Por qué el PIB no es una medida precisa del crecimiento económico

Por qué el PIB no es una medida precisa del crecimiento económico
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El crecimiento económico fue el eje de la reciente cumbre del G20. El comunicado final comienza así:

«Elevar el crecimiento mundial para ofrecer mejores niveles de vida y empleos de calidad a las personas de todo el mundo es nuestra máxima prioridad».

La palabra «crecimiento» aparece 29 veces en el documento de tres páginas.

El clima solo se menciona en el artículo 19 de un total de 21. Aunque las partes se comprometen a «apoyar una acción firme y eficaz para hacer frente al cambio climático», se aclara que esto significa apoyar «el crecimiento económico y la certidumbre para las empresas y la inversión».

Sin embargo, la economía mundial no ha experimentado un crecimiento real en décadas. Las políticas que promueve el G20 no harán más que exacerbar esta desafortunada tendencia.

Muchas personas cuestionarán esta afirmación y preguntarán: ¿acaso el producto interno bruto no ha crecido de manera constante desde la Segunda Guerra Mundial, salvo por alguna que otra recesión? El PIB sí ha crecido, pero desde alrededor de 1980 este crecimiento ha sido «antieconómico». Esto quiere decir que el bienestar humano per cápita, ajustado en función de los costos de la desigualdad, los daños ambientales y otros factores que afectan al bienestar, no ha mejorado.

La economía real —que incluye todo lo que sustenta el bienestar humano— es mucho mayor que la economía de mercado que estima el PIB. El PIB nunca se diseñó para medir el bienestar general de la sociedad, y debe dejar de utilizarse indebidamente con ese fin.

Por qué el PIB no es una medida precisa del crecimiento económico

La economía real incluye nuestros activos de capital natural —todos los dones de la naturaleza que no tenemos que producir— y los inmensamente valiosos servicios ecosistémicos que esos activos proporcionan, aunque no se comercialicen. Estos servicios incluyen la regulación del clima, el suministro de agua, la protección contra las tormentas, la polinización y la recreación.

Se ha estimado que estos activos naturales contribuyen al bienestar humano mucho más que el PIB combinado de todos los países del mundo. Sin embargo, el despreocupado menosprecio de estas contribuciones ha provocado un agotamiento masivo de esos activos.

Desde 1997, hemos perdido al menos 20 billones de dólares estadounidenses al año en todo el mundo en servicios ecosistémicos no comercializados. Esta cifra supera el PIB de Estados Unidos.

También hemos pasado por alto la contribución del capital social —todas nuestras redes, instituciones y culturas formales e informales— al bienestar humano.

En particular, los países del G20 se han vuelto mucho más desiguales desde 1980. Este aumento de la desigualdad ha generado más problemas sociales, ha reducido la capacidad de crear y mantener capital social y ha disminuido la calidad de vida en general. La mayor parte de los incrementos del PIB de las últimas décadas ha ido a parar al 1 % con mayores ingresos. El 99 % restante ha visto estancarse sus ingresos reales, en un contexto de deterioro de los activos sociales y naturales.

Quizá el conflicto más evidente radique en cómo hablamos de las alteraciones climáticas y cómo las abordamos. El clima es uno de nuestros activos naturales fundamentales. Sin embargo, invertir en la estabilidad climática y mantenerla se considera un obstáculo para el crecimiento económico. Debería entenderse como la protección de un activo del que depende el funcionamiento de toda la actividad humana.

Las alteraciones climáticas deben contabilizarse como un costo del crecimiento del PIB, al menos tan importante como la pérdida de fábricas, carreteras y viviendas.

Del mismo modo, el agotamiento del capital social causado por el aumento de la desigualdad debe contabilizarse como contrapartida de cualquier incremento del PIB.

Un nuevo indicador que incluye los costos sociales y naturales

Un indicador que tiene en cuenta los cambios en el capital social y natural es el Indicador de Progreso Genuino (GPI, por sus siglas en inglés). El GPI ajusta el consumo personal en función de la distribución de los ingresos, suma servicios no comercializados, como el voluntariado y el trabajo doméstico, y resta los costos del agotamiento del capital natural, como la contaminación del aire y del agua. A escala mundial, el GPI per cápita no ha mejorado desde 1978, aunque el PIB per cápita se ha más que duplicado.

Esto significa que el mundo ha experimentado un «crecimiento antieconómico» desde 1978.

Dos estados de Estados Unidos, Maryland y Vermont, han adoptado el GPI para ayudar a orientar las políticas. Varios más están considerando hacer lo mismo. Es hora de que el resto del mundo reconozca la realidad de nuestras políticas y prácticas de crecimiento antieconómico y se proponga construir una economía real que ofrezca prosperidad sostenible y equitativa para todos. El proceso de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU constituye un paso importante en esa dirección.

Quizá en la próxima cumbre del G20, los líderes mundiales puedan debatir cómo mejorar el desempeño económico real —el progreso genuino— en lugar de limitarse a aumentar la producción de bienes y servicios comercializados que alteran el medioambiente y se distribuyen de manera inequitativa.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Su publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: El Dr. Robert Costanza ocupa una cátedra de Políticas Públicas en la Crawford School of Public Policy.

Imagen: Un hombre pasa junto a unos edificios del distrito central de negocios de Singapur, el 14 de febrero de 2007. REUTERS/Nicky Loh.

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