Cómo el PIB distorsiona nuestra visión de lo que es importante

A worker cycles near a factory at the Keihin industrial zone in Kawasaki, Japan, November 15, 2017. REUTERS/Toru Hanai - RC19CAF40440
A worker cycles near a factory in JapanImage: REUTERS/Toru Hanai
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Lo que medimos afecta a lo que hacemos. Si nos centramos únicamente en el bienestar material –por ejemplo, en la producción de bienes, en lugar de en la salud, la educación y el medio ambiente–, nos distorsionamos de la misma forma en que se distorsionan estas medidas; nos volvemos más materialistas.

Hace poco menos de diez años, la Comisión Internacional para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social publicó su informe, Medir mal nuestras vidas: por qué el PIB no cuadra. El título lo resumía: el PIB no es una buena medida del bienestar. Lo que medimos afecta a lo que hacemos y, si medimos lo incorrecto, haremos lo incorrecto. Si nos centramos únicamente en el bienestar material –por ejemplo, en la producción de bienes, en lugar de en la salud, la educación y el medio ambiente–, nos distorsionamos de la misma forma en que se distorsionan estas medidas; nos volvemos más materialistas.

Nos sentimos más que satisfechos con la acogida de nuestro informe, que impulsó un movimiento internacional de académicos, de la sociedad civil y de gobiernos para construir y emplear indicadores que reflejaran una concepción más amplia del bienestar. La OCDE ha construido el Índice para una Vida Mejor, que contiene una serie de indicadores que reflejan mejor qué constituye el bienestar y qué lo genera. También respaldó a un sucesor de la Comisión, el Grupo de Alto Nivel de Expertos sobre la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social. La semana pasada, en el sexto Foro Mundial de la OCDE sobre Estadística, Conocimiento y Políticas, celebrado en Incheon (Corea del Sur), el Grupo publicó su informe, Más allá del PIB: medir lo que cuenta para el desempeño económico y social.

Image: Informe de la OCDE sobre medición del bienestar 2017

El nuevo informe destaca varios temas, como la confianza y la inseguridad, que solo habían sido abordados brevemente en Medir mal nuestras vidas, y analiza otros, como la desigualdad y la sostenibilidad, con mayor profundidad. Además, explica cómo los indicadores inadecuados han dado lugar a políticas deficientes en muchos ámbitos. Mejores indicadores habrían revelado los efectos muy negativos y posiblemente duraderos de la profunda recesión posterior a 2008 sobre la productividad y el bienestar; en ese caso, es posible que los responsables de las políticas no se hubieran mostrado tan entusiasmados con la austeridad, que redujo los déficits fiscales, pero disminuyó aún más la riqueza nacional, medida correctamente.

Los resultados políticos en Estados Unidos y en otros muchos países en los últimos años han reflejado el estado de inseguridad en el que viven muchos ciudadanos corrientes, a la que el PIB presta escasa atención. Un conjunto de políticas centradas de forma restrictiva en el PIB y en la prudencia fiscal ha alimentado esta inseguridad. Pensemos en los efectos de las «reformas» de las pensiones que obligan a las personas a asumir más riesgos, o de las «reformas» del mercado laboral que, en nombre de impulsar la «flexibilidad», debilitan la posición negociadora de los trabajadores al dar a los empleadores más libertad para despedirlos, lo que a su vez conduce a salarios más bajos y a más inseguridad. Los mejores indicadores sopesarían, como mínimo, estos costes frente a los beneficios, lo que posiblemente obligaría a los responsables de las políticas a acompañar tales cambios con otras medidas que refuercen la seguridad y la igualdad.

Impulsado por Escocia, un pequeño grupo de países ha formado ahora la Alianza de la Economía del Bienestar. La esperanza es que los gobiernos que sitúen el bienestar en el centro de su agenda reorienten sus presupuestos en consecuencia. Por ejemplo, un gobierno de Nueva Zelanda centrado en el bienestar dedicaría más atención y recursos a la pobreza infantil.

Los mejores indicadores también se convertirían en una herramienta de diagnóstico importante, al ayudar a los países tanto a identificar problemas antes de que las cosas se descontrolen como a seleccionar las herramientas adecuadas para abordarlos. Si Estados Unidos, por ejemplo, se hubiera centrado más en la salud y no solo en el PIB, el descenso de la esperanza de vida entre quienes no tienen estudios universitarios, y especialmente entre quienes viven en las regiones desindustrializadas de Estados Unidos, habría sido evidente hace años.

Del mismo modo, las métricas de igualdad de oportunidades solo han revelado recientemente la hipocresía de la afirmación de Estados Unidos de ser una tierra de oportunidades: sí, cualquiera puede salir adelante, siempre que haya nacido en el seno de una familia blanca y rica. Los datos revelan que Estados Unidos está plagado de las llamadas trampas de la desigualdad: quienes nacen en la base de la pirámide tienen muchas probabilidades de permanecer allí. Si queremos eliminar estas trampas de la desigualdad, primero debemos saber que existen y, después, determinar qué las crea y qué las mantiene.

Hace algo más de un cuarto de siglo, el presidente de Estados Unidos Bill Clinton hizo campaña con una plataforma de «poner a las personas en primer lugar». Es notable lo difícil que resulta hacerlo, incluso en una democracia. Los intereses corporativos y otros intereses especiales siempre buscan asegurarse de que los suyos vayan primero. La enorme reducción de impuestos aprobada por la administración Trump en esta misma época del año pasado es un ejemplo, por excelencia. Las personas comunes –la clase media, cada vez menor pero aún muy numerosa– deben soportar una subida de impuestos, y millones perderán el seguro de salud, para financiar una rebaja fiscal para los multimillonarios y las empresas.

Si queremos poner a las personas en primer lugar, debemos saber qué les importa, qué mejora su bienestar y cómo podemos proporcionar más de lo que sea eso. La agenda de medición de Más allá del PIB seguirá desempeñando un papel fundamental para ayudarnos a alcanzar estos objetivos cruciales.

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