Si la IA es el futuro, ¿qué significa para ti?

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Galileo veía la naturaleza como un libro escrito en el lenguaje de las matemáticas y descifrable mediante la física. Puede que su metáfora resultara exagerada para su época, pero no para la nuestra. La nuestra es un mundo de dígitos que debe leerse mediante la informática.

Es un mundo en el que las aplicaciones de inteligencia artificial (IA) realizan muchas tareas mejor que nosotros. Como los peces en el agua, las tecnologías digitales son las verdaderas nativas de nuestra infosfera, mientras que nosotros, organismos analógicos, intentamos adaptarnos a un nuevo hábitat que ha llegado a incluir una combinación de componentes analógicos y digitales.

Compartimos la infosfera con agentes artificiales cada vez más inteligentes, autónomos e incluso sociales. Algunos de estos agentes ya están justo delante de nosotros, y otros se vislumbran en el horizonte, mientras que las generaciones posteriores son imprevisibles. Y la implicación más profunda de este cambio de época quizá sea que, con toda probabilidad, apenas estamos al comienzo.

Los agentes de IA que ya han llegado adoptan formas intangibles, como aplicaciones, bots web, algoritmos y todo tipo de programas informáticos; y formas físicas, como robots, coches autónomos, relojes inteligentes y otros dispositivos. Están sustituyendo incluso a los trabajadores de oficina y realizando funciones que, hace tan solo unos años, se consideraban fuera del alcance de la disrupción tecnológica: catalogar imágenes, traducir documentos, interpretar radiografías, pilotar drones, extraer nueva información de enormes conjuntos de datos, entre otras.

Las tecnologías digitales y la automatización llevan décadas sustituyendo a trabajadores de la agricultura y la industria manufacturera; ahora están llegando al sector servicios. Seguirán desapareciendo más empleos tradicionales y, aunque solo podemos conjeturar la magnitud de la disrupción que se avecina, debemos dar por hecho que será profunda. Cualquier empleo en el que las personas sirvan de interfaz —por ejemplo, entre un GPS y un coche, documentos en distintos idiomas, ingredientes y un plato terminado, o síntomas y la enfermedad correspondiente— está ahora en riesgo.

Image: CB Insights

Pero, al mismo tiempo, aparecerán nuevos empleos, porque necesitaremos nuevas interfaces entre servicios automatizados, sitios web, aplicaciones de IA y demás. Alguien tendrá que garantizar que las traducciones del servicio de IA sean precisas y fiables.

Además, muchas tareas no serán rentables para las aplicaciones de IA. Por ejemplo, el programa de AmazonMechanical Turkafirma ofrecer a sus clientes «acceso a más de 500.000 trabajadores de 190 países» y se promociona como una forma de «inteligencia artificial artificial». Pero, como indica la repetición, los «turcos» humanos realizan tareas mecánicas y cobran unos céntimos.

Estos trabajadores no están en condiciones de rechazar un empleo. Si no gestionamos sus efectos, la IA seguirá polarizando nuestras sociedades, dividiéndolas entre quienes lo tienen todo y quienes nunca lo tendrán. No es difícil imaginar una futura jerarquía social que sitúe a unos pocos patricios por encima tanto de las máquinas como de una nueva y enorme clase baja de plebeyos. Además, a medida que desaparezcan los empleos, también lo harán los ingresos fiscales; y es poco probable que las empresas que se benefician de la IA intervengan voluntariamente para apoyar programas adecuados de bienestar social para sus antiguos empleados.

En su lugar, tendremos que hacer algo para que las empresas paguen más, quizá mediante un «impuesto a los robots» sobre las aplicaciones de IA. También deberíamos considerar leyes y normativas para que ciertos empleos sigan siendo «humanos». De hecho, esas medidas también explican por qué los trenes autónomos siguen siendo poco comunes, a pesar de que son más fáciles de gestionar que los taxis o autobuses autónomos.

Aun así, no todas las consecuencias de la IA para el futuro son tan evidentes. Algunos empleos tradicionales sobrevivirán, aunque una máquina realice la mayor parte del trabajo: un jardinero que delega el corte del césped en un cortacésped «inteligente» simplemente tendrá más tiempo para centrarse en otras tareas, como el diseño de jardines. Al mismo tiempo, se nos devolverán otras tareas para que las realicemos (gratis) como usuarios, como ocurre en las cajas de autopago del supermercado.

Otra fuente de incertidumbre es el momento en que la IA deje de estar controlada por un gremio de técnicos y directivos. ¿Qué ocurrirá cuando la IA se «democratice» y esté al alcance de miles de millones de personas en sus teléfonos inteligentes u otros dispositivos?

Además, muchas tareas no serán rentables para las aplicaciones de IA. Por ejemplo, el programa de AmazonMechanical Turkafirma ofrecer a sus clientes «acceso a más de 500.000 trabajadores de 190 países» y se promociona como una forma de «inteligencia artificial artificial». Pero, como indica la repetición, los «turcos» humanos realizan tareas mecánicas y cobran unos céntimos.

Estos trabajadores no están en condiciones de rechazar un empleo. Si no gestionamos sus efectos, la IA seguirá polarizando nuestras sociedades, dividiéndolas entre quienes lo tienen todo y quienes nunca lo tendrán. No es difícil imaginar una futura jerarquía social que sitúe a unos pocos patricios por encima tanto de las máquinas como de una nueva y enorme clase baja de plebeyos. Además, a medida que desaparezcan los empleos, también lo harán los ingresos fiscales; y es poco probable que las empresas que se benefician de la IA intervengan voluntariamente para apoyar programas adecuados de bienestar social para sus antiguos empleados.

En su lugar, tendremos que hacer algo para que las empresas paguen más, quizá mediante un «impuesto a los robots» sobre las aplicaciones de IA. También deberíamos considerar leyes y normativas para que ciertos empleos sigan siendo «humanos». De hecho, esas medidas también explican por qué los trenes autónomos siguen siendo poco comunes, a pesar de que son más fáciles de gestionar que los taxis o autobuses autónomos.

Aun así, no todas las consecuencias de la IA para el futuro son tan evidentes. Algunos empleos tradicionales sobrevivirán, aunque una máquina realice la mayor parte del trabajo: un jardinero que delega el corte del césped en un cortacésped «inteligente» simplemente tendrá más tiempo para centrarse en otras tareas, como el diseño de jardines. Al mismo tiempo, se nos devolverán otras tareas para que las realicemos (gratis) como usuarios, como ocurre en las cajas de autopago del supermercado.

Otra fuente de incertidumbre es el momento en que la IA deje de estar controlada por un gremio de técnicos y directivos. ¿Qué ocurrirá cuando la IA se «democratice» y esté al alcance de miles de millones de personas en sus teléfonos inteligentes u otros dispositivos?

Todas estas profundas transformaciones nos obligan a reflexionar seriamente sobre quiénes somos, quiénes podríamos ser y quiénes nos gustaría llegar a ser. La IA pondrá en entredicho el estatus exaltado que hemos conferido a nuestra especie. Aunque no creo que nos equivoquemos al considerarnos excepcionales, sospecho que la IA nos ayudará a identificar los elementos irreproducibles y estrictamente humanos de nuestra existencia, y a comprender que solo somos excepcionales en la medida en que somos disfuncionales de manera eficaz.

En el gran programa informático del universo, seguiremos siendo un hermoso error, mientras que la IA se convertirá cada vez más en una función habitual.

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