Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.
El reciente desempeño económico de Corea del Sur ha sido decepcionante. Tras cuarenta años de un asombroso crecimiento anual del PIB del 7,9 %, la tasa media de crecimiento cayó al 4,1 % en el periodo 2000-2010 y, desde 2011, se sitúa en un mero 3 %. Esto ha llevado a muchos a preguntarse si Corea del Sur se encamina hacia el tipo de deflación prolongada y estancamiento que caracterizó las llamadas «décadas perdidas» de Japón, de las que apenas empieza a salir.
Las similitudes entre la Corea del Sur actual y el Japón de hace 20 años son innegables. De hecho, en materia económica, Corea del Sur, para bien o para mal, ha seguido a menudo el ejemplo de Japón. En este caso, el ejemplo de Japón puede salvar a Corea del Sur, siempre que, claro está, los dirigentes surcoreanos lo tomen como una lección sobre lo que no deben hacer.
Los problemas de Japón tienen su origen en las burbujas inmobiliaria y bursátil, alimentadas por una expansión monetaria destinada a estimular la demanda interna tras el Plaza Accord de 1985, que disparó el valor del yen y perjudicó las exportaciones japonesas. A comienzos de los años noventa, las burbujas estallaron y dejaron al sector privado con una enorme carga de deuda. A ello se sumaban el lento crecimiento de la productividad, la débil demanda y el rápido envejecimiento de la población, por lo que la situación de Japón era desoladora.
En un primer momento, las autoridades japonesas recurrieron de nuevo a la expansión fiscal y monetaria. Pero las políticas fiscales se dirigieron con frecuencia a proyectos improductivos, como la construcción de infraestructuras rurales, y las debilidades del sistema bancario atenuaron la eficacia del estímulo monetario. Como resultado, la economía creció solo un 1,1 % de media en los años noventa, muy por debajo del 4,5 % de los años ochenta.
A comienzos de los años 2000, el gobierno del primer ministro Junichiro Koizumi adoptó medidas enérgicas para abordar los problemas de fondo de los sectores financiero y empresarial. Pese a estos esfuerzos –sin mencionar el impulso que supuso el rápido crecimiento del PIB de China–, la economía japonesa se expandió solo un 0,75 % anual de media durante toda la década.
Las cosas han mejorado desde que el primer ministro Shinzo Abe asumió el cargo en 2012 y puso en marcha su estrategia de recuperación en tres vertientes, bautizada como «Abenomics», que incluía una flexibilización monetaria audaz, una expansión fiscal y reformas estructurales. Los precios de las acciones han subido más de un 80 %. La depreciación del yen, de ¥78 a ¥123 por dólar estadounidense, ha impulsado las exportaciones de productos industriales y, a su vez, la rentabilidad empresarial. En consecuencia, también han aumentado el empleo y los salarios.
Ahora, Abe se prepara para reforzar estos esfuerzos con iniciativas dirigidas a abordar los principales lastres de la economía japonesa. Los llamados «Abenomics 2.0» implican esfuerzos para elevar la tasa de fecundidad (educación preescolar gratuita, apoyo a los tratamientos de fertilidad y mayor asistencia a las familias monoparentales) y para mitigar los problemas asociados al envejecimiento de la población (reforzar la seguridad social y ofrecer más oportunidades de empleo a los jubilados).
Pero la economía japonesa ni mucho menos está fuera de peligro. Al contrario, el PIB se contrajo un 0,1 % el año pasado, y se prevé que crezca solo un 0,6 % este año. Además, pese a las continuas compras de 80 billones de yenes anuales en bonos del Gobierno, el Banco de Japón no ha logrado alcanzar su objetivo de inflación del 2 %. Y la ratio de deuda pública sobre el PIB de Japón, del 240 % (y en aumento), sigue siendo la más alta del mundo.
Y Abenomics 2.0 podría no tener éxito, no en último lugar porque los jóvenes, poco convencidos de que puedan mantener familias más numerosas, retrasan cada vez más el matrimonio y la paternidad. En este contexto, muchos creen que evitar que la población actual de 127 millones caiga por debajo de los 100 millones –el objetivo oficial de Abe– exigirá que Japón acepte más inmigrantes. No es poca cosa en un país que otorga tanto valor a la homogeneidad.
En pocas palabras, aunque Japón tiene motivos para el optimismo, su posición no es envidiable. Y si Corea del Sur no tiene cuidado, podría acabar en una situación muy similar.
Aplicando muchas de las mismas estrategias de desarrollo –entre ellas, las políticas orientadas a la exportación y un sistema industrial dominado por grandes conglomerados–, Corea del Sur lleva cuatro décadas dando alcance a Japón. Su renta per cápita (en términos de paridad de poder adquisitivo), apenas una quinta parte de la de Japón en 1970, equivale hoy a casi el 95 % de la japonesa. En el mismo periodo, la cuota de Corea del Sur en las exportaciones mundiales se disparó del 0,3 % al 3 %, muy cerca del 3,6 % de Japón.
Es cierto que persisten diferencias significativas entre ambos países. Corea del Sur sigue rezagada respecto a Japón en influencia internacional y calidad institucional. Corea del Sur ocupa el puesto 26 en el ranking del Foro Económico Mundial sobre el Índice Global de Competitividad, mientras que Japón ocupa el sexto puesto. Según la brecha en el PIB por trabajador respecto a Estados Unidos, Corea del Sur va más de 20 años por detrás de Japón.
No obstante, la realidad es que Corea del Sur padece muchos de los mismos problemas que Japón a principios de los años noventa, entre ellos elevados niveles de deuda de los hogares y de las empresas, ineficiencias en los mercados laborales y financieros, y baja productividad en el sector servicios. Con una tasa de fecundidad de apenas 1,2 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo, la fuerza laboral de Corea del Sur se reducirá una cuarta parte de aquí a 2050, mientras que las personas de 65 años o más representarán el 35 % de la población total, frente al 13 % actual. Esto someterá a graves tensiones a las finanzas públicas.
Si Corea del Sur quiere evitar el destino de Japón, debe adoptar medidas para reducir la deuda de los hogares y de las empresas. También debe seguir aplicando reformas estructurales destinadas a fortalecer sus mercados laborales y financieros, mejorar la calidad institucional y aumentar la productividad en los servicios y en las pequeñas y medianas empresas.
Tomando como referencia Abenomics 2.0, Corea del Sur haría bien en ofrecer un mejor entorno para la crianza de los hijos, que incluya jornadas laborales flexibles, servicios de guardería y actividades extraescolares asequibles y de alta calidad, y permisos de maternidad y paternidad remunerados. El apoyo financiero, como los préstamos a bajo interés para recién casados, también podría fomentar el matrimonio y la natalidad.
Las décadas perdidas de Japón ponen de manifiesto la importancia de tratar los males económicos con la medicina adecuada, antes de que se vuelvan crónicos y difíciles de curar. Si Corea del Sur extrae esta lección y aplica las políticas y reformas adecuadas, parecerse a Japón no tendrá por qué significar compartir su destino económico.
La publicación de este artículo no implica el respaldo del Foro Económico Mundial a los puntos de vista expresados.
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Autor: Lee Jong-Wha es catedrático de Economía y director del Asiatic Research Institute de la Universidad de Corea.
Imagen: Un hombre camina por un pasillo en Tokio. REUTERS/Yuya Shino.


