Un baby boom suele entenderse como un aumento sostenido de la tasa de natalidad, seguido de una disminución posterior. Estados Unidos, el Reino Unido y otras economías industrializadas solo han experimentado un baby boom de este tipo desde 1900: el que se produjo después de la Segunda Guerra Mundial.
Además, muchas economías actualmente en desarrollo como India, Pakistán y Tailandia, han experimentado un baby boom desde 1950 como resultado de un descenso sostenido de las tasas de mortalidad infantil y en la niñez, gracias a la mejora de la medicina y del saneamiento.
¿Cuál es, entonces, el impacto económico de estos baby booms? ¿Influyen los factores demográficos en el momento en que una economía crece o se contrae? ¿Aumentan los ingresos o hacen que caigan a medida que más jóvenes se incorporan a la fuerza laboral? Llevo 20 años estudiando el impacto de los baby booms en los salarios, el desempleo, los patrones de jubilación y el crecimiento del producto interior bruto (PIB). Aunque quedan algunas cuestiones sin responder, esto es lo que hemos aprendido hasta ahora.
Efecto negativo en el empleo
El impacto inicial de un baby boom es claramente negativo para los ingresos personales.
Los baby booms conducen inevitablemente a cambios en el tamaño relativo de los distintos grupos de edad –es decir, a un aumento de la proporción de adultos jóvenes frente a adultos mayores–, un fenómeno descrito por primera vez por el economista Richard Easterlin. (En estadística, una cohorte es un grupo de sujetos que han compartido un determinado acontecimiento durante un periodo de tiempo concreto.)
Estos efectos provocan un descenso de los ingresos de los varones jóvenes en relación con los trabajadores en plena edad activa, una tasa de desempleo más elevada, una tasa de participación laboral más baja y una menor prima salarial universitaria entre estos trabajadores más jóvenes.
Esto ocurre porque los trabajadores jóvenes son, por lo general, malos sustitutos de los mayores, de modo que el aumento de la oferta de jóvenes conduce a estos resultados negativos en el empleo.
En los años cincuenta, los varones jóvenes de nivel de entrada en Estados Unidos lograban ingresos iguales a los que tenían actualmente sus padres. Esto se debía al menor tamaño relativo de ese grupo de edad, consecuencia de las bajas tasas de natalidad de los años treinta. Pero en 1985 –más o menos cuando el pico del baby boom había entrado en el mercado laboral–, esa renta relativa había caído a 0,3; dicho de otro modo, los hombres de nivel de entrada ganaban menos de un tercio de lo que ganaban sus padres.
En los países en desarrollo, estos efectos del tamaño relativo de las cohortes –la reducción de los ingresos relativos de los varones jóvenes y el aumento de su tasa de desempleo– se multiplican por el impacto del desarrollo moderno, en especial el aumento del nivel educativo de las mujeres.
Además, la gran afluencia de baby boomers al mercado laboral estadounidense obligó a muchos trabajadores mayores, que de otro modo habrían seguido trabajando en «empleos puente» antes de jubilarse, a jubilarse antes de lo previsto. Así se explica que la edad media de jubilación de los hombres y de las mujeres descendiera en los años ochenta.
Este descenso de los ingresos en relación con los de sus padres y con sus propias aspiraciones materiales tiene una serie de repercusiones en la vida familiar. Provoca una reducción o retraso del matrimonio, una disminución de las tasas de fecundidad y un aumento de las tasas de participación femenina en la fuerza laboral, mientras los jóvenes luchan por responder a unas perspectivas empeoradas.
Del auge a la crisis … ¿y de nuevo al auge?
La reducción de los ingresos relativos –que Estados Unidos experimentó en los años sesenta y setenta– da lugar, por tanto, después a un «baby bust», ya que la gente retrasa la formación de una familia.
Se planteó la hipótesis de que estos baby booms podrían ser autorreplicantes, ya que la reducción de las tasas de natalidad en el extremo final del boom hacía que la cohorte siguiente fuera de menor tamaño, lo que conducía a mejores condiciones en el mercado laboral, un aumento de las tasas de natalidad y un «echo boom» en la generación siguiente.
Esta teoría se basaba en lo que originó el baby boom en primer lugar, cuando las favorables condiciones del mercado laboral de los años cincuenta surgieron como consecuencia del menor número de nacimientos durante los años treinta, lo que redujo la proporción entre adultos jóvenes y mayores.
