Los países nórdicos han sido pioneros en un modelo social y de gobernanza que concilia el crecimiento y el dinamismo con la igualdad y la paz social.
Además de un modelo socioeconómico basado en la atención sanitaria universal gratuita, la educación de calidad y la vivienda asequible, también promueven un nacionalismo constructivo.
Los países de todo el mundo se enfrentan a desafíos socioeconómicos abrumadores. La desigualdad está aumentando. La cohesión se debilita a medida que las sociedades atraviesan crisis de identidad. Y, como muestran las manifestaciones que van desde Santiago hasta París y Beirut, la confianza en el Gobierno está en declive.
En su búsqueda de culpables, muchos votantes y políticos culpan al comercio, la tecnología, y la migración. Pero esto lleva a un rompecabezas aparentemente irresoluble. Si la gente está cada vez más enfadada; si piensa que del comercio, la tecnología o la migración no puede surgir nada bueno; y si no confía en sus gobiernos ni en sus conciudadanos para encontrar una solución, ¿qué se puede hacer?
Los países nórdicos —Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia— demuestran que existe un camino. El modelo nórdico que han desarrollado durante décadas tiene algunos componentes básicos: un Estado de bienestar con educación y atención sanitaria gratuitas y de alta calidad; un modelo de empleo de «flexiseguridad», que combina flexibilidad en la contratación y el despido con una sólida seguridad social; y mercados abiertos con aranceles bajos y barreras mínimas al comercio.
Pero, junto a estos atributos bien conocidos, el modelo nórdico tiene otro elemento menos apreciado: un nacionalismo constructivo. Este nacionalismo no se define por el lugar de origen ni por el color de la piel, sino por las contribuciones de cada persona al bienestar de la comunidad. Gracias a las tendencias económicas positivas, esta combinación particular de elementos ha dado lugar a un modelo social y de gobernanza que concilia el crecimiento y el dinamismo con la igualdad y la paz social. Bien entendido, el modelo nórdico encierra importantes lecciones para el resto del mundo.
Compromisos fundamentales
Gracias a su riqueza, su baja desigualdad y sus Estados de bienestar bien articulados, los países nórdicos llevan mucho tiempo siendo presentados como ejemplos para otras naciones industrializadas. Los ideólogos han señalado a menudo un único factor de su éxito —un apoyo social extenso, en un extremo del espectro, y el libre comercio, en el otro— e intentado extrapolar de él una etiqueta para todo el sistema. Pero el modelo tiene menos que ver con la ideología que con un compromiso fundamental que ha propiciado un progreso inclusivo y sostenible.
En los últimos años, ese compromiso ha implicado tres elementos básicos: un modelo socioeconómico, una actitud social y pragmatismo a la hora de gestionar las tendencias macroeconómicas y tecnológicas. El modelo socioeconómico se sustenta en tres pilares: atención sanitaria universal gratuita, educación de calidad, y vivienda asequible. Estos tres pilares no son ni aleatorios ni objeto de controversia: se reconocen casi universalmente, tanto en los países nórdicos como por los académicos de todo el mundo, como los principales garantes de igualdad de acceso y de oportunidades. Situarlos en el centro de las políticas públicas es, por tanto, de suma importancia.
El modelo socioeconómico también incluye un enfoque del mercado laboral conocido como flexiseguridad. La contracción del término, que combina «flexibilidad» y «seguridad», apunta a las principales ventajas del sistema para empleadores y empleados. La flexibilidad significa que los empleadores pueden reducir rápidamente su plantilla si cambian las circunstancias del mercado. La seguridad —garantizada por el Estado, que utiliza el dinero de los impuestos para garantizar las prestaciones por desempleo— significa que los empleados pueden capear esos cambios. Este gran pacto de la flexiseguridad se basa en la confianza entre empresarios y trabajadores —y la refuerza—, que en general mantienen una relación buena y constructiva.
El último atributo del modelo socioeconómico nórdico es el libre comercio y la competencia. Esta política ha permitido a las empresas y los emprendedores nórdicos competir en los mercados mundiales al tiempo que acogen las importaciones extranjeras. Ha convertido a los países nórdicos en algunas de las economías más abiertas y competitivas del mundo, según el cálculo de mi propia organización (Suecia y Dinamarca figuraron entre los diez primeros del Informe sobre la Competitividad Mundial más reciente del Foro Económico Mundial) y según otras clasificaciones (el Instituto Internacional para el Desarrollo Gerencial sitúa a Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia entre los 15 primeros del mundo).
