Si desea predecir la prosperidad de un país, basta con fijarse en sus instituciones. En conjunto, las organizaciones jurídicas y administrativas que sustentan cada sociedad conforman lo que los economistas llamamos un «entorno propicio» para la creación de riqueza. Cuando fallan, la confianza se erosiona y las economías pueden verse perjudicadas, como sugirió recientemente Ricardo Hausmann. La colaboración entre los sectores público y privado es especialmente importante para impulsar la productividad. Pero, en ausencia de instituciones sólidas, la alianza puede volverse disfuncional y ambos sectores pueden coludirse en busca de beneficios a expensas del consumidor.
Hausmann tiene razón al sostener que una relación saludable entre las empresas y el gobierno debe ser una prioridad para una economía en cualquier etapa de su desarrollo. En este sentido, las instituciones son clave para establecer una agenda de largo plazo que permita la colaboración público-privada en favor del interés público, libre de los vaivenes del ciclo legislativo. Sin embargo, Hausmann se equivoca al afirmar que no se reconoce suficientemente la importancia de las instituciones de las que depende esa exitosa relación simbiótica, incluso en el Informe de Competitividad Global del Foro Económico Mundial, nuestra evaluación anual de la salud económica de más de 140 economías. Lo cierto es que los marcos institucionales nacionales han ejercido una influencia decisiva desde que comenzamos a medir la competitividad en 1979.
¿Cómo medimos la importancia del entorno propicio de un país para su salud económica a largo plazo? La respuesta es mediante una combinación de datos cuantitativos, obtenidos de organismos de referencia como las Naciones Unidas, el Banco Mundial o la OCDE, y respuestas subjetivas de más de 15.000 altos ejecutivos de todo el mundo, que cada año participan en nuestra Encuesta de Opinión Ejecutiva, de elaboración propia. Este enfoque nos permite medir las fortalezas y debilidades relativas de las economías mediante un total de 112 indicadores independientes.
La mayoría de estos 112 indicadores recibe la influencia de instituciones públicas y privadas; algunas de forma directa y otras, menos. El primer pilar, y el más básico —hay 12 en total—, con el que evaluamos una economía está dedicado a las instituciones y ofrece 16 mediciones distintas, entre ellas el respeto de las normas éticas, los niveles de corrupción y la eficiencia y rendición de cuentas del gobierno.
Sin instituciones sólidas, tampoco sería fácil avanzar en los otros 11 pilares: por ejemplo, en la calidad del suministro eléctrico, dentro del pilar de Infraestructura, o en la disponibilidad local de investigación y formación especializadas, dentro del pilar de Educación Superior y Formación.
En los países que se encuentran en el extremo superior del espectro de desarrollo, las instituciones desempeñan un papel importante para mantener la salud económica y encauzar la colaboración público-privada, ya sea mediante el fomento de clústeres industriales (pilar 12, Sofisticación empresarial) o una mejor colaboración entre universidades y empresas (pilar 12, Innovación).
Lo hacemos no tanto por curiosidad intelectual, sino para crear una guía práctica que ayude a los países a tomar decisiones fundamentadas sobre cómo mejorar su desempeño económico. En los casi 35 años que el Foro lleva midiendo la competitividad, hemos observado, como era de esperar, una marcada correlación entre los países con instituciones sólidas y los que aparecen habitualmente en los primeros puestos del Índice de Competitividad Global. Entre las economías nórdicas, por ejemplo, donde los estándares de conducta ética empresarial suelen ser más elevados, Finlandia, Dinamarca y Noruega figuran entre los 10 primeros puestos del indicador correspondiente del índice. Los países nórdicos también obtienen buenos resultados en materia de confianza e integridad de los políticos, otra condición para una colaboración público-privada eficaz.
La mayor concienciación sobre la importancia de las alianzas público-privadas ha propiciado la creación de varios consejos nacionales de competitividad y ha permitido al Foro trabajar con países de todas las regiones del mundo para establecer los factores determinantes de la productividad y la prosperidad a largo plazo. Una de esas colaboraciones, nuestro Laboratorio de Competitividad en América Latina, presentará recomendaciones clave este mes en nuestra Reunión Anual en Davos.
Sin embargo, los índices solo sirven mientras sigan siendo pertinentes; por eso, el Informe de Competitividad Global 2015-2016 presentará una metodología revisada, sensible a la evolución de la economía mundial y a la naturaleza cambiante de la innovación. Las instituciones públicas y privadas seguirán desempeñando un papel central en nuestra evaluación, pues sin ellas el crecimiento económico a largo plazo seguirá siendo inalcanzable.
Autora: Margareta Drzeniek es directora y economista principal de la Red de Competitividad Global y Evaluación Comparativa del Foro Económico Mundial.
Imagen: Un hombre observa el distrito financiero de Pudong, en Shanghái, el 20 de noviembre de 2013. REUTERS/Carlos Barria


