Hay inquietud en el sistema financiero mundial mientras la comunidad internacional de líderes políticos, económicos y empresariales se reúne en Davos. Sin embargo, se trata solo de inquietud, no de una sensación aguda de desaceleración del crecimiento ni de una fuerte contracción de los precios de los activos.
La economía mundial se está alejando de forma gradual y lenta de la Gran Recesión y de las crisis en Europa. Estados Unidos lleva la delantera. El mercado laboral ha mejorado. El motor del empleo vuelve a funcionar y las cifras de empleo avanzan lentamente. La deuda de los hogares se ha reducido y los balances están mejorando poco a poco.
Tras hablar con un gran número de personas del sector financiero como parte de las actividades de divulgación previas a Davos, mi impresión es que hay confianza en el crecimiento de Estados Unidos. Pero también está claro que pocos esperan una recuperación normal: la productividad y las inversiones han avanzado más lentamente de lo habitual.
Europa también está en mejor situación. Es probable que el déficit fiscal de la eurozona se sitúe por debajo del 3% en 2015. Algunos de los países en crisis, en particular España, Irlanda y Letonia, han logrado avances sustanciales tanto en las reformas estructurales como en la restauración de las finanzas públicas y el saneamiento del sistema bancario.
Incluso después de que el Banco Mundial redujera su previsión de crecimiento mundial para 2015, sigue esperando una cifra ligeramente inferior al 3,5%, lo que significa que el PIB mundial podría casi duplicarse en 20 años. Muchos países de Asia y África crecerán un 7% o más al año, y los países de alto crecimiento cuadruplicarán su PIB en las próximas dos décadas. El crecimiento está reduciendo la pobreza y la clase media de los mercados emergentes está convirtiéndose en una fuerza de consumo con la que habrá que contar.
¿Por qué la inquietud?
Con la caída de los precios del petróleo y los bancos centrales manteniendo bajos los tipos de interés (e incluso aplicando más medidas de expansión cuantitativa), sin duda existe potencial para el crecimiento mundial. Entonces, ¿por qué la inquietud? Creo que hay un par de razones. En primer lugar, las políticas monetarias mundiales no están sincronizadas, lo que puede generar mucha turbulencia en los mercados de divisas y, en particular, en las economías de mercados emergentes más vulnerables.
En segundo lugar, Estados Unidos está cobrando impulso. Tarde o temprano, la Reserva Federal empezará a retirar algunas de las medidas no convencionales adoptadas durante la Gran Recesión. Al mismo tiempo, el crecimiento es débil en Europa; el Banco Central Europeo está debatiendo si debe ampliar su balance, cómo y cuándo. Creo que tanto la Fed como el BCE avanzan en la dirección correcta.
Sin embargo, algunos recordamos que los cambios de política y las políticas no sincronizadas pueden causar turbulencias. En 1994, cuando la Fed empezó a endurecer su política, era algo esperado. Pero eso no impidió que grandes flujos de cartera alteraran los mercados. Dado que durante mucho tiempo hemos visto medidas de política monetaria sin precedentes, es imposible predecir cómo reaccionará el mercado si el BCE adopta una orientación más expansiva y la Fed reduce sus medidas de expansión cuantitativa.
Un futuro incierto
Este es un entorno difícil para los mercados emergentes. Los flujos de las cuentas de capital son difíciles de gestionar en circunstancias normales, y los efectos secundarios imprevistos de las nuevas políticas de la Fed y el BCE solo añadirán más incertidumbre. Si existen problemas políticos internos (en particular en países expuestos a los precios del petróleo), la tensión aumentará aún más.
Para que el orden económico mundial sea legítimo, es vital que todos sientan que cuentan y que sus intereses forman parte de la ecuación de políticas. La Reunión Anual del Foro en Davos llega en un momento crucial, en el que la interacción entre todas las partes interesadas es especialmente importante.
