La inteligencia artificial (IA) se ha desarrollado a un ritmo vertiginoso. Es debatible hasta qué punto ha mejorado nuestras vidas: poder usar la geolocalización y buscar los mejores restaurantes o lugares de interés es estupendo; sin embargo, al mismo tiempo, la IA está eliminando rápidamente muchos puestos de trabajo. Un informe muy citado señala que un asombroso 47 % de los empleos en Estados Unidos serán automatizados pronto. Otro estudio sugiere que el 45 % de las tareas cotidianas que realizan actualmente las personas podría automatizarse si continúan las tendencias actuales. Estas cifras son inconcebibles, si se tiene en cuenta que el peor caso de desempleo registrado se produjo durante la Gran Depresión, en 1929, cuando se estimó que el 25 % de la población estaba sin trabajo.
En nuestro libro más reciente, mencionamos el caso de un director financiero de un banco de inversión. El año pasado, se le encomendó reducir su plantilla en un 80 %, porque las tecnologías digitales comerciales podían realizar las tareas que hasta entonces desempeñaban las personas. Y en 2017 vimos cómo grandes bancos cerraban un número récord de sucursales físicas, lo que dejó a miles de personas sin empleo. A juzgar por esto, los seres humanos empiezan a parecerse a los caballos antes de la llegada de los automóviles.
El imperio (humano) contraataca
Es seguro que oiremos cada vez más relatos alarmistas. Sin embargo, ya lo hemos visto antes, muchas veces, de hecho. En 1963, fue J. F. Kennedy quien dijo: «Tenemos una combinación de trabajadores mayores que han perdido su empleo debido a la tecnología y jóvenes que se incorporan […] demasiadas personas están entrando en el mercado laboral y demasiadas máquinas están dejando a la gente sin trabajo». Si nos remontamos aún más atrás, cuando empezaron a aparecer en Alemania, en la década de 1470, los primeros libros impresos con ilustraciones, los grabadores en madera protestaron porque pensaban que ya no serían necesarios.
Pero todo esto plantea una pregunta: si el progreso tecnológico representa una amenaza generalizada para las personas, ¿por qué todavía nos quedan puestos de trabajo? De hecho, muchos seguimos trabajando, probablemente mucho más que antes. La respuesta: las máquinas y las personas destacan en actividades distintas. A menudo, las máquinas no pueden competir con la mente, los sentidos y la destreza humanos. Por ejemplo, aunque los almacenes de Amazon están automatizados, aún se necesitan personas para colocar realmente los productos en las estanterías.
Y esto no se aplica solo a los trabajos físicos. La verdadera historia detrás de la IA actual es que no puede funcionar sin personas que participen en el proceso. Se cree que Google cuenta con 10 000 «evaluadores» que ven vídeos de YouTube o prueban nuevos servicios. Microsoft, por su parte, tiene una plataforma de colaboración colectiva llamada Universal Human Relevance System para encargarse de muchas pequeñas tareas, entre ellas comprobar los resultados de sus algoritmos de búsqueda. Esta combinación de IA y personas, que intervienen cuando la IA no da la talla, no va a desaparecer pronto. De hecho, se prevé que siga creciendo la demanda de este tipo de intervenciones humanas bajo demanda. La «nube humana» está a punto de despegar.
Más cerca
Lo anterior ilustra una lección muy importante: las personas serán necesarias. La clave está en cómo integrar a las personas y las máquinas en distintas actividades y cómo orientar la IA hacia la creación de nuevas interfaces económicas, en lugar de limitarse a reemplazar o desplazar las existentes. En este momento, la probabilidad de que la IA acierte está entre el 85 % y el 95 %. Las personas, por su parte, suelen alcanzar entre el 60 % y el 70 %. Basándonos únicamente en esto, solo necesitamos máquinas, no personas.
Sin embargo, en algunos sectores muy basados en los datos, como los servicios financieros y jurídicos, no puede haber errores: cualquier fallo puede acarrear enormes costes financieros en forma de pérdidas económicas o demandas costosas. Las máquinas por sí solas no bastan. Además, la IA solo puede ejecutar un algoritmo predefinido y entrenado por una persona, por lo que siempre habrá un margen de error siempre presente. Cuando se producen errores, la IA no puede corregirlos. Las personas, en cambio, son capaces de crear soluciones a los problemas. Creemos que la mejor solución es utilizar máquinas para llevar la producción hasta un nivel de precisión del 95 % y complementarlas con ingenieros humanos que mitiguen los riesgos o, si es posible, procuren mejorar la precisión.
Las personas y las máquinas trabajarán juntas, y deben hacerlo. Como consultores empresariales, educadores y asesores de políticas públicas, creemos firmemente que, en última instancia, lo que realmente importa es cómo preparar a las personas para que trabajen cada vez más estrechamente con las máquinas.


