Las graves disrupciones económicas están llevando a los países a reevaluar el papel del gobierno en la planificación económica y a centrarse en el uso de la política industrial para remodelar las economías.
El envejecimiento de la población puede tensionar los sistemas fiscales, mientras que la automatización transforma los mercados laborales. Esto impulsa la productividad, pero corre el riesgo de aumentar la desigualdad a través del desplazamiento de empleos.
Las economías en desarrollo podrían tener dificultades para replicar el crecimiento impulsado por las exportaciones, ya que la automatización reduce el valor de las grandes fuerzas laborales de bajo coste, lo que altera los flujos de capital y las cadenas de suministro.
La historia demuestra que las graves disrupciones económicas pueden llevar a los países a replantearse el papel del gobierno en el mercado. Tras las disrupciones de los últimos cinco años, impulsadas por la pandemia de COVID-19 y la invasión rusa de Ucrania, hay indicios de que ya se está llevando a cabo esa revisión.
Los responsables políticos de todo el mundo están prestando nueva atención a cómo se logra el crecimiento y están utilizando la política industrial para cambiar la estructura de la economía.
Las políticas económicas del presidente Biden han movilizado la financiación pública en Estados Unidos para acelerar la transición ecológica y remodelar las cadenas de suministro. Los líderes europeos han adoptado políticas similares.
El economista italiano y antiguo presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en su reciente informe sobre el futuro de la competitividad europea prevé un aumento drástico de la inversión estatal como parte de una nueva política industrial.
Junto con la renovada adopción de la política industrial en países que antes se habían alejado de este tipo de intervención, los gobiernos también recurren al arte de gobernar la economía (statecraft económico) para abordar los desequilibrios percibidos en la economía mundial.
Podría decirse que la aplicación desigual de las políticas industriales nacionales en el núcleo del sistema comercial mundial ha provocado un creciente interés por la política industrial en lugares como Estados Unidos, donde había quedado relegada durante décadas. Los responsables políticos estadounidenses y europeos han impuesto recientemente aranceles y controles de exportación, dirigidos principalmente contra China.
Por su parte, China ha renovado su enfoque en la “autosuficiencia”. Justifica estas medidas por la falta de control sobre la producción y las cadenas de suministro, y por razones de seguridad nacional relacionadas con el acceso a tecnologías sensibles.
A medida que los gobiernos buscan remodelar los mercados, reorganizar las cadenas de suministro y redistribuir las ganancias comerciales, es menos probable que los beneficios del crecimiento se compartan entre fronteras, ya que los países se centran en la distribución nacional.
Desde hace tiempo, muchos responsables de la política económica mundial buscan revitalizar el crecimiento ante los cambios demográficos y la transformación tecnológica. Sin embargo, el crecimiento mundial se encuentra en su nivel más bajo en décadas, y la desaceleración está retrasando la convergencia de los niveles de vida entre las economías desarrolladas y las en desarrollo.
Equilibrar los cambios demográficos y la automatización
La expectativa era que el resurgimiento de la productividad y la renovada formación de capital pudieran revitalizar el crecimiento.
Las economías desarrolladas (más China) necesitan crecimiento de la productividad para reemplazar a los trabajadores que envejecen. Las economías en desarrollo necesitan un crecimiento de la productividad que surja de empleos mejorados y conduzca a mejores niveles de vida, lo que tradicionalmente ha significado pasar del sector agrícola a la industria manufacturera y luego a los servicios.
Estos dos objetivos pueden entrar en conflicto debido a la combinación de una tendencia demográfica, el envejecimiento, y una fuerza tecnológica, la automatización.
Desde la década de 1970, una oferta laboral mundial abundante ha impulsado un crecimiento económico generalmente sólido. Pero hoy en día, la mayor parte de la fuerza laboral mundial envejece rápidamente, lo que pone fin a esta era.
