Elegir cuándo irse de casa no es fácil. Hay que equilibrar la independencia con la seguridad: la libertad de tener un espacio propio frente a la responsabilidad de hacer la propia colada.
Pero en el Reino Unido esa decisión se toma cada vez más tarde, y muchos jóvenes descubren que el coste de independizarse les está quitando por completo la posibilidad de elegir.
Según un análisis del centro de estudios Civitas. En 1997, solo uno de cada cinco integrantes de ese grupo de edad seguía viviendo en casa de sus padres. En 2017, era uno de cada cuatro.
Las consecuencias son notables. Durante muchas décadas, el tamaño de los hogares en el Reino Unido fue disminuyendo y el número de hogares per cápita fue aumentando. Pero desde comienzos de siglo, esas tendencias se han invertido. Un cambio tan importante plantea la pregunta: ¿los hijos simplemente eligen vivir más tiempo en casa por motivos culturales y de estilo de vida? ¿O las presiones económicas obligan a las personas a quedarse con sus padres más tiempo del que querrían?
El coste de la vivienda ha aumentado considerablemente en todo el Reino Unido, mientras que los ingresos se han estancado desde la crisis financiera mundial de 2007-2008. Una vivienda media cuesta ahora casi ocho veces los ingresos anuales medios, frente a menos de cuatro veces hace 20 años. Los alquileres privados se consideran ahora inasequibles para las familias trabajadoras de ingresos medios en la mitad de Inglaterra.
Pero las diferencias regionales ofrecen la mejor pista. En pocas palabras, más jóvenes adultos viven con sus padres en las zonas donde más han subido los costes de la vivienda, especialmente en Londres. En regiones donde esos costes han aumentado mucho menos, como el noreste de Inglaterra, la proporción apenas ha cambiado en 20 años.
Incluso cuando los jóvenes adultos se despiden de sus padres, cada vez es más frecuente que se muden con amigos o parejas. La proporción de hogares unipersonales ha caído hasta apenas el 30%, frente al 35% en Francia y los Países Bajos, y al 40% en Alemania y Dinamarca.
Todo esto apunta a una escasez de viviendas. Se ha culpado a los sucesivos gobiernos de no haber garantizado que la oferta de viviendas se mantuviera al nivel de la demanda. El actual Gobierno promete construir 300.000 viviendas nuevas al año para mediados de la década de 2020, pero queda mucho por hacer. Según algunos cálculos, en Inglaterra hacen falta hasta 4 millones de viviendas más. Además, los autores del informe de Civitas sostienen que el número de jóvenes adultos que viven con sus padres ha ocultado la verdadera magnitud del déficit.
Los jóvenes británicos no son los únicos que sienten que se les excluye del mercado de la vivienda. En Estados Unidos, la llamada generación bumerán ha crecido desde la crisis financiera mundial: casi uno de cada cinco hombres de entre 25 y 34 años ha vuelto a vivir con sus padres (aunque solo una de cada ocho mujeres).
La edad media a la que los jóvenes adultos se van de casa varía enormemente, y las diferencias no pueden explicarse únicamente por factores económicos. En Europa, los escandinavos suelen abandonar el nido antes: los jóvenes suecos se independizan a una edad media de 21 años. Los padres italianos, griegos y españoles acogen a sus hijos durante mucho más tiempo, pero los países de la antigua Yugoslavia son los que más tardan en dejarles marchar: los montenegrinos suelen haber cumplido 32 años antes de mudarse.
En el resto del mundo influyen distintos factores culturales. En la India, donde es habitual que los hombres jóvenes permanezcan en el hogar familiar hasta el matrimonio, e incluso después, más del 80% de los jóvenes urbanos de veintitantos años todavía vive con sus padres.
En China, la expectativa cultural de que las personas cuiden de sus padres y abuelos a medida que envejecen también fomenta los hogares multigeneracionales. Sin embargo, en lo que puede interpretarse como una señal del estatus que se atribuye a la propiedad inmobiliaria, los millennials chinos tienen una de las tasas de propiedad de vivienda más altas del mundo.
Muchas culturas celebran que distintas generaciones vivan juntas, y cuando es una elección libre, también puede tener sentido desde el punto de vista económico. Pero si la falta de viviendas asequibles obliga a convivir, las consecuencias pueden ser de gran alcance: incluso pueden afectar a la salud mental de jóvenes adultos frustrados, a la seguridad económica de sus padres y a la armonía de toda la familia. Sobre todo si todavía se espera que mamá haga toda la colada.

