El progreso humano se ha impulsado gracias al desarrollo de herramientas, máquinas y tecnologías que amplían nuestras capacidades naturales. Sin embargo, nuestro cerebro emocional, la parte que controla nuestra empatía, hasta el momento ha recibido poca ayuda de la tecnología.
La inteligencia artificial (IA) tiene el poder de cambiar eso. Diseñar interacciones de IA centradas en las personas, optimizadas para desarrollar relaciones de confianza entre la IA y los humanos, representa la mayor oportunidad para el avance humano y social en la era moderna.
A pesar de la creencia generalizada de que la sociedad funciona sobre la base de decisiones racionales y normas articuladas, la investigación demuestra que la mayor parte de lo que hacemos como individuos, organizaciones y sociedad está gobernado por decisiones subconscientes y emocionales. El potencial del diseño de la IA centrado en las personas consiste en ampliar la empatía humana, mejorando el 95 % de todas las decisiones que se toman de forma subconsciente. En el proceso, podemos convertir la previsión en un superpoder común.
El camino hacia esta nueva etapa de progreso comienza con el diseño de interacciones entre humanos e IA que den prioridad a potenciar la humanidad de las personas, en lugar de sustituirla. Un futuro sin pasión, automatizado, debilitaría aquello que ha permitido a los seres humanos sobrevivir y prosperar a lo largo de milenios. Los mayores beneficios de la IA se lograrán mediante la «compatibilidad química» entre humanos e IA, y al enseñar a la IA a ser más humana, encontraremos oportunidades para aprender a ser más humanos nosotros mismos.
La empatía, el truco de supervivencia de nuestra especie, es la clave de nuestra próxima evolución
El médico y psicoterapeuta austriaco Alfred Adler dijo: «La empatía consiste en ver con los ojos de otro, escuchar con los oídos de otro y sentir con el corazón de otro». Como escribió esto en 1928, es seguro que no estaba pensando en los ordenadores. De hecho, la empatía es uno de esos rasgos que ha sido difícil de enseñar y de potenciar con herramientas o tecnología.
Hasta hace poco, la tecnología ha ayudado principalmente a potenciar el lado racional de nuestro cerebro, así como nuestras capacidades físicas. Las interfaces rudimentarias, como las palancas y los pedales, han dado paso a los botones, el teclado, el ratón y la pantalla.
A lo largo de este proceso, el objetivo ha sido mejorar las capacidades mecánicas y computacionales de los seres humanos.
Sin embargo, el lado racional del cerebro humano, aunque asombroso, en realidad controla solo una pequeña fracción de nuestro comportamiento. El lado subconsciente, esencial para la supervivencia, gobierna muchos más aspectos de nuestras vidas. Más allá de instintos como el de lucha o huida, aloja nuestra empatía y emociones, que impulsan la gran mayoría de nuestras decisiones cotidianas. Y esta parte de nuestro cerebro no ha recibido mucha ayuda de herramientas ni de la tecnología.
A lo largo de los últimos cinco milenios, máquinas cada vez más sofisticadas han ampliado nuestras capacidades físicas naturales, como ejemplifican los coches y los aviones, que nos desplazan a velocidades y distancias cientos de veces superiores a las que podrían alcanzar nuestras piernas. Más recientemente, se han concebido máquinas para complementar nuestras capacidades cognitivas, ampliando los parámetros de almacenamiento, recuperación y cálculo a corto plazo de nuestro cerebro. (Podemos almacenar y recuperar el equivalente a más de 60 millones de páginas escritas en tiempo real en nuestros dispositivos móviles).
Lo que la IA ofrece para el futuro, y lo que suele pasarse por alto tanto en el entusiasmo como en la inquietud sobre su impacto, no es solo un complemento adicional de la mente racional, sino la mejora de la mente emocional. Al aprender y presentar interacciones similares a las humanas, las máquinas del mañana podrán ser herramientas mucho más ricas. Si se diseñan adecuadamente, la IA podría ampliar nuestra empatía humana a la misma escala acelerada a la que la tecnología anterior ha mejorado nuestras capacidades físicas y computacionales. ¿En qué podríamos convertirnos si nuestra capacidad de comprender y relacionarnos con los demás se multiplicara por cien? ¿Qué sociedad podríamos construir si pudiéramos hacer «ingeniería inversa» de nuestros sesgos inconscientes? ¿Podríamos mejorar mutuamente la comprensión de las situaciones y, al hacerlo, lograr que el «sentido común» sea realmente común?