A medida que la población en edad de trabajar de muchos países envejece y se jubila, los gobiernos se enfrentarán a grandes retos fiscales derivados del aumento de los costes sanitarios y de las pensiones. Al margen de las presiones fiscales, las tendencias demográficas podrían favorecer a los trabajadores a corto plazo al sostener el crecimiento salarial.
Esta afirmación es especialmente válida en las economías avanzadas, donde la inversión en manufactura está aumentando a medida que los responsables políticos utilizan la financiación pública para “atraer” (crowd-in) inversiones en nuevas fábricas, especialmente en las que producen tecnologías avanzadas.
Estas tendencias concurrentes deberían beneficiar a los trabajadores de cualificación media a baja en las economías avanzadas, que en las últimas décadas han sufrido salarios estancados. Debido a la sencilla lógica económica de mayor demanda y menor oferta, estos trabajadores deberían experimentar un aumento de sus ingresos.
Pero la demografía no es la única fuerza en movimiento. También estamos entrando en una nueva fase de automatización cada vez más acelerada, impulsada por la robótica, los sensores, el aprendizaje automático y una inteligencia artificial más avanzada (por ejemplo, la IA generativa).
Estas nuevas tecnologías de automatización generarán mayores ganancias de eficiencia y podrían eliminar empleos y tareas repetitivas que desgastan el cuerpo o la mente.
Estas tecnologías también podrían resolver los retos de oferta que plantea una fuerza laboral envejecida, pero también podrían generar un reto de demanda. El potencial productivo aumentará, aunque el desplazamiento de empleos podría dejar a algunos trabajadores sin empleo y deprimir los salarios de otros.
El arma de doble filo de la automatización
Mientras tanto, los beneficios de la automatización fluirán en gran medida hacia el 20 % superior de los trabajadores, formado por trabajadores muy bien remunerados y altamente cualificados, y por los propietarios del capital. Estos trabajadores cualificados podrían escasear cada vez más. Como resultado, la automatización podría aumentar la desigualdad de ingresos y, por extensión, la desigualdad de la riqueza en las economías desarrolladas.
En el otro extremo del espectro, los mercados en desarrollo que aspiran a copiar el modelo de crecimiento impulsado por las exportaciones de Japón, de los Tigres Asiáticos (Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong) y de China se enfrentan a un nuevo dilema.
Al deprimir los salarios en las economías avanzadas, la automatización puede reducir la demanda de exportaciones. Pero incluso si los salarios de las economías avanzadas no se ven afectados, la automatización podría alterar los modelos de crecimiento.
Durante el período de globalización, el capital solía seguir a la demografía, fluyendo de los países más envejecidos a los más jóvenes. Estos flujos de capital y la transferencia tecnológica asociada permitieron el crecimiento de los sectores manufactureros en las economías en desarrollo.
Sin embargo, la expansión de la automatización debería reducir el valor de las grandes reservas de mano de obra indiferenciada a medida que aumenta la productividad del capital, creando un sustituto más barato del trabajo.
Si la automatización ralentiza las entradas de capital, frenaría el crecimiento impulsado por la manufactura en gran parte del mundo en desarrollo. Al mismo tiempo, las nuevas tecnologías están en condiciones de hacer que la manufactura a menor escala sea más rentable, lo que permitiría a las economías desarrolladas depender más de la producción localizada y menos de las instalaciones manufactureras de los mercados en desarrollo.
En definitiva, junto con las nuevas dinámicas competitivas introducidas por la adopción de políticas industriales, la combinación de fuerzas demográficas, representadas por el envejecimiento de la población, y de fuerzas tecnológicas, como la automatización, hará más difícil repartir equitativamente los beneficios del crecimiento.
Los responsables políticos están muy centrados en mejorar la composición estructural del crecimiento, haciéndolo más sostenible y seguro. Sin embargo, no deberían perder de vista la importancia de garantizar que los beneficios del crecimiento sigan repartidos de forma amplia.
Los autores, Karen Harris y Esfandyar Batmanghelidj, son miembros del Consejo Global de Futuro sobre el Futuro del Crecimiento.



