La cornucopia de vida de la Tierra ha evolucionado durante más de 550 millones de años. En ese tiempo, cinco extinciones masivas han supuesto graves reveses para la vida en nuestro planeta. La quinta, causada por el impacto de un meteorito gigantesco en la costa yucateca de México, cambió el clima de la Tierra, acabó con los dinosaurios y alteró el curso de la evolución biológica.
Hoy, la naturaleza sufre pérdidas aceleradas de tal magnitud que muchos científicos afirman que está en curso una sexta extinción masiva. A diferencia de las extinciones masivas anteriores, este fenómeno está impulsado por las acciones humanas, que están desmantelando y perturbando los ecosistemas naturales y cambiando el clima de la Tierra.
Mi investigación se centra en los ecosistemas y el cambio climático, desde una escala regional hasta una global. En un nuevo estudio titulado «Un Pacto Mundial por la Naturaleza», dirigido por el biólogo conservacionista y estratega Eric Dinerstein, otros 17 colegas y yo trazamos una hoja de ruta para evitar simultáneamente una sexta extinción masiva y reducir el cambio climático.
Trazamos un camino para proteger de inmediato al menos el 30 % de la superficie terrestre, con el fin de frenar la rápida pérdida de biodiversidad, y luego sumar otro 20 %, integrado por ecosistemas capaces de absorber cantidades desproporcionadamente grandes de carbono de la atmósfera. A nuestro juicio, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático deben abordarse como un único problema interconectado, con soluciones vinculadas.

Lleguemos a un acuerdo
Nuestro Pacto Mundial por la Naturaleza se basa en un mapa de alrededor de mil «ecorregiones» terrestres y marinas, que delimitamos a partir de un creciente conjunto de investigaciones internacionales. Cada una alberga un conjunto único de especies y ecosistemas, y todas desempeñan funciones complementarias para frenar el cambio climático.
Los ecosistemas naturales son como fondos de inversión en un mercado bursátil por lo demás volátil. Contienen redes de organismos que interactúan y se autorregulan. Por ejemplo, los bosques tropicales albergan un caleidoscopio de especies de árboles muy juntas, que maximizan el almacenamiento de carbono en la madera y los suelos.
Los bosques pueden resistir desastres naturales y brotes de enfermedades catastróficos porque constituyen carteras diversas de respuestas biológicas, autogestionadas por las especies que coexisten y entre ellas. Es difícil que colapsen si se las deja hacer lo suyo.
Los ecosistemas creados por el ser humano son sustitutos deficientes de sus homólogos naturales. Por ejemplo, las plantaciones de árboles no son ecosistemas forestales: son cultivos de árboles que almacenan mucho menos carbono que los bosques naturales, y requieren mucho más mantenimiento. En comparación con la compleja biodiversidad de los bosques naturales, las plantaciones también son pueblos fantasma.
Otra característica importante de los ecosistemas naturales es que están conectados e influyen unos en otros. Pensemos en los arrecifes de coral, que son fundamentales para el Pacto Mundial por la Naturaleza porque almacenan carbono y son focos de biodiversidad. Pero ese no es su único valor: también protegen las costas de las marejadas ciclónicas y sustentan los manglares tierra adentro y los pastizales costeros, que son enormes depósitos de carbono y hábitats para numerosas especies. Si se pierde un ecosistema, el riesgo para los demás aumenta drásticamente. La conectividad importa.
La idea de conservar grandes extensiones del planeta para preservar la biodiversidad no es nueva. Muchos expertos destacados han respaldado la propuesta de reservar la mitad de la superficie de la Tierra para proteger la biodiversidad. El Pacto Mundial por la Naturaleza impulsa considerablemente esta idea al especificar las cantidades, los lugares y los tipos de protección necesarios para encaminar esta iniciativa.
Partir del Acuerdo de París
Diseñamos nuestro estudio como una guía para que los gobiernos la utilicen en un proceso de planificación, similar a las negociaciones sobre el cambio climático que condujeron al Acuerdo de París de 2015. El Acuerdo de París, que han firmado 197 países, fija objetivos mundiales para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, ofrece un modelo de asistencia financiera a los países de bajos ingresos y apoya iniciativas locales y de base en todo el mundo.
Sin embargo, el Acuerdo de París no protege la diversidad de la vida en la Tierra. Sin un plan complementario, perderemos la riqueza de especies que han tardado millones de años en evolucionar y acumularse.
De hecho, mis colegas y yo creemos que no se puede cumplir el Acuerdo de París sin salvar al mismo tiempo la biodiversidad. He aquí por qué: la forma más lógica y rentable de frenar las emisiones de gases de efecto invernadero y eliminar gases de la atmósfera es almacenar carbono en los ecosistemas naturales.
Los bosques, los pastizales, las turberas, los manglares y algunos otros tipos de ecosistemas absorben la mayor cantidad de carbono del aire por acre de terreno. Protegerlos y ampliar su extensión es mucho más escalable y menos costoso que modificar el clima para ralentizar el calentamiento. Y no hay tiempo que perder.
Un costo que vale la pena
¿Qué haría falta para poner en práctica un Pacto Mundial por la Naturaleza? Proteger las tierras y los mares cuesta dinero: nuestro plan requeriría un presupuesto de unos 100.000 millones de dólares estadounidenses al año. Puede parecer mucho, pero, a modo de comparación, las empresas de Silicon Valley ganaron casi 60.000 millones de dólares en 2017 solo con la venta de aplicaciones. Además, el costo repartido está perfectamente al alcance de la comunidad internacional. Sin embargo, hoy la sociedad mundial gasta menos de una décima parte de esa cantidad en salvar la biodiversidad de la Tierra.
Los países también necesitarán nuevas tecnologías para evaluar y supervisar los avances, y poner a prueba las medidas de protección de la biodiversidad. Algunos elementos necesarios para un sistema mundial de seguimiento de la biodiversidad ya están en uso, como satélites básicos que indican la ubicación general de bosques y arrecifes. Otros solo están operativos a escala regional, como los sistemas de seguimiento sobre el terreno para detectar animales y a quienes los cazan furtivamente, y las tecnologías aéreas de cartografía de la biodiversidad y el carbono.
Sin embargo, aún faltan componentes clave a escala mundial, entre ellos tecnologías capaces de analizar los ecosistemas y las especies objetivo desde la órbita terrestre, a bordo de aeronaves de gran altitud y sobre el terreno, para generar información en tiempo real sobre el estado cambiante de la vida en nuestro planeta. La buena noticia es que este tipo de tecnología existe, y podría ampliarse rápidamente para crear el primer programa mundial de seguimiento de la naturaleza.
La tecnología es la parte más fácil del desafío. Organizar la cooperación humana en torno a un objetivo tan amplio es mucho más difícil. Pero creemos que el valor de la biodiversidad de la Tierra supera con creces el costo y el esfuerzo necesarios para salvarla.




