La inteligencia artificial ya desempeña un papel importante en las economías y sociedades humanas, y su papel será aún mayor en los próximos años. Reflexionar sobre el futuro de la IA supone, por tanto, reconocer que el futuro es la IA.
Esto se deberá en parte a los avances del «aprendizaje profundo», que utiliza redes neuronales multicapa teorizadas por primera vez en la década de 1980. Gracias a la mayor capacidad informática y de almacenamiento actuales, el aprendizaje profundo ya es una posibilidad práctica, y una aplicación de aprendizaje profundo atrajo la atención mundial en 2016 al vencer al campeón mundial de Go. Tanto las empresas comerciales como los gobiernos esperan adaptar esta tecnología para encontrar patrones útiles en todo tipo de «macrodatos».
En 2011, Watson, de IBM, marcó otro hito en la IA al vencer a dos campeones anteriores en Jeopardy!, un concurso que combina conocimientos generales con pensamiento lateral. Otro avance significativo es la aparición de la «Internet de las cosas», que seguirá creciendo a medida que más dispositivos, electrodomésticos, aparatos ponibles y sensores instalados en espacios públicos se conecten y empiecen a transmitir mensajes las 24 horas del día. El Gran Hermano no te vigilará, pero quizá sí lo hagan un billón de hermanitos.

Además de estas innovaciones, podemos esperar innumerables ejemplos más de lo que antes se llamaba «sistemas expertos»: aplicaciones de IA que ayudan a los profesionales de distintas especialidades, o incluso los sustituyen. Del mismo modo, los robots podrán realizar tareas que antes no se podían automatizar. Ya pueden desempeñar prácticamente todas las funciones que antes cumplían las personas en las plantas de almacén.
Dada esta tendencia, no sorprende que algunas personas prevean un momento conocido como la «singularidad», en el que los sistemas de IA superarán la inteligencia humana al mejorarse a sí mismos de forma inteligente. Para entonces, ya sea en 2030 o a finales de este siglo, los robots habrán tomado realmente el control y la IA relegará al pasado la guerra, la pobreza, las enfermedades e incluso la muerte.
A todo esto respondo: ¡sigan soñando! La inteligencia artificial general (IAG) sigue siendo una quimera. Es sencillamente demasiado difícil de dominar. Y aunque quizá algún día se consiga, desde luego no ocurrirá en un futuro previsible.
Aun así, se avecinan grandes avances, muchos de los cuales nos darán esperanza de cara al futuro. Por ejemplo, la IA puede poner asesoramiento jurídico fiable al alcance de más personas y a un coste muy bajo. También puede ayudarnos a combatir enfermedades actualmente incurables y ampliar el acceso a asesoramiento médico fiable, sin necesidad de incorporar más especialistas médicos.
En otros ámbitos, debemos ser prudentemente pesimistas —por no decir distópicos— respecto al futuro. La IA tiene implicaciones preocupantes para el ámbito militar, la privacidad individual y el empleo. Ya existen armas automatizadas, que podrían llegar a seleccionar objetivos de forma autónoma. A medida que los gobiernos y las empresas multinacionales tienen más acceso a los macrodatos, nuestra información personal queda cada vez más expuesta. Y conforme la IA se hace cargo de más actividades rutinarias, muchos profesionales perderán habilidades y serán desplazados. La propia naturaleza del trabajo cambiará, y quizá debamos considerar la posibilidad de ofrecer un «ingreso universal», suponiendo que siga habiendo una base tributaria suficiente para financiarlo.
Otra implicación de la IA, distinta pero igualmente preocupante, es que podría convertirse en sustituto del contacto personal entre seres humanos. Por poner un ejemplo trivial, pensemos en la molestia de intentar hablar por teléfono con una persona real y acabar pasando de un menú automatizado a otro. A veces esto resulta exasperante simplemente porque no puedes obtener la respuesta que necesitas sin la intervención de la inteligencia humana. También puede ser frustrante en lo emocional, porque no puedes expresar tus sentimientos a otro ser humano que te entendería y quizá incluso los compartiría.
Otros ejemplos son menos triviales, y me preocupa especialmente que se utilicen ordenadores como «cuidadores» o «compañeros» de personas mayores. Es cierto que los sistemas de IA conectados a Internet y equipados con aplicaciones personalizadas podrían informar y entretener a una persona solitaria, además de vigilar sus constantes vitales y avisar a los médicos o familiares cuando fuera necesario. Los robots domésticos podrían ser muy útiles para traer comida del frigorífico y realizar otras tareas del hogar. Pero que un sistema de IA pueda brindar cuidados o compañía de verdad es harina de otro costal.
Quienes creen que esto es posible dan por sentado que el procesamiento del lenguaje natural estará a la altura. Pero la «tarea» incluiría mantener conversaciones cargadas de emoción sobre los recuerdos personales de las personas. Aunque un sistema de IA quizá pueda reconocer un repertorio limitado de emociones en el vocabulario, la entonación, las pausas o las expresiones faciales de alguien, nunca podrá igualar una respuesta humana apropiada. Podría decir: «Lamento que eso te entristezca» o «¡Qué bonito lo que te pasó!». Pero ninguna de las dos frases tendría un sentido literal. Una persona con demencia podría sentirse «reconfortada» por esas palabras, pero ¿a qué precio para su dignidad humana?
La alternativa, por supuesto, es mantener a las personas en esos puestos. En lugar de sustituirlas, los robots pueden servirles de apoyo. Hoy en día, muchos trabajos de atención física y emocional de unas personas a otras están infravalorados. Lo ideal sería que en el futuro estos trabajos recibieran más respeto y una mejor remuneración.
Pero quizá eso sea una ilusión. En definitiva, el futuro de la IA —nuestro futuro con la IA— es prometedor. Pero cuanto más brillante sea, más sombras proyectará.