El modelo nórdico tiene menos que ver con la ideología que con un compromiso fundamental con el progreso inclusivo y sostenible.
Una consecuencia de este enfoque del libre comercio es que los países nórdicos han registrado descensos notables en algunos sectores: Dinamarca, por ejemplo, fue en su día el astillero del mundo, pero ha cedido esa posición a competidores de China, Turquía y Corea del Sur, que pueden construir barcos a un coste mucho menor gracias a una combinación de salarios más bajos y ayudas estatales. Pero las empresas danesas no reaccionaron exigiendo aranceles, subvenciones ni salarios más bajos para sus propios empleados, sino especializándose y ascendiendo en la cadena de valor. Las empresas que antes construían barcos completos ahora fabrican motores con mano de obra altamente cualificada y la tecnología más avanzada.
En conjunto, este modelo socioeconómico —con su sólido Estado de bienestar, un mercado laboral flexible pero seguro y una apertura al comercio y la tecnología— ha beneficiado a todas las partes interesadas. Los trabajadores de los países nórdicos se cuentan entre los más formados y mejor remunerados del mundo, lo que da lugar a una sociedad con una desigualdad muy baja. Prácticamente toda la población completa la educación secundaria, y la mayoría de los estudiantes continúan su formación en la universidad o en centros de formación profesional especializados. Con la certeza de que tendrán seguridad económica, muchos jóvenes con talento optan por la vía técnica, lo que beneficia a las empresas manufactureras que siguen en activo.
Los trabajadores también se «reciclan» o «mejoran sus cualificaciones» de forma constante, y las empresas conceden cada año permisos para la formación, lo que garantiza que dispongan de plantillas capaces de sostener su competitividad. Pero esto también significa que los trabajadores despedidos tienen más probabilidades de encontrar un nuevo empleo: a diferencia de lo que sucede en otros países industriales, no tienen que buscar trabajo nuevo con una formación o educación desfasadas. Incluso entre los trabajadores del sector manufacturero, el desempleo es hoy extremadamente bajo y los salarios se mantienen elevados.
Las empresas, por su parte, son libres de perseguir las tecnologías más avanzadas y optimizar sus plantillas para incorporar nuevos procesos de producción. Pero eso no ha provocado la desaparición del trabajo manual. Al contrario. Volvo, el fabricante sueco de automóviles propiedad de la empresa china Geely Holding, por ejemplo, no solo mantuvo su sede central, el desarrollo de productos, el marketing y las funciones administrativas en su sede de Gotemburgo, sino que sigue produciendo automóviles, motores y componentes en Suecia. Y Saab, aunque ya no fabrica automóviles, mantiene en Suecia el 80 por ciento de su plantilla mundial de 17.000 personas. Se ha transformado en una empresa de alta tecnología, activa en aeronáutica, vigilancia y una serie de servicios afines, mejorando la cualificación de sus trabajadores en el proceso.
El Gobierno también se beneficia de este modelo socioeconómico. Contar con empresas competitivas y con una mano de obra bien formada y bien remunerada ha permitido a los países nórdicos reducir su deuda soberana e incluso el tamaño de sus gobiernos. En Suecia, por ejemplo, la ratio deuda nacional/PIB bajó del 80 por ciento en 1995 al 41 por ciento en 2017. Y sus ingresos fiscales representaban el 43,4 por ciento del PIB en 2019, una caída de casi un punto porcentual completo desde 2017. Las tendencias son similares en los demás países nórdicos.
Un buen nacionalismo
La parte menos celebrada del modelo nórdico es su nacionalismo fuerte pero constructivo. Ser danés, finlandés, noruego o sueco significa, por encima de todo, adherirse a valores sociales positivos. El patriotismo nórdico se centra en el compromiso con un modelo socioeconómico que fomenta la confianza entre los ciudadanos, el sector privado y el Gobierno, e incentiva a las personas a contribuir —ya sea económicamente o mediante su elección profesional y su trabajo voluntario— al bienestar de la sociedad en su conjunto.
