Disculpen de antemano, pero espero que la lectura de esto les haga sentir deprimidos, por la pérdida de biodiversidad y nuestra falta de avances frente a la crisis climática. El caso es que, en estas circunstancias extremas, un poco de depresión por el medio ambiente podría ser precisamente lo que necesitamos: es la única respuesta sensata.
Que los seres humanos estén teniendo un impacto insostenible en la Tierra puede que se haya convertido en un mensaje familiar, pero sigue siendo un mensaje difícil de escuchar. Nos plantea un desafío complejo, dada nuestra renuencia a afrontar el cambio.
El activista ambiental Gus Speth dijo en una ocasión que solía pensar que los mayores problemas a los que se enfrentaba el planeta eran la pérdida de biodiversidad, el colapso de los ecosistemas y el cambio climático. Creía que, en 30 años, la buena ciencia podría abordar estos problemas. Pero, continuó:
Me equivocaba. Los principales problemas ambientales son el egoísmo, la codicia y la apatía, y para abordarlos necesitamos una transformación espiritual y cultural. Y los científicos no sabemos cómo hacerlo.
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Entonces, ¿quién sabe cómo hacerlo? ¿Los políticos? ¿Los economistas? El problema de sus soluciones es el mismo al que se enfrentan los científicos: suponen una acción racional por parte de seres humanos razonables.
Pero los seres humanos pueden ser en gran medida irracionales. En lo que respecta al medio ambiente, a menudo funcionamos como adictos bienintencionados, que prometen sinceramente dejar de contaminar los mares, envenenar el aire y explotar el mundo natural, y luego seguimos haciendo exactamente eso.
Un enfoque psicoterapéutico
Así que, si seguimos buscando soluciones prácticas fuera, seguiremos fracasando. También necesitamos mirar hacia dentro, hacia nosotros mismos. Y esa es la tarea de la psicoterapia: proporcionar los mapas emocionales y relacionales que nos lleven de la catástrofe a la transformación.
Como miembro de la Alianza de Psicología Climática (un grupo de académicos, terapeutas, escritores y artistas), creo que la comprensión psicológica puede ayudar a abordar la amplia gama de respuestas individuales y culturales complejas a la crisis ambiental.
Sentimientos como la ira, la culpa, el duelo, el terror, la vergüenza, la ansiedad, la desesperación y la impotencia son reacciones totalmente apropiadas. Pero las defensas frente a estos sentimientos –la negación y desmentida – significan que hemos evitado tomar las medidas necesarias para abordar su causa.
“La psicología climática” es un tipo de psicología diferente. En lugar de ver estos sentimientos como algo que hay que “arreglar” o “curar”, los vemos como respuestas sanas y comprensibles: reacciones humanas que empatizan directamente con el planeta.

También tiene valor comprender cómo el duelo, la pérdida y el luto pueden dar forma a nuestras respuestas al cambio climático. Porque si bloqueamos nuestras emociones, entonces somos incapaces de conectar con la urgencia de la crisis, lo que quizá explique por qué hasta ahora no hemos actuado con la suficiente rapidez.
Una imagen diferente
En la práctica, lo que hacemos en la psicología climática puede no parecer tan distinto de otros enfoques psicológicos en la superficie. Lo que marca la diferencia es lo que subyace: cómo pensamos, vemos, reflexionamos y respondemos.
Esto incluye explorar las dinámicas inconscientes que nos impiden afrontar la realidad del cambio climático, y confrontar nuestra negación y la apatía.
Al utilizar nuestra comprensión del dolor psíquico para ayudar a las personas a afrontar la pérdida ecológica que ya está ocurriendo, legitimamos su duelo. Y al adoptar una «perspectiva del cambio climático», a través de la cual podemos ver cómo la crisis está modelando cada vez más el mundo, y que puede llevar a las personas a la terapia, ayudamos a que comprendan su angustia.
El resultado, si estamos dispuestos a implicarnos, es lo que el experto en sostenibilidad Jem Bendell denomina «adaptación profunda». Podemos cambiar la forma en que sentimos las crisis, generar una nueva conexión y, después, actuar.
En nuestro trabajo, cada vez vemos más fracturas en las relaciones y angustia personal derivadas directamente de la crisis ambiental. Los adolescentes, por ejemplo, se sienten alienados de sus padres porque no comparten las mismas preocupaciones sobre la pérdida de biodiversidad.
He hablado con niños que dicen sentir que no pueden confiar en sus padres por la falta de acción de la generación mayor. Escucho a parejas hablar de matrimonios que no soportan la tensión de que uno de los miembros viva con miedo al futuro, mientras que el otro deposita su fe en la tecnología.
Utilizar una perspectiva de psicología climática fomenta el diálogo entre estas posturas diferentes. Y, al comprender y empatizar con cada postura, las personas pueden empezar a entenderse mutuamente. Tras una charla sobre psicología climática que di recientemente, una mujer que asistió con su hija adolescente me escribió para decirme que, de camino a casa, habían mantenido la mejor conversación en años.
La madre había hablado de su duelo, su culpa y sus temores de no poder proteger a sus hijos. La hija respondió que necesitaba el apoyo de su madre para participar en las huelgas escolares por el clima. Encontraron un terreno común y una nueva relación basada en sus temores y en su necesidad de actuar juntas.
En los casos de personas que sufren ecoansiedad y problemas similares, la esperanza es encontrar caminos hacia un nuevo mundo, moldeado por una comprensión más profunda de nuestra relación con el planeta y de cómo nuestro futuro está, en última instancia, entrelazado con la supervivencia de otras criaturas.
Así, usando esta comprensión, podemos ayudar a orientarnos en territorios confusos, extraños y aterradores. Al reconocer los sentimientos dolorosos, podemos empezar a verlos como portadores de un potencial transformador. Es este crecimiento emocional lo que podría salvarnos. La depresión es, en realidad, un paso en el camino que podría llevarnos de vuelta a la superficie.
Como dijo hace más de dos décadas el psicólogo estadounidense James Hillman:
La psicología, tan dedicada a despertar la conciencia humana, debe despertar a una de las verdades humanas más antiguas: no podemos ser estudiados ni curados al margen del planeta.
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