El futuro parece más amenazador y siniestro que nunca. La sensación de fatalidad y desánimo se acentúa, sobre todo en Occidente. Los titulares de las noticias diarias no ayudan. Se nos dice que las tensiones entre Estados Unidos y Corea del Norte, Irán, Rusia o China podrían estallar y convertirse en una conflagración mundial.
Se nos informa de que el auge de la IA eliminará la mayoría de los empleos y, potencialmente, a los seres humanos. Somos testigos de cómo las redes sociales están dividiendo a las sociedades y socavando la democracia liberal. Y se nos recuerda casi a diario cómo el cambio climático está provocando una extinción masiva.
Cualquiera de estas cuestiones basta para hacernos arrojar la toalla en la desesperación. Eso sería precisamente lo peor que podríamos hacer. Aunque estas y otras amenazas son reales e inquietantes, ninguna de ellas está absolutamente garantizada. De hecho, la única certeza que tenemos en una era de cambio exponencial es la garantía de que nuestro futuro es incierto.
Esta idea poco notable apenas es motivo de celebración. Y, desde luego, no es una llamada a la complacencia. Más bien al contrario, nos recuerda que tenemos la responsabilidad de hacer todo lo posible para construir un mundo que impida que estos acontecimientos calamitosos ocurran.
Conviene ser modestos. La verdad es que nunca hemos sido especialmente buenos para predecir el futuro. Por el contrario, algunos de nuestros pensadores más brillantes han sido extraordinariamente buenos para equivocarse de forma espectacular.
Durante más de un siglo, los científicos sociales no han previsto los «grandes acontecimientos» que cambiaron el curso de la historia. La mayoría de ellos quedaron atónitos ante el inicio de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, se conmocionaron por el fin del fin de la Guerra Fría y fueron sorprendidos por todo, desde el 11-S hasta la crisis financiera de 2008, la Primavera Árabe, el Brexit y la elección de Donald Trump. Es importante reconocer nuestra limitada capacidad de prognosis y ajustar nuestro comportamiento y nuestras expectativas en consecuencia.
Allá por 1989, el futuro parecía brillante y prometedor. La democracia liberal y el capitalismo de mercado habían prevalecido. Estados Unidos era la única superpotencia. Pocos analistas anticiparon el espectacular auge de China e India, y mucho menos la explosiva turbulencia de los mercados en 1997 y 2008, el retorno del nacionalismo reaccionario y el auge del antiglobalismo. Y, sin embargo, lo asombroso es la rapidez con la que todo este tumulto se ha aceptado no solo como si fuera inevitable, sino como lo que constituye la «nueva normalidad».
¿Es, pues, el futuro oscuro y distópico, como creen cada vez más occidentales, especialmente estadounidenses y europeos – ¿están inclinados a creerlo? La respuesta es que podría serlo, pero ni mucho menos es una conclusión inevitable.
Vale la pena subrayar que las personas que viven en Occidente y en Oriente nunca han estado mejor. Aunque cueste creerlo, en prácticamente todos los indicadores del progreso humano vivimos los mejores años de los unos 200.000 años de historia del Homo sapiens. Y, pese a los recientes signos de rechazo a la globalización y a la democracia, nunca ha habido más cooperación global ni un mayor número de personas que viven en países democráticos en la historia.
Para sobrevivir al próximo siglo, es imprescindible una cooperación global aún mayor. Seguir en solitario no es una opción. La única forma de afrontar las mayores amenazas existenciales es que los Estados nacionales, junto con las empresas, las ciudades y las sociedades civiles, desarrollen entendimientos comunes sobre sus desafíos compartidos y trabajen juntos para diseñar soluciones pragmáticas. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 son una expresión positiva de la colaboración global, un recordatorio de nuestro extraordinario potencial para la acción colectiva.
Debemos impulsar ideas ambiciosas, innovadoras y radicales. Pero, al mismo tiempo, deberíamos reformar y renovar, en lugar de abandonar, las instituciones internacionales, desde las Naciones Unidas y la Organización Mundial del Comercio hasta el G20 y los bancos de desarrollo, incluidos los nuevos, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras. La cooperación eficaz exige reforzar, no debilitar, las alianzas y los acuerdos regionales a medida que el mundo avanza hacia un orden multipolar.
No faltan peligros mundiales existenciales abrumadores que requieren respuestas multilaterales. Estos van desde la acción radical para mitigar el cambio climático y adaptarse a él, hasta la regulación de la IA y la proliferación de armas de destrucción masiva.
La lista de prioridades es larga y creciente, e incluye garantizar un crecimiento inclusivo y reducir las desigualdades flagrantes, prevenir las pandemias y las superbacterias, regular la ingeniería genética y biológica, desarrollar normas para gestionar la ciberseguridad, gestionar los flujos migratorios y de refugiados y garantizar normas comerciales exigibles para la economía global del siglo XXI. Sí, el mundo es más complejo y caótico que en el pasado. Habituémonos a ello.
Construir la cooperación global nunca ha sido fácil. Requiere una base común de hechos, la capacidad de comprender los puntos de vista del «otro», un liderazgo esclarecido y la forja de la confianza para lograr respuestas colectivas que quizá resulten subóptimas.
Requiere la previsión y la sabiduría para actuar no solo en el interés nacional, sino también en el regional e internacional. En una época de noticias falsas habilitadas digitalmente, polarización acentuada, y auge del populismo, esto no es sencillo. Pero cuando todos los ciudadanos de todas partes se enfrentan a amenazas que podrían acabar con la civilización, el multilateralismo no es una opción, sino una necesidad.
Más que nunca, debemos esforzarnos por lograr soluciones óptimas, reconociendo que los resultados casi con toda seguridad serán imperfectos, y a veces puede parecer que nos limitamos a salir del paso. Pero, nos guste o no, una cooperación global suficientemente buena es clave para nuestra supervivencia común.