Para algunos, esto puede parecer rebuscado, pero también lo parecía la idea de caminar sobre la Luna o de compartir toda la información del mundo en una red de comunicaciones sin fricciones. La oportunidad que la IA presenta para un cambio humano de gran impacto, a escala, podría considerarse, sin duda, el paso más significativo para la humanidad desde la evolución del Homo sapiens.
¿Es realmente posible esta mejora de la empatía? De hecho, ya se está trabajando en ello, y no requiere electrodos conectados a nuestro cerebro. El primer paso de este camino consiste en abordar la IA desde la perspectiva del diseño centrado en las personas; es decir, definir el propósito de la tecnología y situarla en un contexto profundamente humano. Consiste en diseñar interacciones entre humanos y máquinas basadas en relaciones de confianza, comprender las interfaces subconscientes que nuestro cerebro ya expone en nuestros sentidos naturales y aprovechar las interfaces de programación de aplicaciones (API) naturales que rigen la forma en que interpretamos el mundo que nos rodea.
Así, este camino hacia el futuro comienza por comprendernos a nosotros mismos, examinando la ciencia social que ya existe sobre la humanidad. Los numerosos sesgos humanos documentados deben abordarse como «características», que deben programarse para emularlos o contrarrestarlos, de modo que podamos construir interfaces naturales para el cerebro que mejoren nuestro progreso colectivo.
¿Tomamos decisiones racionales o emocionales?
¿Por qué deberían las interacciones entre humanos e IA estar «sintonizadas» con el cerebro subconsciente? ¿Por qué ofrece un potencial de mejora tan grande? La respuesta es sorprendentemente sencilla: porque las personas se comportan y actúan de forma mucho más emocional que racional. La mayoría de lo que realmente decidimos y hacemos depende más del lado subconsciente de nuestro cerebro, aunque nuestro lado racional controle lo que decimos sobre esas decisiones y acciones.
Existen numerosas pruebas. Este es un ejemplo: aunque nos gustaría pensar que nuestras decisiones de compra se basan en una comparación racional de precios y marcas, Gerald Zaltman, profesor emérito de la Escuela de Negocios de Harvard, ha demostrado que el 95 % de esas decisiones se produce en la mente subconsciente. Otro ejemplo: aceptamos comúnmente que la «inteligencia emocional» es una habilidad de liderazgo clave para generar resultados en las organizaciones. Los profundos «circuitos» del cerebro subconsciente influyen en las decisiones, desde la contratación hasta las inversiones.
Las pistas respaldadas por la neurociencia para «hackear» el cerebro emocional comenzaron a articularse hace más de un siglo y se desarrollaron significativamente en los últimos 20 años. Por ejemplo, los estudios demuestran que los seres humanos hacen lo que es fácil con más frecuencia que lo que es correcto (lo que se denomina «el principio del menor esfuerzo»).
En esencia, a menudo tomamos decisiones menos óptimas porque son opciones más fáciles. Por ello, una forma sencilla de ayudar a las personas a tomar mejores decisiones por sí mismas sería hacer que las opciones correctas sean las más fáciles.
Observe una forma sencilla de arquitectura de decisiones: inclusión voluntaria frente a exclusión voluntaria. La primera requiere una acción para tomar una decisión, mientras que la segunda ya supone una decisión, que puede anularse; en ambos casos, el conjunto de opciones y la información son idénticos. Sin embargo, nuestro comportamiento ante ambas es radicalmente distinto. Cuando en Estados Unidos se exige a los participantes de planes 401(k) que tomen una decisión explícita para inscribirse, solo el 18 % de quienes ganan hasta
30 000 $ decide hacer de la planificación de la jubilación una prioridad. Sin embargo, cuando se inscriben automáticamente y se les ofrece la posibilidad de excluirse, el 88 % participa.4 El efecto neto de esta arquitectura de decisiones de «exclusión voluntaria» impulsó un aumento de 30 000 millones de dólares en el ahorro personal.
