¿Quién es dueño de las obras que crea la IA?

Honda's humanoid robot "Asimo" leads pupils to dance at a primary school during its first appearance in Wuhan, Hubei province May 26, 2009. Picture taken May 26, 2009. REUTERS/Stringer (CHINA SCI TECH) CHINA OUT. NO COMMERCIAL OR EDITORIAL SALES IN CHINA - GM1E55R12GL01
What if a piece of art, music, or photography was created by a machine embedded with artificial intelligence?Image: REUTERS/Stringer
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La propiedad intelectual puede ser el término jurídico para referirse a las creaciones, incluidas las literarias o artísticas, pero también tiene algo intrínsecamente humano.

Durante mucho tiempo se ha considerado que solo los seres humanos pueden ser inteligentes en su forma más plena, y el concepto de propiedad intelectual procura proteger el producto de esa inteligencia humana. Esto se refleja en diversas leyes de propiedad intelectual. Por ejemplo, la Oficina de Derechos de Autor de Estados Unidos habla de los «frutos del trabajo intelectual» y registra obras originales de autoría «siempre que la obra haya sido creada por un ser humano».

Pero ¿qué pasaría si una obra de arte, una pieza musical, una obra literaria, una fotografía u otro producto no fueran creados por una mente humana, sino por una máquina dotada de inteligencia artificial (IA)?

El año pasado, un juez de California aceptó el argumento de que un macaco de Célebes, Indonesia, no tenía legitimación para reclamar los derechos de autor de una «selfi» que había tomado. El caso surgió después de que David Slater, fotógrafo británico de fauna silvestre, afirmara primero que el uso de la imagen por parte de Wikipedia —tomada por el mono mientras su cámara estaba desatendida— constituía una infracción de derechos de autor. Luego se presentó una demanda contra él, con el argumento de que era Slater quien infringía los derechos de autor del mono. Pero, en última instancia, el juez rechazó la demanda.

Inteligencia y propiedad intelectual

¿Por qué la propiedad intelectual es principalmente antropocéntrica? Hay muchas razones filosóficas y de otra índole. Por ejemplo, en su obra del siglo XVII sobre los derechos naturales, John Locke consideraba que redundaba en el interés común que las personas tuvieran un derecho natural sobre lo que producen y los resultados de su trabajo. También existen muchas justificaciones económicas distintas.

La protección de la propiedad intelectual es esencial para el avance económico. Si no se protegieran los resultados del intelecto, esto podría desincentivar a las personas a fabricar los productos y prestar los servicios de los que depende el mercado. En última instancia, el progreso humano se vería perjudicado.

Esto plantea una pregunta sobre el valor de la «inteligencia». Mucho depende de esta valiosa capacidad, incluido el progreso. Debe protegerse como un valor en sí mismo y, de hecho, esa es una de las justificaciones de la propiedad intelectual. Por esta razón, quizá sea correcto reconocer que las máquinas con IA pueden tener derechos de autor, a fin de proteger la importancia que atribuimos a la inteligencia.

Cabe señalar que en las últimas décadas se han logrado muchos avances en lo que respecta a este tipo de máquinas. En la década de 1970, Harold Cohen, artista británico, escribió sobre el «arte generado por máquinas» y desarrolló el programa AARON, que produce imágenes abstractas espectaculares.

IBM Watson puede, entre otras cosas, descifrar el lenguaje natural para responder preguntas. Igor Mordatch, investigador de la Universidad de California en Berkeley, creó un algoritmo que permite a los robots aprender y determinar por sí mismos los medios óptimos para alcanzar objetivos.

Sin embargo, pese a llamarlo «inteligencia», muchas personas no están dispuestas a aceptar la idea de que las máquinas con IA puedan ser titulares de propiedad intelectual. La otra postura sostiene que la propiedad intelectual no busca proteger únicamente la inteligencia en sí. Pretende defender una forma particular de inteligencia: la humana, como ha sido el caso desde hace mucho tiempo en las sociedades.

Quienes sostienen esta postura creen que lo que hacen las máquinas inteligentes es simplemente ejecutar un programa o algoritmo creado, en última instancia, por un programador humano. Por tanto, deberían concederse a este último los derechos de propiedad intelectual que pudieran derivarse.

Image: Business Insider

Los creadores inteligentes del futuro

De este modo, los seres humanos se atribuyen el mérito de los productos de los sistemas de IA: al fin y al cabo, fueron ellos quienes los construyeron. Pero ¿se sostiene este argumento, sobre todo de cara al futuro? ¿Qué ocurre con el valor de la inteligencia en sí misma? Es probable que uno de los muchos factores que determinen la respuesta sea la importancia que las personas atribuyen a la inteligencia en un mundo que cambia rápidamente.

En el futuro, las máquinas basadas en IA se parecerán más a los seres humanos: tendrán más capacidad de aprendizaje, serán más sofisticadas y estarán más capacitadas para generar soluciones y productos complejos. Tomarán mejores decisiones que repercutirán en nuestra vida cotidiana. Por tanto, podría argumentarse que, si queremos proteger el valor de la inteligencia, debemos reconocer que la IA puede ser titular de propiedad intelectual. De lo contrario, corremos el riesgo de socavar la propia noción de inteligencia.

La Unión Europea ya ha reconocido la importancia que tendrán en el futuro las máquinas y los robots basados en IA, y ha pedido que se considere un régimen de derecho civil para los robots. De ello podrían derivarse, en particular, derechos de propiedad intelectual, dado que la resolución del Parlamento Europeo reconoce la necesidad de «un estatuto jurídico específico para los robots».

No olvidemos que las máquinas ya se están volviendo más parecidas a los seres humanos; entre ellas está la humanoide Sophia, quien, tras recibir la ciudadanía de Arabia Saudita, dice que quiere tener un bebé. Parece claro que, aunque las máquinas quizá todavía no puedan hacer valer los derechos de propiedad intelectual, cualquier cosa menos podría equivaler a una posible vulneración del valor que atribuimos a la inteligencia en sí misma.

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