste en que uno acude y le hacen cosas», dice. La realidad virtual, en cambio, transfiere la responsabilidad y el control al paciente. Al explorar mundos virtuales, quienes están incapacitados por la ansiedad o el dolor pueden adquirir las habilidades, la fuerza y el valor que necesitan para transformar su experiencia del mundo real
Hay varios obstáculos para que su uso se vuelva habitual. Uno es la reticencia de muchos hospitales y clínicas a adoptar tecnologías desconocidas. Incluso cuando las pruebas de investigación son sólidas —por ejemplo, en pacientes con quemaduras—, el alivio del dolor mediante realidad virtual todavía no se usa ampliamente. Jones cuenta que PCET recaudó fondos para un hospital infantil cercano y mostró a una de las enfermeras cómo la realidad virtual podía ayudar a los niños durante procedimientos médicos. No quedó impresionada. «Es frustrante», dice Jones. «Le dimos 15.000 dólares y va a comprar más libros para colorear».

Desarrollar la realidad virtual hasta convertirla en un tratamiento habitual también requerirá nuevos modelos de financiación. Hasta ahora, Jones ha pagado de su bolsillo sus ensayos clínicos. «Es mi pasatiempo», dice. «No tengo un barco». Además, desaconseja activamente a sus colegas médicos que deriven pacientes para recibir realidad virtual, pese a estar convencido de que les ayudaría, porque no puede cobrar por ello. El alivio del dolor mediante realidad virtual necesita un «defensor», dice, que financie ensayos y convenza a las compañías de seguros para que se lo tomen en serio. «La industria de la realidad virtual tiene trabajo por hacer».
Mientras tanto, acababa de recibir el último mundo virtual de Firsthand Technology, llamado Glow. Lo probé y me encontré de pie en un claro de un bosque iluminado por la luna, frente a lo que parecía un altar de piedra tallada. Las luciérnagas danzaban en el aire. Siguiendo las instrucciones de Jones, extendí las manos y me concentré en respirar con calma y despacio. Un sensor en la punta de mi dedo transmitía mi ritmo cardíaco al ordenador, de modo que, al relajarme, cientos de luciérnagas se posaron entre mis manos y acabaron formando una esfera luminosa.
En lugar de una experiencia con la que uno juega, dice Rose, «esto hace que el mundo reaccione ante ti». Una aplicación consiste en adaptar la experiencia al dolor cambiante de cada persona. Por ejemplo, para las mujeres de parto, Rose sugiere que un mundo virtual podría ofrecer «superpoderes, catarsis y hacer volar cosas por los aires» durante las contracciones, al tiempo que promueve la relajación entre ellas.
Para Jones, nunca habrá una única respuesta al dolor crónico. Pero la realidad virtual podría ser otra herramienta. Además de ofrecer una alternativa no farmacológica para tratar el dolor, podría ayudar a quienes toman opioides a reducir la dosis y darles algo activo que puedan hacer en vez de tomar pastillas adicionales. «Con los opioides, simplemente te los tomas, te sientas y esperas». Por eso la gente acaba tomando más pastillas de las que necesita: solo quiere hacer algo para aliviar el dolor».
*En este artículo se han anonimizado los nombres reales de los pacientes.