Estos conceptos pueden no ser nuevos para quienes están familiarizados con la economía del comportamiento. Pero subrayan el poder de nuestro cerebro subconsciente. Es precisamente el diseño de la interacción (en el caso del 401(k), el paradigma de elección) lo que genera resultados significativamente diferentes. Con la IA, podemos obsesionarnos con el poder de los algoritmos, los «datos» racionales. Pero no podemos subrayar lo suficiente la importancia del diseño centrado en las personas. Para enriquecer y mejorar los flujos de trabajo entre humanos y tecnología, desbloquear el potencial de los algoritmos de IA para generar un impacto positivo en lugar de una explotación manipuladora, y protegerse frente a las consecuencias no deseadas, debemos centrarnos en las interacciones de diseño centradas en las personas.
Aprender de los maestros de la interacción entre humanos y máquinas
Si queremos colaborar eficazmente con la tecnología para mejorarnos, tanto racional como emocionalmente, debemos diseñar interacciones que promuevan y desarrollen la confianza entre la IA y las personas.
Las relaciones entre humanos y tecnología más intensas y exitosas que se han dado hasta la fecha se han construido tanto con arte como con ciencia. Máquinas diseñadas por creadores como Pininfarina con Ferrari, Sir David Brown con Aston Martin y Sir Jony Ive con Apple captaron las emociones humanas. Estos grandes maestros entendieron que conectar la tecnología con el lado emocional de nuestra mente es tan importante como la funcionalidad racional del propósito de sus máquinas. Steve Jobs eligió, de forma célebre, incluir un asa en la carcasa translúcida del iMac G3, lo que incrementó el coste en 60 $, aunque el ordenador no estaba pensado para moverse. «La gente tenía miedo de la tecnología y de los ordenadores», explicó Ive más tarde. «Si este ordenador tiene un asa, hace posible una relación, es accesible, intuitivo, te da permiso para tocarlo».
Entonces, ¿cómo aplicamos estas lecciones de diseño a las interacciones entre humanos e IA? ¿Cómo generamos confianza en estas nuevas tecnologías? Como seres humanos, confiamos en los demás cuando percibimos una intención alineada con nuestras expectativas de forma auténtica, coherente, predecible y sincronizada. Los sistemas de IA cuentan con todas las capacidades subyacentes para comprender, razonar, aprender e interactuar con nosotros, por lo que son capaces de crear y mantener ese tipo de relación con una persona.
Mark Knapp es profesor en la Universidad de Texas y trabaja en un modelo de relaciones que describe 10 etapas diferentes de cómo iniciamos, formamos, mantenemos y deterioramos las relaciones. Adam Cutler, de nuestra oficina de programas de IBM Design, ha trabajado en traducir este modelo de relaciones en los principios de diseño de sistemas de IA centrados en las personas, optimizados para generar confianza entre las personas y la IA, aprovechando de forma efectiva nuestros cerebros emocionales y activando los circuitos de la confianza. Le animo a leer sobre su trabajo aquí.
¿El mayor paso o el último paso?
Debemos ejercer gran cuidado y responsabilidad al desarrollar la IA, y la IA ética debe convertirse en una prioridad mundial. Cuando lo hagamos, soy optimista en cuanto a que podremos gestionarla para mejorar la sociedad y, en el proceso, ayudar a resolver muchos de nuestros problemas más urgentes. Al invertir en inteligencia artificial, no debemos olvidar invertir aún más en la «inteligencia humana», en su forma más diversa e inclusiva.
En cierto modo, cuanto más esfuerzo dediquemos a enseñar a la IA a ser humana, más aprenderemos a ser más humanos nosotros mismos, y ese es un propósito en el que vale la pena invertir.


