Se suele asumir que una mayor igualdad, por muy atractiva que sea desde el punto de vista moral, es perjudicial para la prosperidad económica. Los incentivos son los que impulsan las economías capitalistas que funcionan bien: cuando todos obtienen los mismos ingresos, los esfuerzos por ser productivos o por realizar inversiones rentables se debilitan y el motor de la economía de mercado se ralentiza. De ello se deduce que las políticas fiscales redistributivas serán especialmente dañinas: la consiguiente reducción de la desigualdad frenará el crecimiento, y los impuestos que se utilizan para generar equidad debilitarán los incentivos, socavando la eficiencia económica y la base de una prosperidad duradera.
Cada vez surgen más pruebas que sugieren que ninguno de estos dos supuestos debe darse por sentado.
A largo plazo, los países que han logrado limitar la desigualdad excesiva son los que disfrutan de un crecimiento más rápido y más sostenible. Lo segundo es especialmente importante: lo que permite a los países más pobres cerrar la brecha con las naciones industrializadas no es la capacidad de iniciar un crecimiento, sino la capacidad de sostener un crecimiento razonablemente elevado durante periodos de muchos años, o incluso décadas. Muchos factores pueden ayudar en este sentido (la apertura al comercio, la apertura a la inversión extranjera directa, la estabilidad política y la estabilidad macroeconómica, es decir, mantener la inflación y los déficits fiscales moderados y evitar los ciclos crediticios de auge y caída), pero lo que estamos aprendiendo es que un ingrediente fundamental de esta combinación, una pieza clave del panteón, por así decirlo, es mantener la desigualdad bajo control.
Es cierto que existe una “desigualdad buena”. Cuando China abrió su economía hace muchas décadas, experimentó un rápido despegue del crecimiento económico, pero también un fuerte aumento de la desigualdad. Hasta cierto punto, este aumento fue probablemente un componente esencial de su despegue (desigualdad buena) y un precio que valió la pena pagar por las mejoras en el nivel de vida de cientos de millones de chinos.
Pero también existe una desigualdad mala que se traduce en una serie de males económicos y sociales: falta de acceso a la educación, la salud, la nutrición y los mercados de crédito; una falta de cohesión social que hace muy difícil que las sociedades se adapten en tiempos difíciles; y una inestabilidad política que frena la inversión. Más perniciosa aún es que una desigualdad elevada suele ir de la mano de la falta de derechos políticos para amplios sectores de la sociedad, que quedan excluidos del proceso político, el cual luego establece las reglas del capitalismo de mercado de forma que favorece a las élites económicas y políticas, agravando aún más un círculo vicioso de desempoderamiento político y económico.
Dado que la redistribución es un poderoso antídoto contra la desigualdad excesiva o “mala”, cabe preguntarse si es un remedio que merece su precio. Una percepción habitual es que causa más daño (al mermar los incentivos) que beneficio (al promover la igualdad).
¿Pero está justificado el temor a la redistribución? Quizá lo esté en algunos casos, pero lo que muestra mi trabajo es que, de media (en muchos países y a lo largo de numerosos periodos), las políticas fiscales redistributivas (de impuestos y transferencias) que han aplicado los países (avanzados y en desarrollo) no han sido perjudiciales. Una objeción clave a las políticas redistributivas es que dañan la eficiencia económica, pero el daño, de media, parece ser reducido, salvo que la redistribución sea extrema. Y el aumento consiguiente de la igualdad tiene un efecto protector notablemente sólido tanto sobre el nivel como sobre la sostenibilidad del crecimiento económico.
Muchas personas afirman que la redistribución es una receta de políticas socialistas desacreditadas y que existen formas mucho mejores de abordar la desigualdad. Mejorar la educación; ofrecer un acceso mejor y más amplio a la atención sanitaria y a la nutrición; mejorar el acceso a los mercados de crédito mediante políticas de inclusión financiera; facilitar que los menos afortunados accedan a bienes públicos como internet, la telefonía móvil, el agua potable y el saneamiento, la electricidad, etc. (mediante una provisión más amplia de dichos bienes por parte del gobierno). La redistribución no es más que una limosna con otro nombre: permite a la gente sobrevivir, en lugar de darle los medios para mejorar su situación.
Pero ¿por qué debe elegirse entre ambos enfoques? ¿Por qué no combinarlos: políticas redistributivas y otros enfoques, como una mejor atención sanitaria, educación, nutrición, acceso al crédito y provisión de bienes públicos? Una razón para descartar la redistribución es que podría ser directamente perjudicial.
Pero los datos macroeconómicos no respaldan esa idea: las políticas redistributivas, salvo que sean extremas, parecen no tener los efectos desincentivadores que preocupaban a algunos. Y, al mejorar la igualdad, en realidad ayudan a sostener el crecimiento y respaldan otras políticas y la autoayuda, al permitir que las personas menos favorecidas accedan a una mejor educación, a una mejor atención sanitaria y a una nutrición adecuada. De hecho, en varios países avanzados que han logrado mantener la desigualdad neta (después de impuestos y transferencias) en niveles relativamente bajos, tanto la redistribución como las políticas orientadas a promover la inclusión y a reducir la desigualdad de mercado (antes de impuestos y transferencias) han desempeñado un papel destacado.
No deben menospreciarse las políticas fiscales redistributivas como un callejón sin salida hacia el fracaso del socialismo. Al contrario, en muchas circunstancias pueden constituir un componente esencial de la solución para lograr resultados de crecimiento inclusivo con equidad. No son incompatibles con la provisión más amplia de bienes públicos como receta para aumentar la inclusividad del crecimiento económico. Y tampoco son incompatibles con un capitalismo de mercado sólido y saludable, como demuestra claramente el ejemplo de los enfoques escandinavos. La disyuntiva entre redistribución y una mayor provisión de bienes públicos para promover la inclusión es falsa. Ambas pueden ayudar.
La Summit on the Global Agenda 2015 tendrá lugar en Abu Dabi del 25 al 27 de octubre
Autor: Jonathan D. Ostry, subdirector del Departamento de Investigación del FMI. Miembro del Meta-Council on Inclusive Growth del Foro Económico Mundial. Las opiniones expresadas son las del autor y no deben atribuirse al FMI, a su Consejo Ejecutivo ni a su dirección.
Imagen: Un hombre mira escaparates mientras una mujer limpia el exterior de una tienda de ropa en Madrid, el 26 de septiembre de 2014. REUTERS/Susana Vera




