Los combustibles fósiles siguen generando el 80 % de la energía que impulsa la economía mundial.
La electrificación de los usos finales de la energía, mediante tecnologías como los vehículos eléctricos y las bombas de calor, es una forma accesible y económicamente viable de reducir las emisiones.
Los conceptos erróneos sobre la tecnología y las tensiones comerciales pueden ralentizar la electrificación masiva.
A pesar de las importantes innovaciones e inversiones, sin duda seguimos afrontando una aceleración del cambio climático. La economía mundial continúa abasteciéndose con energía procedente en un 80 % de combustibles fósiles y estamos lejos de alcanzar la neutralidad de carbono, para lo que será necesario minimizar el uso de combustibles fósiles a fin de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).
Sin embargo, la buena noticia es que tenemos a nuestro alcance una solución sencilla: la electrificación.
La electrificación contribuiría de manera significativa a la lucha contra las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, es económicamente viable y eficiente.
El potencial de electrificar los usos finales de la energía es considerable, y la mayoría de las tecnologías de electrificación ya existen. Están disponibles a escala industrial y ya son competitivas: los vehículos eléctricos (VE), que sustituyen a los vehículos de combustibles fósiles, y las bombas de calor que sustituyen a las calderas de gas o de gasóleo en edificios e industrias que requieren calor de baja a media temperatura son solo algunos ejemplos de una electrificación que ya se está produciendo en las economías nacionales y a escala mundial.
Sin embargo, en la UE, la proporción de electricidad en el consumo final de energía se ha estancado en torno al 21 % durante los últimos años. Esa cifra debe llegar al 60 % en 2050 para que el bloque cumpla sus objetivos climáticos y de electrificación.
Las tecnologías de electrificación siguen suscitando rechazo en ocasiones —a menudo alimentado por ideas erróneas muy extendidas—, especialmente en los países occidentales, donde incluso el cambio climático se ha convertido, en algunos lugares, en un tema político controvertido.
El creciente proteccionismo y las barreras comerciales también ponen en peligro la rapidez del despliegue de las tecnologías de electrificación; muchas de estas medidas se centran en las tecnologías de transición energética. Las políticas públicas deben enviar señales adecuadas a favor de la electrificación, por ejemplo, mediante una fiscalidad apropiada y medidas regulatorias neutrales y estables. Esto respaldaría la gestión del cambio entre los usuarios finales y ayudaría a garantizar las inversiones de los actores industriales en la transición energética. Estas señales son clave para el éxito de la transición energética.
Cómo ampliar la electrificación
Los VE y las bombas de calor son entre tres y cuatro veces más eficientes que sus equivalentes de combustibles fósiles, y ya ofrecen un coste total de propiedad (CTP) más bajo, además de aportar beneficios adicionales para la salud y el confort, como la ausencia de emisiones directas en el sector del transporte y la refrigeración que proporcionan las bombas de calor.
La electrificación debe desplegarse de forma masiva y urgente.
La electrificación de los usos finales aumentará considerablemente la demanda de electricidad con bajas emisiones de carbono. Para satisfacer esta necesidad, debemos invertir considerablemente en todas las tecnologías bajas en carbono. Una combinación eléctrica que incluya energía nuclear y fuentes renovables como la eólica y la solar será la base de un sistema eléctrico resiliente con cero emisiones netas de GEI. Por lo tanto, es fundamental que, en todo el mundo, las políticas públicas y los marcos regulatorios tengan en cuenta todas las tecnologías bajas en carbono en sus combinaciones energéticas y den prioridad a facilitar el acceso a la financiación.
También es fundamental invertir en las redes eléctricas para posibilitar la electrificación y el despliegue de las energías renovables, así como desarrollar flexibilidad para integrar la proporción creciente de electricidad intermitente. En Europa, se prevé que las necesidades de flexibilidad aumenten entre dos y tres veces para 2050 en todas las escalas temporales (desde la intradía hasta la estacional), y se cubrirán con diversas soluciones: desde la flexibilidad de respuesta a la demanda que ofrece la carga inteligente de los VE hasta las baterías y la producción eléctrica flexible proporcionada por la energía nuclear, hidroeléctrica y térmica descarbonizada.
Si mantenemos colectivamente nuestras inversiones en el sistema eléctrico y nos anticipamos para prevenir los previsibles cuellos de botella en el despliegue de infraestructura y el suministro de materias primas críticas, dispondremos de todas las herramientas necesarias para impulsar la electrificación con electricidad baja en carbono y competitiva.
La descarbonización debe ser nuestra brújula. Sin embargo, para hacer realidad la transición energética, es crucial minimizar su coste total para la sociedad. Por lo tanto, debemos optimizar los costes generales del sistema eléctrico: los costes de producción de electricidad, de infraestructura y de flexibilidad. También debemos garantizar un ritmo armonizado de despliegue de la capacidad de generación eléctrica y de sus usos.
Cualquier demora en este camino hacia la electrificación aumentará drásticamente el coste de la transición. No podemos permitirnos ese escenario: sencillamente, no tenemos tiempo que perder.
Para alcanzar nuestros objetivos climáticos, esta transición mediante la electrificación debe producirse ahora.