La confianza que los ciudadanos nórdicos depositan unos en otros, y la identidad nacional compartida que sustenta esa confianza, aporta ventajas notables. Permite que los gobiernos, los sindicatos y las empresas trabajen de forma colaborativa en lugar de enfrentarse. Garantiza que los gobiernos se rijan por normas exigentes de integridad y transparencia y, por tanto, presten servicios eficaces, incluidos sistemas sanitarios de primer nivel mundial que son considerablemente menos costosos que los de otros países desarrollados.
Cabe destacar que el nacionalismo nórdico ha permitido históricamente la integración de los recién llegados. A principios de la década de 1990, por ejemplo, los países nórdicos acogieron a cientos de miles de refugiados de los Balcanes. Olas anteriores de inmigración dieron lugar a algunos de los miembros más destacados de la sociedad actual, como el futbolista estrella sueco Zlatan Ibrahimović, que nació en Suecia de padre musulmán bosnio y madre católica croata. Y en el punto álgido de la crisis de refugiados sirios en 2015, Suecia concedió asilo a más personas que cualquier otro país europeo, con la excepción de Alemania.
Es cierto que la integración ha sido un reto con cada oleada de migrantes. Y desde 2015, Suecia y otros países nórdicos han impuesto límites más estrictos a la inmigración. Pero estos cambios de política se hicieron por motivos pragmáticos. Tras años de acoger a algunas de las cifras más altas de inmigrantes per cápita de la UE, ralentizar el ritmo de la inmigración garantizaría que quienes ya habían llegado pudieran encontrar empleo, un paso clave hacia la integración.
El nacionalismo nórdico ha permitido históricamente la integración de los recién llegados.
La versión nórdica del nacionalismo también ha resultado útil cada vez que los cambios macroeconómicos y tecnológicos han exigido un ajuste socioeconómico, el último elemento del modelo nórdico. Hoy en día, los países nórdicos están a la vanguardia de la Cuarta Revolución Industrial, que ha introducido la robótica de alta tecnología, la inteligencia artificial, la impresión 3D, la medicina de precisión y otras innovaciones. En lugar de retraerse ante la posible disrupción de estas nuevas tecnologías, los países nórdicos aprovecharon las oportunidades que ofrecían, convirtiéndose en líderes en estos campos y cosechando los beneficios.
El modelo nórdico confirma un viejo refrán: no se puede predecir el futuro, pero sí prepararse para él. No solo los trabajadores con una formación de élite o empleos de alto nivel son capaces de capear el cambio; también lo son quienes obtienen títulos de formación profesional y realizan aprendizajes industriales. Con énfasis en la educación de calidad y la formación constante, los países nórdicos construyeron algunas de las economías del conocimiento más avanzadas del mundo. Sus plantillas son muy cualificadas y muy adaptables, de arriba abajo.
Esperanza en tiempos de turbulencias
El modelo nórdico es hoy más pertinente que nunca. Ofrece a las sociedades una forma de prosperar económica, social y tecnológicamente, impulsada no por la ideología, sino por el reconocimiento pragmático de que, para que una economía tenga éxito, todos los participantes deben ser tenidos en cuenta. Al ofrecer a sus ciudadanos igualdad de oportunidades, han reforzado la legitimidad de la economía social de mercado. Sus bajos coeficientes de Gini —los coeficientes nórdicos oscilan entre 0,26 y 0,28 y se encuentran entre los más bajos de la OCDE, frente a los de Estados Unidos, que, con un coeficiente de 0,39, figura entre los más altos, lo que indica una sociedad mucho más desigual— demuestran que no tiene por qué haber una contrapartida entre prosperidad e igualdad.
Otros países harían bien en incorporar estas lecciones. Ellos también pueden generar confianza entre los ciudadanos. También pueden promover el dinamismo económico y la competencia, garantizando al mismo tiempo la seguridad de los trabajadores y defendiéndose del proteccionismo y el aislacionismo. También pueden tener mercados abiertos y empresas competitivas, al tiempo que recaudan impuestos suficientes para prestar servicios públicos eficaces y financiar un extenso Estado de bienestar. En definitiva, el modelo nórdico ofrece un mensaje esperanzador para tiempos de turbulencias.



