El rápido crecimiento de la inteligencia artificial (IA) en el desarrollo profesional de software ha obligado a revisar la ley de Moore. Ese famoso axioma de la industria del software, acuñado por George Moore, cofundador de Intel, predecía que el número de transistores que cabrían en un circuito integrado se duplicaría cada año, lo que permitiría disponer de más potencia informática en procesadores cada vez más pequeños.
Durante los últimos 50 años, Moore ha tenido razón. Pero hoy, a medida que sigue creciendo la demanda de la enorme potencia informática necesaria para realizar tareas de procesamiento complejas en dispositivos más pequeños —a menudo ponibles—, hemos superado el ritmo al que el transistor de silicio puede seguir reduciéndose. En su lugar, han cobrado protagonismo nuevas generaciones de chips de «aprendizaje profundo», que utilizan ecuaciones algebraicas e IA para concentrar más potencia de procesamiento en un formato más pequeño.
Como prueba de esta tendencia, basta considerar que el número de artículos académicos sobre aprendizaje automático en el servidor de prepublicaciones arXiv de la Universidad Cornell está duplicándose cada 18 meses.
La historia de la transformación de la industria del software por la IA es un ejemplo clásico de cómo esta tecnología está obligando a replantearse los fundamentos de todas las empresas. Con más capacidad analítica que nunca al alcance de la mano, nuevas formas de acceder a la información y un potencial de crecimiento prácticamente ilimitado, los líderes empresariales de hoy deben acostumbrarse a abandonar los procesos y las restricciones heredados y a aceptar el cambio.
Ese es un cambio enorme para muchas empresas, pero no es el tipo de cambio que preocupaba a todo el mundo. Los primeros años de la IA estuvieron repletos de predicciones idealistas según las cuales los robots sustituirían a la fuerza laboral convencional. Un estudio de 2015 incluso predijo que para 2025 los robots impulsados por IA sustituirían una cuarta parte de los puestos de trabajo del sector de los servicios profesionales.
En medio de todas las predicciones alarmistas sobre robots que robarían empleos —e incluso de las especulaciones de que los robots quizá incluso tendrían que pagar impuestos después de quitarte el trabajo—, la IA se está revelando cada vez más como un facilitador que como un agente disruptivo.
Lo cierto es que, por cada pronóstico catastrofista según el cual los robots pronto sustituirán a las personas, las empresas tecnológicas que están en el centro de la revolución robótica no logran contratar tecnólogos humanos con suficiente rapidez. Por ejemplo, en mi empresa tenemos, en promedio, 34 puestos tecnológicos vacantes en todo momento. En el conjunto del sector, actualmente hay cuatro puestos vacantes por cada tecnólogo empleado en Estados Unidos.

La razón, por supuesto, es que el futuro no consiste realmente en sustituir a las personas, sino en hacerlas más inteligentes. Para lograrlo, necesitamos tecnólogos con conocimientos especializados del sector que permitan crear nuevos avances, pero también con habilidades interpersonales para desenvolverse en la cultura corporativa e identificar los puntos débiles de los clientes mientras atravesamos un período de grandes cambios. Es un desafío singular que altera el statu quo de la contratación.
Por eso es más probable encontrar a nuestros reclutadores en hackatones, campus universitarios, encuentros tecnológicos y conferencias del sector que en la oficina, revisando currículos o redactando ofertas de empleo. También los verás dedicar menos tiempo a hablar con los candidatos sobre tecnologías específicas y logros profesionales anteriores, y más a conversar sobre la resolución de problemas. Este es un cambio importante respecto a la forma en que se gestionaba la contratación incluso hace cinco años.
El ingrediente clave que buscamos en los profesionales tecnológicos de hoy es un poco más difícil de cuantificar. Lo llamamos «agilidad de aprendizaje»: mide la rapidez y eficacia con que una persona puede aprender un concepto nuevo y aplicarlo con éxito a un desafío empresarial. Requiere combinar un profundo conocimiento del sector para identificar rápidamente posibles soluciones con habilidades interpersonales, como la capacidad de comunicarse y empatizar, a fin de encontrar la mejor manera de completar la tarea.
El resultado conjunto de todo esto es una visión mucho más matizada e integral tanto del candidato como de nuestra propia empresa, que incorpora los aspectos técnicos e interpersonales del trabajo en la evaluación general de la contratación. En un momento en que muchas empresas sostienen que el auge de la tecnología reducirá la necesidad de personas, observamos una tendencia muy distinta. La tecnología sí está cambiando el perfil de las personas que buscamos e influyendo de forma drástica en cómo las encontramos, pero no ha cambiado el hecho de que seguimos necesitándolas, quizá ahora más que nunca.
En definitiva, lo que el auge de la IA demuestra una y otra vez es que las empresas que prosperarán en tiempos de incertidumbre son aquellas comprometidas sin descanso con la innovación, la creatividad, la colaboración y el aprendizaje, y que cuentan con una plantilla diversa capaz de anticipar tendencias y detectar nuevas amenazas en los lugares más insospechados. Cada vez más, esto exigirá centrarse en profesionales que no solo tengan la capacidad técnica para afrontar los desafíos de hoy, sino también la flexibilidad para adaptarse a los de mañana.


