El mes pasado, muchos europeos (y quienes trabajamos en el ámbito de la sostenibilidad) nos indignamos por la retirada de una popular propuesta de reducción de residuos del programa de trabajo de 2015 de la Comisión Europea. El plan propuesto habría establecido nuevas normas de reciclaje en toda la UE, presionando a todos los Estados miembros para que desviaran todos los materiales reciclables de los vertederos antes de 2025 y alcanzaran una tasa de recuperación de residuos sólidos del 70 por ciento para 2030. Apodado el paquete de «economía circular», podría haber sido uno de los primeros cambios sistemáticos sustanciales impulsados por una entidad gubernamental para poner fin a la generación de residuos y mejorar la infraestructura de reciclaje de una región enorme.
La noticia de la retirada del plan es sin duda decepcionante, pero el revuelo mediático que suscitó este anuncio nos brinda la oportunidad de volver a examinar un concepto que antes solo conocían los ecologistas y expertos en sostenibilidad más fervientes (y, al parecer, los miembros del Parlamento Europeo): la economía circular. Es un concepto que últimamente ha ido recibiendo más atención, pero la mayoría de los consumidores aún parecen desconocer en qué consiste y cuál es su importancia.
¿Qué es exactamente la economía circular y por qué deberíamos intentar hacer la transición?
¿Qué es la economía circular?
Aunque los orígenes del término «economía circular» no están del todo claros, suele atribuirse al arquitecto suizo Walter Stahel el mérito de ser uno de los precursores del concepto. En la década de 1970, acuñó la idea de una estructura de producción «de la cuna a la cuna»; dicho de manera sencilla, un marco industrial en el que los insumos y productos de la producción se valoran como materias primas que pueden reutilizarse cíclicamente. En este modelo cíclico, los residuos de fabricación se consideran un nutriente para la producción, no un producto inútil de valor negativo.
La idea de Stahel fue una reacción al modelo de producción y consumo «de la cuna a la tumba» que aún predomina y que condena a la gran mayoría de los productos y recursos a los vertederos y las incineradoras.
En el modelo lineal, se extraen materiales del medioambiente, se procesan y refinan, y luego se convierten en productos de consumo que inevitablemente se desechan en un vertedero o una incineradora. Esta forma definitiva de eliminación desperdicia por completo la energía invertida en extraer materias primas y fabricar productos, a la vez que desperdicia los productos refinados del proceso de fabricación (por ejemplo, producir plástico muy refinado para luego dejar que termine en un vertedero). El resultado es una industria de productos de consumo centrada en productos baratos y reemplazables sin fin, y una oferta cada vez menor de recursos finitos.
Un sistema circular rechaza por completo el modelo lineal y favorece productos y materiales de calidad que puedan reutilizarse en lugar de desecharse. Se eliminan los productos inútiles, ya que los productos se diseñarían con la intención de reutilizarlos en la cadena de suministro y reacondicionarlos para volver a ponerlos a disposición de los consumidores. La producción «de la cuna a la cuna» es solo un componente de la economía circular, cuyo objetivo último es que los propios productos se reutilicen cíclicamente. Las empresas serían responsables de recuperar los productos después del consumo y reacondicionarlos para su reutilización, de modo que no se generen residuos y se mantengan los materiales de alta calidad del producto. La mayor ventaja es que este modelo elimina sistemáticamente todos los residuos, tanto los posteriores al consumo como los de producción.
Sentido de urgencia y barreras de entrada
La necesidad de un sistema circular de este tipo es más urgente de lo que podría parecer. En este planeta contamos con una reserva limitada de materias primas y, en todo el mundo, veremos surgir cerca de 3.000 millones de personas más de clase media ávidas de productos en los próximos 15 años. A mediados del siglo XXI, habrá 9.000 millones de personas en el planeta.
Sin cambios sistémicos serios, no podemos esperar mantener una oferta suficiente para satisfacer ese nivel de demanda.
Además, ni siquiera reciclamos lo necesario para empezar a reducir seriamente nuestra dependencia de los materiales vírgenes. Estados Unidos recupera alrededor del 35 por ciento de los residuos sólidos que genera cada año. La tasa de China ronda esa misma cifra. Algunos países europeos tienen tasas de recuperación de alrededor del 50 o 60 por ciento (Austria, Alemania, Suiza y los Países Bajos), mientras que en otros apenas llegan a cifras de un solo dígito. Muchas regiones en desarrollo, especialmente en algunas zonas de América del Sur y África, ni siquiera cuentan con una infraestructura de reciclaje digna de mención. Hacer viables prácticas más circulares empieza por recoger los materiales reciclables que ya estamos generando.
