La desigualdad no es inevitable. Esto es lo que podemos hacer de otra manera

Protesters, organized by Good Jobs LA and Occupy Los Angeles, demonstrate in the downtown financial district of Los Angeles, California November 17, 2011. Anti Wall Street greed protests as part of the National Day of Action for the 99% are taking place in various cities throughout the nation, including New York, Chicago, Washington, DC, Seattle, Minneapolis, Milwaukee, Houston and Miami. REUTERS/David McNew (UNITED STATES - Tags: CIVIL UNREST BUSINESS POLITICS) - GM1E7BI0B0001
The financial crisis resulted in rising inequality within advanced economies.Image: REUTERS/David McNew
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Una mañana de 1914, Henry Ford hizo un anuncio que conmocionó a Estados Unidos, por no decir al mundo entero. Un periódico de Cleveland informó de que aquello “se disparó como un cohete cegador a través de las nubes oscuras de la actual depresión industrial”. Con el objetivo de combatir la rotación de personal y mejorar la productividad, él más que duplicó los salarios de la mayoría de sus trabajadores, hasta 5 dólares al día. La medida no solo supuso un marcado aumento de la producción por trabajador y de la lealtad hacia la empresa, sino que también permitió a los empleados de Ford comprarse sus coches.

Con ello, el empresario estadounidense contribuyó a establecer lo que se convertiría en la fórmula social que definiría el siglo XX: los trabajadores son consumidores. Así, Henry Ford no solo dio origen a la industria del automóvil –“la industria de las industrias”–, sino también a la economía de consumo masivo de las décadas de posguerra, la edad de oro de la clase media.

Un mundo fracturado

Aquellos tiempos quedaron muy atrás. Tras la crisis financiera, la Gran Recesión y las convulsiones políticas de 2017, todos conocemos las historias del aumento de la desigualdad en las economías avanzadas.

Las estadísticas cruciales en este sentido son el marcado descenso de la proporción de la renta total que va a parar a los salarios, en comparación con los rendimientos del capital. En términos más sencillos, la riqueza generada por nuestro poderoso sistema económico se dirige cada vez más hacia quienes ya poseen mucha.

Image: Bruegel

Si los trabajadores han salido perdiendo, podría decirse que los consumidores han obtenido considerables ganancias. Los precios de una gran variedad de bienes y servicios han bajado, desde ordenadores y ropa cada vez más baratos hasta vuelos y alimentación de bajo coste. Las empresas emblemáticas de nuestra era, sobre todo Google, Amazon, Facebook y Apple, ofrecen una gran experiencia de cliente o servicios gratuitos, cuando no ambas cosas.

Sin embargo, olvidamos la lección fundamental de Ford: la mayoría de los consumidores, que son quienes impulsan el crecimiento económico, también son trabajadores. Perder la conexión entre ambos está creando un profundo desequilibrio, no solo en nuestra economía, sino también en nuestra sociedad y en nuestra política. La ecuación dorada del siglo pasado se ha roto y ha sido sustituida por desigualdades cada vez mayores.

A primera vista, este proceso parece imparable. Por un lado, el consumidor es el rey, y a un consumidor siempre le agrada pagar menos por el mismo bien o servicio. Con una competencia feroz a escala global, parece natural que las empresas intenten entonces mantener los precios bajos para conservar o aumentar su cuota de mercado. Y para mantener los precios bajos, la única opción parece ser contener los salarios o despedir directamente a los empleados y sustituirlos por máquinas. Sin embargo, la economía no funcionaba así en las décadas doradas del fordismo. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Una pésima decisión

Por supuesto, existen multitud de factores que contribuyen a ello. La liberalización del comercio y la automatización del empleo, en muchos aspectos desarrollos positivos, suelen considerarse los dos principales impulsores de la desigualdad.

Sin embargo, lo que a menudo olvidamos es que la globalización y la tecnología no son tendencias inevitables ni neutrales. Han sido moldeadas por la mentalidad política de los centros de poder mundiales, como Washington, Londres y Bruselas. Dado que el orden mundial ha sido en gran medida configurado por gobiernos democráticos durante los 30 años que transcurrieron entre el declive de la URSS y el auge de China, el mundo actual es el resultado de una elección muy clara que, como sociedad, hemos hecho.

¿Qué elección? El grupo de multimillonarios y premios Nobel que denuncian la financiarización de nuestra economía y los desequilibrios del turbocapitalismo es amplio y crece. En su reciente libro “WTF?”, el gurú tecnológico y futurólogo Tim O’Reilly describe la economía global como impulsada por un algoritmo sencillo: el valor para el accionista por encima de todo, sin importar el coste humano.