Aunque el «echo boom» de los años 2000 supuso un aumento del número absoluto de adultos jóvenes, no elevó su tamaño de cohorte en relación con sus padres, porque las tasas de natalidad se han mantenido bastante estables y bajas desde el final del baby boom posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, esto no se ha traducido en unas condiciones laborales significativamente mejores, al menos no del tipo que experimentaron los adultos jóvenes en los años cincuenta y que dio lugar al baby boom. Las razones de este fenómeno aún no se han explicado.
Entonces, ¿puede el cambio demográfico provocar recesiones?
Otra forma de analizar los efectos de los cambios en la proporción de adultos jóvenes en la población consiste en observar las fluctuaciones del tamaño relativo de este grupo a lo largo del tiempo. Estas parecen tener un efecto significativo en la economía.
Cuando los jóvenes terminan el instituto y la universidad y montan sus propios hogares, generan nuevas demandas de vivienda, electrodomésticos, coches y todos los demás bienes asociados al inicio de una nueva vida adulta. Estos nuevos hogares no representan una parte importante del gasto total, pero sí constituyen una parte muy considerable del crecimiento anual del consumo total.
¿Qué ocurre, entonces, si, tras un periodo de crecimiento de este grupo de edad, la tendencia se invierte? Es probable que las industrias que cuentan con un fuerte crecimiento futuro se vean obligadas a reducir la producción y, a su vez, a recortar los pedidos a sus proveedores, que a su vez recortarán los pedidos a sus propios proveedores, generando un efecto bola de nieve en toda la economía.
Este panorama se ve respaldado por los patrones de los últimos 110 años, representados en el gráfico que se muestra a continuación.
El gráfico muestra la media móvil de tres años de la tasa anual de variación de la proporción de adultos jóvenes en Estados Unidos. Las líneas verticales rojas indican el inicio de las recesiones. Los datos posteriores a 2020 son proyecciones. Oficina del Censo de los Estados Unidos
La curva del gráfico representa una media móvil de tres años de la tasa anual de variación de la proporción de adultos jóvenes en la población estadounidense, según la Oficina del Censo de los Estados Unidos. Se consideran «adultos jóvenes» las personas de 15 a 19 años antes de 1950 y de 20 a 24 años en los años posteriores, dados los cambios en el nivel educativo a lo largo del tiempo. Esta curva se superpone a líneas verticales que marcan el inicio de las recesiones, tal como las define la Oficina Nacional de Investigación Económica.
Existe una correspondencia muy estrecha entre las líneas verticales y los picos de la curva, así como con los puntos en los que la curva se vuelve negativa. Además, el profundo valle entre 1937 y 1958 incluyó otras cuatro recesiones, y en el valle entre 1910 y 1920 se produjeron dos más (no señaladas en el gráfico). Las únicas recesiones de los últimos 110 años que no parecen corresponderse con rasgos de la curva son las de 1920, 1926 y 1960.
El patrón de causalidad –si es que existe– no puede ir de la economía a la demografía, ya que se trata de jóvenes nacidos más de 15 años antes de cada recesión económica. Además, se utiliza un desfase de un año en los grupos de edad para controlar posibles efectos migratorios de una recesión, es decir, cuántas personas abandonaron Estados Unidos como consecuencia de peores condiciones en el mercado laboral.
El hecho de que no se produjera una «doble recesión» en 2012, aunque la proporción de jóvenes descendió ese año, podría deberse al estímulo económico aplicado tras la recesión más reciente.
Alimento para futuras reflexiones
Evidentemente, existen otros muchos factores asociados a las crisis económicas, pero algunos aspectos de la regularidad empírica demostrada aquí pueden observarse en muchos países durante los últimos 50 años, especialmente en relación con las crisis financieras internacionales de 1980-82, 1992-94, 1996-98 y 2007-2008.
No se trata de afirmar que la demografía fuera la única causa de las recesiones, sino más bien que influyó en el momento en que se produjeron, dada una serie de otros posibles factores. Por ejemplo, ¿influyó en el momento en que estalló la reciente burbuja inmobiliaria? Esa pregunta aún no tiene respuesta, pero un estudio más profundo podría arrojar algo de luz.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica el respaldo de los puntos de vista por parte del Foro Económico Mundial.
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Autora: Diane J. Macunovich es catedrática de Economía en la Universidad de Redlands.
Imagen: Personas cruzan una calle en Tokio el 12 de julio de 2009. REUTERS/Stringer



