Así puede la IA ayudar a la humanidad

A woman calls up GROOVE X's new home robot LOVOT at its demonstration during the launching event in Tokyo, Japan, December 18, 2018. REUTERS/Kim Kyung-Hoon TPX IMAGES OF THE DAY - RC1BAD9B5D00
A woman interacts with a home robot assistant at a demonstration in Tokyo.Image: REUTERS/Kim Kyung-Hoon
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Las tecnologías impulsadas por la inteligencia artificial se están aplicando a algunos de los desafíos del desarrollo humano más complejos del mundo. Pero, aunque la IA tiene un potencial considerable para servir al bien público, es necesario superar cuellos de botella clave, desde la educación hasta la reducción de riesgos.

El entusiasmo que rodea hoy a la inteligencia artificial refleja no solo cómo las aplicaciones de la IA podrían transformar empresas y economías, sino también la esperanza de que puedan abordar desafíos como el cáncer y el cambio climático. La idea de que la IA podría revolucionar el bienestar humano resulta, sin duda, atractiva, pero ¿hasta qué punto es realista?

Para responder a esta pregunta, el McKinsey Global Institute ha analizado más de 150 escenarios en los que la IA se aplica o podría aplicarse para el bien social. Lo que hemos constatado es que la IA podría contribuir de manera significativa a resolver muchos tipos de desafíos sociales, pero no es una panacea, al menos por ahora. Aunque el alcance de la IA es amplio, es necesario superar los cuellos de botella en el desarrollo y los riesgos de aplicación antes de que sus beneficios puedan materializarse a escala global.

Image: McKinsey Global Institute

Cabe destacar que la IA ya está cambiando la forma en que abordamos los desafíos del desarrollo humano. En 2017, por ejemplo, el software de detección de objetos y las imágenes satelitales ayudaron a los rescatistas de Houston mientras se abrían camino tras los efectos del huracán Harvey. En África, los algoritmos han contribuido a reducir la caza furtiva en los parques de vida silvestre. En Dinamarca, los programas de reconocimiento de voz se utilizan en las llamadas de emergencia para detectar si quienes llaman sufren un paro cardíaco. Y en el MIT Media Lab, cerca de Boston, los investigadores han empleado el “aprendizaje por refuerzo” en ensayos clínicos simulados con pacientes con glioblastoma, la forma más agresiva de cáncer cerebral, para reducir las dosis de quimioterapia.

Además, esto es solo una fracción de lo que es posible. La IA ya puede detectar los primeros signos de diabetes a partir de datos de sensores de frecuencia cardíaca, ayudar a niños con autismo a gestionar sus emociones, y guiar a personas con discapacidad visual. Si estas innovaciones estuvieran ampliamente disponibles y se utilizaran, los beneficios para la salud y la sociedad serían enormes. De hecho, nuestra evaluación concluye que las tecnologías de IA podrían acelerar el progreso en cada uno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

Pero, si alguna de estas soluciones de IA ha de marcar una diferencia a escala global, su uso debe ampliarse de forma notable. Para lograrlo, primero debemos abordar los obstáculos para el desarrollo y, al mismo tiempo, mitigar los riesgos que podrían hacer que las tecnologías de IA resulten más perjudiciales que útiles.

En el ámbito del desarrollo, la accesibilidad de los datos está entre los obstáculos más importantes. En muchos casos, los datos sensibles o comercialmente viables con aplicaciones sociales son de propiedad privada y no son accesibles para las organizaciones no gubernamentales. En otros casos, la inercia burocrática mantiene bajo llave datos que, de otro modo, serían útiles.

Los llamados desafíos de implementación en la última milla son otro problema común. Incluso cuando los datos están disponibles y la tecnología está madura, la escasez de científicos de datos puede dificultar la aplicación local de soluciones de IA. Una forma de paliar la falta de profesionales con las competencias necesarias para fortalecer e implementar las capacidades de IA es que las empresas que emplean a estos profesionales dediquen más tiempo y recursos a causas benéficas. Deberían animar a los expertos en IA a asumir proyectos pro bono y recompensarlos por hacerlo.

Por supuesto, existen riesgos. Las herramientas y técnicas de la IA pueden utilizarse indebidamente, de forma intencionada o involuntaria. Por ejemplo, pueden incorporarse sesgos en los algoritmos o conjuntos de datos de IA, lo que puede amplificar las desigualdades existentes cuando se utilizan las aplicaciones. Según un estudio académico, las tasas de error del software de análisis facial son inferiores al 1 % para los hombres de piel clara, pero llegan hasta el 35 % para las mujeres de piel oscura, lo que plantea importantes interrogantes sobre cómo tener en cuenta los prejuicios humanos en la programación de la IA. Otro riesgo evidente es el uso indebido de la IA por parte de quienes pretenden amenazar la seguridad física, digital, financiera y emocional de las personas.

Las partes interesadas de los sectores privado y público deben trabajar juntas para abordar estas cuestiones. Para aumentar la disponibilidad de datos, por ejemplo, los funcionarios públicos y los actores privados deberían ampliar el acceso a quienes buscan utilizar datos para iniciativas que sirvan al bien público. Ya hay empresas de satélites que participan en un acuerdo internacional que las compromete a ofrecer acceso abierto durante las emergencias. Las alianzas basadas en datos, como esta, deben ampliarse y convertirse en una característica de las rutinas operativas de las empresas.

La IA se está convirtiendo rápidamente en una herramienta valiosa para el desarrollo humano. Pero, para aprovechar plenamente su potencial de generar bien a escala global, los defensores deben centrarse menos en la exageración y más en los obstáculos que impiden su adopción.

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