Otra razón de inquietud es la geopolítica. En las décadas posteriores a la Guerra Fría, la geopolítica no ocupaba un lugar destacado en la agenda económica. El conflicto en Ucrania cambió eso. Aunque había pocas ilusiones sobre el liderazgo del presidente Vladimir Putin, la percepción general es que ha intentado modernizar Rusia. Pocos líderes que han transformado países —Otto von Bismarck, Deng Xiaoping, Olusegun Obasanjo— lo han hecho por motivos puramente benévolos o con la paciencia de Nelson Mandela. Para fortalecer un país y hacerlo más unido, el crecimiento económico es absolutamente necesario; por eso se han abierto el comercio y los mercados, aunque por motivos que no son liberales.
El problema es que el populismo nacionalista tiene características similares a la inflación: existe el riesgo de una espiral negativa que se retroalimenta. Entonces, si la escalada del conflicto provoca una contracción económica y socava la popularidad de Putin, ¿cuál será la respuesta? ¿Una escalada aún mayor?
Está claro que el riesgo geopolítico ocupa un lugar destacado en la agenda mundial. El conflicto en Siria e Irak ha causado un sufrimiento humano inmenso y ha desencadenado flujos de refugiados sin precedentes. También aumenta la sensación general de que los problemas se multiplican. La epidemia de ébola, por ejemplo, sigue sin estar bajo control. La comunidad mundial no ha sido capaz de movilizar los recursos necesarios para evitar una pandemia, y no es difícil prever escenarios extremadamente disruptivos.
La amenaza de deflación
Junto al riesgo geopolítico, también se cierne el fantasma de la deflación. La fuerte reducción de los precios del petróleo es sin duda buena para el crecimiento, pero aumenta la presión bajista a corto plazo sobre las expectativas de inflación. Aunque los metales, los alimentos y otras materias primas no se hayan movido a la misma velocidad que los precios del petróleo, la tendencia ha sido clara. El riesgo de deflación es significativo, sobre todo en la eurozona. Es probable que el crecimiento sea anémico (1-1,5%) y que los aumentos salariales sean bajos. La presión sobre los precios derivada de la demanda y de los costes laborales unitarios también será baja. Al mismo tiempo, el canal del crédito sigue en mal estado en algunas partes de Europa. Hay riesgos deflacionarios claros que los bancos centrales deben tomarse en serio.
A mi parecer, es bastante lógico que el sistema financiero mundial esté inquieto antes de Davos. El sector financiero también atraviesa una difícil transición. El nuevo entorno regulatorio ha traído mayores requisitos de capital y una supervisión más estricta, y las exigencias de las contrapartes reacias al riesgo están cambiando el sector bancario. A largo plazo, esto significa un sistema bancario más resiliente, pero la etapa de transición está plagada de incertidumbre operativa. Dentro de unos años, la nueva estructura estará en vigor y comprenderemos mejor los efectos secundarios imprevistos y si hay que abordar el arbitraje regulatorio, pero aún no hemos llegado a ese punto.
Otra razón por la que está cambiando el entorno empresarial es la combinación de un sector de banca móvil en crecimiento, encabezado por m-pesa en Kenia y otros mercados emergentes, y nuevas innovaciones en transacciones, préstamos y otros servicios al consumidor que aumentarán la presión sobre los bancos tradicionales. Los bitcoins y otras monedas electrónicas han tardado en ganar aceptación, pero eso podría estar cambiando.
A las empresas les resulta realmente difícil desenvolverse en un entorno mundial en el que la recuperación es lenta y existen riesgos geopolíticos y económicos evidentes. Y dado que el sector bancario también está atravesando una enorme reforma regulatoria, no es de extrañar que haya inquietud. Pero seamos claros: esto supone una mejora respecto de la depresión relacionada con la crisis que hemos visto en Davos durante los últimos años.
Autor: Anders Borg es un economista y político sueco que fue ministro de Finanzas del Gobierno sueco. Preside la Iniciativa sobre el Sistema Financiero Global del Foro Económico Mundial.
Imagen: Personas pasan junto a relojes en Reuters Plaza, en Londres. REUTERS/Jon Jones.



