¿Por qué han creado máquinas los seres humanos? La tecnología nace del deseo humano de ahorrar tiempo para invertirlo en la imaginación. La tecnología genera tiempo y espacio para las actividades que nos hacen esencialmente humanos: la creatividad y el emprendimiento, el ingenio y la empatía. Nos sirve al aliviar el sufrimiento y crear soluciones para crecer y cumplir nuestras aspiraciones, desde curar el cáncer hasta llegar a Marte.
Pero el error más común de la humanidad es olvidar sus fines, como advirtió Nietzsche. Esta es posiblemente la razón por la que, ante la automatización, muchos nos sentimos abrumados por el temor a un apocalipsis al estilo de Matrix. En el extremo opuesto, hay quienes celebran, probablemente con demasiado entusiasmo, las promesas de la inteligencia artificial (IA), y a menudo pasan por alto los riesgos de delegar decisiones en entidades cuyos procesos de aprendizaje y razonamiento lógico son cada vez más difíciles de descifrar.
Hoy, las posibilidades de la IA dependen de las limitaciones que diseñan sus creadores. Por tanto, a medida que la IA se extiende cada vez más en nuestra vida cotidiana, es imperativo centrarnos en qué funciones y responsabilidades debemos conservar los seres humanos en la era de los robots.
Un contrato social para la IA
Alpha Go —la IA desarrollada por Google DeepMind— realizó movimientos inesperados y novedosos para vencer a los mejores jugadores humanos de go, un juego de mesa asiático sumamente complejo. Sin embargo, la pregunta es: ¿fueron los movimientos de Alpha Go verdaderas invenciones o combinaciones tan sofisticadas que otros jugadores aún no habían imaginado?
Las máquinas ya son superiores a los seres humanos en capacidad de cálculo y memoria. Al mismo tiempo, las aplicaciones de la IA son una decisión humana, política y social. La IA calcula el tráfico, anticipa la incidencia de una epidemia o gestiona la eficiencia energética mejor que los seres humanos, pero las preguntas que analiza y los sesgos que manifiesta al intentar resolverlas los hereda de quienes la diseñaron: nosotros.

La evolución y difusión de la IA también dependen de la aceptación social. Hemos desarrollado normas y leyes para regular la discriminación social y económica, el uso de drogas y armas o, más sencillamente, los límites de velocidad. Del mismo modo, deberíamos establecer normas de conducta para los vehículos autónomos.
¿Qué criterios son necesarios al elegir qué decisiones delegar en las máquinas? Por cada IA que se vuelve más sofisticada, debe haber una comunidad de ciudadanos que evalúe su propósito y aplicación sociales.
Nuevas normas para una nueva era
«Confía en tu instinto» es una recomendación que tiene sus límites: la probabilidad de que conduzca a decisiones eficaces es más o menos la misma que la de acertar al lanzar una moneda. En otras palabras, a menudo existe una brecha entre nuestras acciones y nuestra comprensión de cómo decidimos llevarlas a cabo. Intentar explicarlo, en el mejor de los casos, simplifica nuestro proceso de pensamiento —o de falta de pensamiento—. Por tanto, no debería sorprendernos que algunos procesos de aprendizaje del cerebro humano sean igual de crípticos en el contexto de la IA.
Esto no significa que debamos rendirnos ante tales evidencias, ni que debamos renunciar a la innovación o limitar la asunción de riesgos empresariales necesaria para impulsarla. Más bien, requiere que elaboremos normas e instrumentos para gestionar el desarrollo tecnológico. Una Comisión de Inteligencia Artificial, por ejemplo, tendría el mandato de evaluar cuán explicables y transparentes son los procesos de toma de decisiones de las máquinas. ¿O por qué no organizar competiciones periódicas entre máquinas para revelar sus sesgos y falibilidad —y poner a prueba sus capacidades— del mismo modo que realizamos pruebas de resistencia a los bancos?
Seres humanos preparados para la tecnología
Giuliano Toraldo di Francia, físico italiano, dijo una vez: «Necesitamos crear tecnología adecuada para los seres humanos; también necesitamos crear seres humanos preparados para la tecnología». Elegimos crear máquinas para que se especialicen en nuestras ventajas exclusivamente humanas. Recordárnoslo debería ser el primer paso. El siguiente es prepararnos para el momento en que tendremos que entablar un diálogo diario y crítico con la IA, parte de la cual llevaremos puesta, si no implantada.
¿Suena a ciencia ficción? Hoy, los teléfonos inteligentes ya son una especie de prolongación de nuestra mente y una extensión casi permanente de nuestro cuerpo. Necesitamos una «filosofía de la tecnología» que nos proporcione una brújula conductual y moral en entornos ricos en tecnología. A medida que la IA se convierte en parte integral de nuestra vida pública y privada, necesitamos establecer derechos y responsabilidades para la «ciudadanía entre humanos y máquinas».
¿Y si la era de los robots pudiera ser un nuevo Renacimiento?
Este artículo se publicó originalmente en LINC Magazine.
Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente las del autor y no representan necesariamente las de la Comisión Europea.