En efecto, ¿realmente no tenemos más remedio que gravar el trabajo con más intensidad que el capital; o reprimir a los sindicatos mientras se permite a los súper ricos esconder su dinero en Panamá; o dejar que los banqueros responsables del crac de 2008 se marchen con millones mientras los contribuyentes pagan la factura? Incluso en Francia, la economía avanzada más socialista del mundo, el 1 % paga proporcionalmente menos impuestos que la mitad más pobre de la población. En Estados Unidos, los beneficios empresariales están en máximos históricos, al igual que la deuda estudiantil.

Disrupción política

Nada de esto es inevitable. El problema es que no podemos simplemente dar marcha atrás en el reloj. Los fundamentos tecnológicos de nuestra economía están experimentando una transformación estructural. Así como el éxito de Ford dio paso a una nueva era basada en la producción y el consumo en masa, hoy la Cuarta Revolución Industrial está dando a luz un mundo nuevo y valiente.

La digitalización afectará pronto a cualquier sector, desde la energía y el transporte hasta la sanidad y la banca. Quienes miran con nostalgia hacia los años setenta solo demuestran lo que afirmó la académica Carlota Pérez: que las instituciones y la sociedad siempre van por detrás de los cambios en el “paradigma tecnoeconómico”. Para que la clase media vuelva a ser grande, deberíamos mirar hacia el futuro, en lugar de levantar muros contra el tiempo.

En otras palabras, la fórmula ganadora del siglo XX, según la cual los consumidores equivalen a trabajadores, ha desaparecido para siempre. ¿Qué podría reemplazarla? La idea más popular es la renta básica universal (RBU), que en esencia consiste en gravar a los ricos y a los robots para garantizar a todos una asignación básica.

No estoy convencido. O’Reilly tiene razón al decir que sería solo un parche sobre un sistema roto. Creo que la RBU simplemente consolidaría la desigualdad de forma permanente, permitiendo que la gente siguiera consumiendo, pero olvidando sus oportunidades de llegar a la cima gracias al talento y al trabajo duro. Más que la solución, la RBU sería la campana que anuncia la muerte oficial del sueño americano.

¿Cómo sería entonces el Nuevo Trato de la era digital? Definir los detalles correctamente requerirá mucha reflexión y experimentación, pero la nueva fórmula social debería ser que los consumidores equivalen a propietarios. La producción distribuida y el crecimiento deben sustituir al pleno empleo como nueva base de una clase media próspera.

Deberíamos recibir micropagos, habilitados por tecnologías como la cadena de bloques, por los datos que cedemos gratuitamente a cambio de acceso a las plataformas digitales. Los hogares podrían ser propietarios de paneles solares e impresoras 3D, en lugar de tener que comprar energía y bienes básicos. Y las crecientes filas de trabajadores autónomos de la economía de los pequeños encargos podrían recibir participaciones como compensación, trabajando para distintas empresas de forma flexible, pero con un flujo constante de ingresos al que recurrir.

Esta fórmula preserva la libertad fundamental de la propiedad privada, pero evita concentraciones insostenibles de riqueza. Ni comunismo ni plutocracia, sino más bien se trata de salvar al capitalismo de sí mismo.

Para tomar prestada una gran analogía, la desigualdad es como el colesterol: existen dos tipos, uno bueno y otro malo. El bueno consiste en acertar con los incentivos: los talentosos y los trabajadores deben ser recompensados generosamente por sus creaciones, innovaciones y descubrimientos que benefician a toda la sociedad. El malo es lo que cada vez vemos más hoy en día: ganancias desproporcionadas para una élite que se vuelve gradualmente lo bastante poderosa como para convertirse en una nueva oligarquía. Como en el fordismo, podemos volver a tener lo primero sin lo segundo, gracias a una fórmula social adecuada a la era digital.

Basta imaginar, una mañana de 2019, que el consejero delegado de Uber hace un anuncio asombroso. La noticia se difunde al instante por las redes sociales: aún queda algo de esperanza en un mundo cada vez más fracturado. Presionada por la reacción política y por niveles insostenibles de rotación de conductores, Uber decide conceder microparticipaciones a todos sus conductores. También les ofrece ayuda financiera para comprar un vehículo eléctrico y autoconducido y alquilárselo a la empresa.

Esta visión no es imposible, si logramos el tipo de disrupción política adecuado.

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