Los movimientos juveniles funcionan. Basta con mirar el Acuerdo de París sobre el cambio climático

Devotees arrive to celebrate Rash Festival at Dublar Char in the Sundarbans November 10, 2011. Hindus celebrate the month-long festival of Rash Mela in honour of the love between Lord Krishna and Radha. The festival also marks the end of summer monsoons and the start of the fishing season when fishermen, who constitute most of the islands' menfolk, dry the fish that they catch. Picture taken on November 10, 2011. REUTERS/Andrew Biraj (BANGLADESH - Tags: ANNIVERSARY RELIGION SOCIETY) - RTR2TXF5
The Sundarbans mangrove forest is under threat.Image: REUTERS/Andrew Biraj
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El viaje al bosque de manglares de Sundarbans, en el suroeste de Bangladesh, fue animado. «¡Agachaos!», gritábamos para avisar a quienes iban más atrás sobre el techo del autobús cada vez que otro cable eléctrico pasaba peligrosamente cerca de nuestras cabezas. Segundos después, volvíamos a entonar nuestro cántico: Sundarban amar ma. Ujar hote debo na! (Sundarban es mi madre. ¡No toleraremos que la destruyan!)

Mientras la animada caravana se dirigía al bosque de manglares, nuestros gritos juveniles despertaban la curiosidad de quienes observaban desde la carretera, pueblo tras pueblo, y estos leían nuestros folletos, que describían los peligros de la enorme central de carbón de Rampal que se estaba construyendo junto al bosque.

La «larga marcha» de tres días concluyó con un encendido discurso del reconocido economista y organizador Anu Muhammad, destinado a movilizar a las comunidades locales cercanas a Sundarbans. Su liderazgo fue decisivo para convertir la marcha y la resistencia más amplia en una fuerza poderosa.

Miremos donde miremos, estas alianzas entre personas de distintas edades están en primera línea de la lucha climática. Levi y Ridhima tienen solo nueve años, pero, pese a estar separados por medio mundo, están llevando ante los tribunales a los gobiernos de Estados Unidos y de la India, respectivamente, por su inacción climática, lo que podría dar lugar a fallos judiciales históricos. No podrían haberlo hecho solos: el científico climático James Hansen y el padre activista de Ridhima han sido artífices fundamentales.

Y precisamente esta semana, la Movilización Popular por el Clima, al cumplirse los 100 días del presidente Trump en el cargo, lanzó un contundente mensaje contra la peligrosa negación del cambio climático por parte de su Gobierno. Esta movilización da continuidad a las marchas de 2014 y 2015, que congregaron en las calles a un total de 1,5 millones de personas en más de 2.000 ciudades de todo el mundo, en gran medida gracias a la ágil coordinación de organizaciones como 350.org. Cofundada por Bill McKibben, autor convertido en activista, junto con algunos de sus estudiantes del Middlebury College, 350 cuenta con una plantilla joven. También sabe aprovechar Internet para movilizar a la gente con mayor eficacia y ganar poder.

Los ejemplos anteriores muestran tres maneras clave en que los jóvenes pueden acelerar, y ya están acelerando, la respuesta al cambio climático. Los jóvenes demandantes ponen de relieve una profunda claridad moral al señalar la injusticia intergeneracional que supone la inacción de la sociedad ante el cambio climático.

Desde las calles de Bangladesh hasta los centros de poder de la COP21 de París, los jóvenes han canalizado esa claridad moral con energía disruptiva para desafiar el statu quo y ampliar los límites de lo que la política, árida y pragmática, considera viable. Los movimientos emergentes incorporan a jóvenes capaces de impulsar la innovación digital para mejorar exponencialmente la coordinación y lograr un mayor impacto.

Estos factores confluyen en el movimiento para retirar las inversiones de los combustibles fósiles, el de más rápido crecimiento de la historia. Iniciado por estudiantes universitarios hace apenas seis años, ya ha impulsado la retirada de más de 5 billones de dólares. El argumento a favor de retirar esas inversiones tiene un fundamento moral: los fondos de las instituciones educativas no deberían utilizarse para sabotear el futuro de sus estudiantes. Para subrayarlo, los estudiantes han ocupado las oficinas de los rectores e interrumpido la tranquilidad de las salas de juntas de los consejos de administración, forzando conversaciones que apenas unos meses atrás eran impensables. Han logrado hacer crecer rápidamente el movimiento al compartir conocimientos y elaborar estrategias eficaces con ayuda de las tecnologías digitales.

Sin embargo, la lucha juvenil tiene una limitación aplastante. Salvo raras excepciones, por cada dólar retirado de esas inversiones hizo falta que una persona mayor con poder de decisión tomara la decisión final, ya fuera por compartir esos valores o por la presión recibida. Por lo general, los jóvenes no ocupan puestos de poder ni siquiera tienen un sitio en la mesa donde se toman las decisiones. Aunque siempre han desempeñado un papel fundamental a la hora de impulsar el debate y los valores —como ocurrió hace medio siglo con el movimiento para retirar inversiones de la Sudáfrica del apartheid—, todavía dependemos de las autoridades establecidas en las salas de juntas, los parlamentos y las instituciones públicas para lograr avances sustanciales.

Y, sin embargo, esa claridad moral, esa energía disruptiva y ese dominio de la tecnología proporcionan a los jóvenes un arsenal contundente con el que pueden sortear esta limitación, aliándose con personas que ocupan cargos de mayor autoridad y cambiando el clima en el que se toman las decisiones sobre el cambio climático, para así orientar los resultados.

La Marcha Popular por el Clima de 2014, justo antes de la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Clima de Nueva York, lo demuestra. La inyección de energía organizativa juvenil y una estrategia digital inteligente durante los meses previos impulsaron una participación histórica de 400.000 personas, que llenaron las calles de Manhattan y acapararon titulares internacionales. Los discursos de los jefes de Estado en la cumbre dejaron claro que, tras años de estancamiento, los líderes de los países habían comprendido que existía un amplio grupo de personas preocupadas por el cambio climático. Esto dio nuevo impulso a las negociaciones para alcanzar un acuerdo ambicioso en París en 2015.

Lloré cuando finalmente cayó el mazo y se aprobó el Acuerdo de París, tras dos semanas agotadoras. Fue un logro extraordinario, aunque tardío, del multilateralismo, y los jóvenes desempeñaron un papel significativo en las negociaciones, aunque a menudo se pasara por alto. Desde entonces, el doloroso abandono político de la ciencia básica en varios países ha arrojado una sombra sobre su futuro. Al parecer, cuanto mayor es la urgencia, mayor es también la locura.

McKibben dijo una vez: «Mientras el planeta arde de fiebre, los anticuerpos empiezan a activarse». Esta metáfora refleja el papel de los jóvenes. La combinación de indignación moral, valor para alterar el statu quo y dominio de la tecnología organizativa sitúa a los jóvenes en un punto clave, en un momento en que las autoridades políticas no logran frenar la fiebre. Se puede contar con los jóvenes para poner el cuerpo y detener cada central de carbón, y para hacer bajar la curva de emisiones, si hace falta.

Pero, aunque los anticuerpos son vitales en tiempos de guerra, no bastan para mantener la paz. Quizá el papel definitorio que puede desempeñar la juventud actual sea convertirse en una generación de personas sabias que toman decisiones y hacen suyo el principio iroqués de respetar profundamente las consecuencias de nuestros actos hasta siete generaciones en el futuro.

Acerca de este artículo: Risalat Khan es Global Shaper del Foro Económico Mundial. Su artículo es el ganador de este mes del concurso de ensayos Global Shaper, cuyo tema es el cambio climático.

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