El consumismo y el materialismo arraigado socialmente también han sido obstáculos para el progreso, pues han llevado a muchos consumidores a desarrollar actitudes increíblemente derrochadoras hacia los productos y otros materiales que siguen siendo útiles. El estadounidense promedio, por ejemplo, tira más de 60 libras de ropa al año, y la mayor parte no se recicla. Incluso se fabrican productos como los cubiertos de plástico con la eliminación como una de sus funciones. Al fin y al cabo, los productos increíblemente baratos simplemente pueden sustituirse, así que la mayoría de los consumidores no tiene ningún incentivo real para cambiar sus hábitos.
El futuro de la economía circular
Los beneficios de los modelos de producción circular y de las soluciones circulares para los residuos son demasiado atractivos como para ignorarlos. Los fabricantes se beneficiarían de una mayor seguridad en la cadena de suministro, pues tendrían control directo sobre los insumos y productos de sus materias primas. Se abandonarían las materias primas insostenibles, como los combustibles fósiles, en favor de las renovables. Con un sistema establecido para recoger y reprocesar adecuadamente los residuos preconsumo y posconsumo de una empresa, los costos de fabricación también podrían desplomarse, y el ahorro resultante se trasladaría después a los consumidores. Los fabricantes prestarían más atención a la calidad de un producto, ya que este acabaría remanufacturándose o reacondicionándose, lo que favorecería el uso de materiales muy refinados, con menos toxinas y mayor durabilidad. Es una victoria para los consumidores, los productores y el medioambiente.
Aun así, todo este pensamiento idealista plantea la pregunta: ¿cómo hacemos viable una economía circular? En primer lugar, debemos reducir seriamente nuestros niveles de consumo y nuestra demanda de productos desechables. Los plásticos no duraderos son una de las mayores preocupaciones; las 5 billones de piezas de plástico que flotan en todos los océanos de la Tierra deberían bastar para demostrarlo. Reducir la demanda de productos desechables en favor de alternativas duraderas podría aumentar drásticamente la vida útil promedio de nuestros productos y fortalecer el mercado de productos duraderos.
También debemos empezar a mejorar nuestra infraestructura actual de reciclaje y a desarrollar nuevas estrategias circulares para los residuos. Una forma de facilitarlo es mediante la acción gubernamental: la legislación sobre responsabilidad ampliada del productor, los impuestos a los vertederos y los programas de gestión de residuos financiados por el Estado son formas viables de incentivar alternativas a la eliminación total en vertederos e incineradoras. Esto podría impulsar el sector del reciclaje, generar empleos en él y propiciar una mayor innovación en toda la industria.
Las soluciones circulares para los residuos también son de vital importancia, por limitadas que sean al principio. Por ejemplo, mi empresa, TerraCycle, puede desarrollar programas de reciclaje para residuos posconsumo que los programas municipales de reciclaje no suelen aceptar. En nuestra colaboración con 3M, por ejemplo, se recogen dispensadores de cinta adhesiva usados y residuos relacionados (núcleos de cinta, envases, etc.) y se envían de vuelta a 3M para reprocesarlos y convertirlos en nuevos productos. Todo empieza con los consumidores, que se inscriben gratis en el programa de reciclaje y comienzan a recoger en casa los residuos de sus dispensadores de cinta adhesiva y sus envases. Una vez que han acumulado suficientes residuos, los envían para que se reutilicen. El programa está patrocinado por 3M, así que el envío también es gratuito para los consumidores. Por ahora es una estrategia a pequeña escala, pero demuestra que existe un método y un incentivo para que las empresas empiecen a cerrar el ciclo.
Hoy existen otros ejemplos que muestran que estamos dando pasos en la dirección correcta. Renault, el fabricante francés de automóviles, ya reacondiciona y reutiliza piezas de automóviles, como motores y cajas de cambios. La mayoría de los fabricantes de productos electrónicos ya ofrecen programas de devolución de sus dispositivos, que suelen contener metales valiosos y componentes eléctricos. En San José, California, digestores anaerobios están convirtiendo los residuos orgánicos de empresas locales en una forma de energía renovable. Imaginen que todas las empresas tuvieran la oportunidad de convertir sus residuos orgánicos en energía.
Los ejemplos anteriores son relativamente pequeños y de alcance limitado, pero muestran dónde empiezan a aparecer las grietas del actual sistema lineal. Y si el fallido paquete de economía circular de la UE nos deja alguna enseñanza positiva, es que los actores políticos e industriales por fin empiezan a tomar nota de la urgencia que afrontamos (y hemos afrontado) en este planeta.
Este artículo se publica en colaboración con Medium. La publicación no implica el respaldo del Foro Económico Mundial a las opiniones expresadas.
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Autor: Tom Szaky es fundador y director ejecutivo de TerraCycle
Imagen: Un trabajador suelda barras de acero en una obra en Hefei, provincia de Anhui. REUTERS/Stringer



