Este año marca un punto de inflexión para el mundo: en septiembre, la comunidad internacional adoptará una nueva estrategia mundial de desarrollo y, en diciembre, negociará un acuerdo universal para combatir el cambio climático. Para tener éxito, los responsables de formular políticas deben reconocer que los imperativos mundiales de hoy —erradicar la pobreza y mejorar el bienestar, al tiempo que se restablece el equilibrio de la Tierra— conforman una sola agenda, y que el medio más eficaz para alcanzarla es la educación.
La buena noticia es que el conjunto propuesto de Objetivos de Desarrollo Sostenible, que sustentará los esfuerzos mundiales durante los próximos 15 años, refleja este reconocimiento. Asimismo, el artículo 6 de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) estipula que deben promoverse la educación, la formación y la sensibilización del público sobre el cambio climático.
Sin embargo, como las negociaciones sobre estos acuerdos mundiales están lejos de concluir, es vital que se siga reforzando el énfasis de los responsables de formular políticas en la educación. Para ello, los ministros de Educación del mundo deben aprovechar la oportunidad que ofrece el Foro Mundial sobre la Educación de este mes en Incheon, Corea del Sur, para destacar el papel que la educación puede y debe desempeñar en el avance del desarrollo sostenible.
Un sistema educativo sólido amplía el acceso a las oportunidades, mejora la salud y fortalece la resiliencia de las comunidades, a la vez que impulsa el crecimiento económico de una manera que puede reforzar y acelerar estos procesos. Además, la educación proporciona las competencias que las personas necesitan para prosperar en la nueva economía sostenible, trabajando en ámbitos como las energías renovables, la agricultura inteligente, la rehabilitación forestal, el diseño de ciudades eficientes en el uso de los recursos y la gestión responsable de ecosistemas saludables.
Quizás lo más importante sea que la educación puede provocar un cambio fundamental en nuestra manera de pensar, actuar y cumplir nuestras responsabilidades mutuas y con el planeta. Al fin y al cabo, aunque los incentivos financieros, las políticas específicas y la innovación tecnológica son necesarios para catalizar nuevas formas de producir y consumir, no pueden transformar los sistemas de valores de las personas para que defiendan y promuevan voluntariamente los principios del desarrollo sostenible. Sin embargo, las escuelas pueden formar a una nueva generación de ciudadanos con conciencia ambiental que apoyen la transición hacia un futuro próspero y sostenible.
Algunas escuelas ya se están convirtiendo en laboratorios de aprendizaje para el desarrollo sostenible, donde se prepara a los jóvenes estudiantes para adaptarse a las consecuencias del cambio climático y contribuir a mitigarlas. Guiados por la CMNUCC —así como por iniciativas relacionadas, como la Alianza de las Naciones Unidas sobre Educación, Formación y Sensibilización del Público respecto del Cambio Climático—, los gobiernos integran cada vez más estrategias, herramientas y metas educativas en sus políticas nacionales de desarrollo. El Decenio de las Naciones Unidas de la Educación para el Desarrollo Sostenible, dirigido por la UNESCO y que comenzó en 2005, tenía como propósito explícito inculcar en cada ser humano «los conocimientos, las competencias, las actitudes y los valores necesarios para configurar un futuro sostenible».
Juntas, la UNESCO y la CMNUCC no solo promueven la educación sobre el cambio climático en las escuelas, sino que también proporcionan a los docentes las herramientas y los conocimientos necesarios para impartirla mediante cursos en línea. Ya han participado en este tipo de aprendizaje más de 14 millones de estudiantes y 1,2 millones de docentes de 58 países, y 550 escuelas de negocios se han adherido a los Principios para una Educación en Gestión Responsable, elaborados por el Pacto Mundial de las Naciones Unidas.
Este avance, aunque importante, es solo el comienzo. Lo que se necesita ahora es un movimiento mundial en el que todos los estudiantes de todos los países aprendan sobre desarrollo sostenible con docentes bien formados y dotados de los planes de estudio y los recursos adecuados. Una agenda ambiciosa de desarrollo sostenible, junto con un acuerdo mundial sobre el clima jurídicamente vinculante, podría contribuir en gran medida a catalizar ese movimiento.
Por supuesto, no podemos asegurar un futuro sostenible en cuestión de meses. Pero, con un conjunto de compromisos y metas bien diseñado, podemos encaminarnos por la senda correcta. Y, con programas educativos eficaces que inculquen en las generaciones futuras la importancia de restablecer el equilibrio de la Tierra y ofrecer un futuro próspero a muchos, y no a unos pocos, podemos mantenernos en esa senda.
Ese es el mensaje que los ministros de Educación deben destacar en el próximo foro y que los responsables de formular políticas deberían tener presente mientras negocian los dos acuerdos mundiales cruciales de este año.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autoras: Irina Bokova es directora general de la UNESCO. Christiana Figueres es secretaria ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).
Imagen: Lápices de colores en una caja de madera en una escuela infantil. REUTERS/Michaela Rehle.


