La importancia del tercer fallo del Tribunal Supremo —sobre la discriminación en materia de vivienda— casi quedó eclipsada por la oleada de reacciones a las decisiones de la semana pasada que confirmaron la Ley de Cuidado de Salud Asequible y permitieron que gays y lesbianas se casaran.
En un fallo de 5-4, el Tribunal determinó que la Ley de Vivienda Justa de 1968 solo exige que los demandantes demuestren que los efectos de una política son discriminatorios, no que los demandados tuvieran la intención de discriminar.
La decisión es importante en la lucha contra el apartheid económico en Estados Unidos: la segregación racial a una escala geográfica mucho mayor que nunca antes.
Es probable que la decisión afecte a todo tipo de cuestiones, desde las prácticas de préstamo bancario cuyos efectos perjudican a prestatarios no blancos de bajos ingresos hasta las leyes de zonificación que favorecen a compradores blancos de viviendas con ingresos más altos.
Primero, algunos antecedentes. En Estados Unidos, la segregación por ingresos es cada vez mayor en cuanto al lugar donde vivimos.
Hace treinta años, la mayoría de las ciudades acogían a un amplio espectro de residentes, desde ricos hasta pobres. Hoy, ciudades enteras son mayoritariamente ricas (San Francisco, San Diego, Seattle) o mayoritariamente empobrecidas (Detroit, Baltimore, Filadelfia).
Como una proporción desmedida de la población pobre del país es negra o latina, estamos viviendo una segregación geográfica mucho mayor.
Por eso, por ejemplo, los estudiantes negros están más aislados hoy que hace 40 años. Actualmente, más de 2 millones de estudiantes negros asisten a escuelas donde el 90 % del alumnado pertenece a minorías.
Según un nuevo estudio de investigadores de Stanford, muchas familias negras de ingresos medios siguen viviendo en barrios pobres, con escuelas de baja calidad, menos parques y zonas de juegos, más delincuencia y un transporte público inadecuado. Por lo general, las personas negras e hispanas necesitan ingresos más altos que las blancas para vivir en barrios acomodados.
En cierta medida, esto es una cuestión de elección. Muchas personas prefieren vivir entre otras que se les parezcan por raza y etnia.
Pero parte de esta situación se debe a la discriminación en materia de vivienda. Por ejemplo, un estudio de 2013 del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano concluyó que los agentes inmobiliarios suelen mostrar menos propiedades a las familias negras que a las familias blancas con ingresos y patrimonio más o menos similares.
La brecha de ingresos entre las comunidades pobres de minorías y las comunidades blancas de clase media sigue ampliándose. Aunque la recuperación ha impulsado los precios de la vivienda en general, no los ha impulsado en las comunidades pobres.
Esto se debe en parte a que ahora los agentes de préstamos bancarios son más reacios a conceder hipotecas sobre viviendas en barrios pobres; no porque los prestamistas tengan la intención de discriminar, sino porque consideran que existe un mayor riesgo de que caiga el valor de las viviendas y de que se produzcan ejecuciones hipotecarias.
Pero esta reticencia es una profecía autocumplida. Ha reducido la demanda de viviendas en esas zonas, lo que ha dado lugar a más ejecuciones hipotecarias y a una mayor proporción de viviendas vacías y deterioradas. El resultado: nuevas caídas de los precios de la vivienda.
Al caer los precios, ni siquiera los propietarios que han mantenido al día los pagos de su hipoteca pueden refinanciarla para aprovechar los tipos de interés más bajos.
Otros, que deben más por sus viviendas de lo que estas valen, sencillamente han dejado de mantenerlas. En muchas comunidades pobres, esto ha provocado un mayor deterioro del parque de viviendas y, a continuación, de sus precios.
A esta espiral descendente se suma la realidad fiscal: un menor valor de las viviendas significa menos ingresos por impuestos locales sobre la propiedad. Esto, a su vez, contribuye al deterioro de las escuelas, a la reducción del número de agentes de policía y al empeoramiento de las infraestructuras, acelerando el declive.
Todo esto explica por qué los precios de la vivienda en los barrios pobres siguen estando alrededor de un 13 % por debajo de los niveles previos a la recesión, aunque los precios de muchos barrios acomodados ya se hayan recuperado por completo.
Y por qué alrededor del 15 % de las viviendas del país valoradas en menos de 200.000 dólares siguen teniendo un valor inferior al de la hipoteca pendiente, mientras que solo ocurre lo mismo con el 6 % de las viviendas valoradas en más de 200.000 dólares.
Y, lo que es peor para las comunidades pobres, la mayoría de los nuevos empleos en Estados Unidos se están creando en zonas donde la vivienda ya es cara, mientras que surgen menos empleos en los lugares donde la vivienda es más barata.
La mezcla tóxica de discriminación en materia de vivienda, segregación racial en amplias zonas metropolitanas, salarios bajos y escasez de empleos en esos lugares ha tenido efectos a largo plazo.
Un estudio de Harvard publicado en mayo da una idea de cuánto pueden durar. El estudio hizo un seguimiento de varios millones de niños desde la década de 1980.
Concluyó que los niños pequeños cuyas familias habían recibido vales de vivienda que les permitían mudarse a mejores barrios tenían más probabilidades de prosperar en la vida adulta —asistir a la universidad y conseguir mejores empleos— que aquellos cuyas familias no habían recibido esos vales.
El estudio apunta a una solución: vales de vivienda que ayuden a las familias de menores ingresos a mudarse a mejores barrios.
También sugiere que los créditos fiscales federales para incentivar a los promotores a construir viviendas para las personas pobres deberían destinarse a comunidades racialmente integradas, en lugar de concentrarse principalmente en las comunidades pobres.
Y no es casualidad: este es precisamente el asunto que dio lugar al fallo del Tribunal Supremo de la semana pasada sobre la vivienda justa.
Si queremos revertir el círculo vicioso del apartheid económico en Estados Unidos, esa decisión ofrece un importante punto de partida.
Este artículo se publica en colaboración con Robert Reich. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Robert B. Reich es profesor titular de Políticas Públicas de la Universidad de California en Berkeley e investigador sénior del Blum Center for Developing Economies.
Imagen: Una bandera de Estados Unidos ondea sobre el perfil urbano del sur de Manhattan, en Nueva York. REUTERS/Lucas Jackson.



