La Agencia Internacional de la Energía ha liberado cientos de millones de barriles de petróleo, una medida a corto plazo para atenuar el impacto de la crisis en Oriente Medio.
Pero, mientras la perturbación energética continúe, hay argumentos para sostener que momentos como este abren espacio para respuestas creativas que pueden generar resultados reales.
Veamos cómo las crisis energéticas mundiales anteriores en Oriente Medio y Japón han dado lugar a avances climáticos significativos.
El mundo se enfrenta actualmente a una crisis energética de una magnitud sin precedentes, con graves consecuencias para la economía mundial, en particular para los países en desarrollo. Desde la crisis del petróleo de 1973, provocada también por una turbulencia geopolítica, los países consumidores de energía han desarrollado políticas e instituciones para reforzar la resiliencia frente a este tipo de perturbaciones. Podemos aprender de ese trabajo.
Cabe destacar especialmente que la Agencia Internacional de la Energía (AIE), creada en 1974, ha desempeñado un papel central en el desarrollo de políticas y en la coordinación de respuestas.
La decisión de la AIE, adoptada el 11 de marzo de este año, de liberar 400 millones de barriles de petróleo de las reservas de emergencia fue a la vez rápida y bienvenida. Habiendo dirigido el trabajo de la AIE sobre los mercados petroleros y la seguridad energética entre 1996 y 2001, aplaudo firmemente esta acción decisiva. Sin embargo, suministrar petróleo de emergencia es solo una solución temporal.
Esta crisis debe servir de llamada de atención para acelerar el ahorro energético y reducir la dependencia de los combustibles fósiles.
El informe de marzo de la AIE subrayó un punto básico y fundamental: las medidas probadas y de bajo coste para reducir el consumo de energía son la vía más rápida para mejorar la seguridad energética. Hacerlo no es fácil; nuestras economías se han construido, en muchos aspectos, sobre un consumo de energía en constante crecimiento. Sin embargo, las lecciones de varios acontecimientos históricos pueden ayudarnos a trazar un camino a seguir.
Reducción coordinada de la demanda energética
Tras las crisis petroleras de los años setenta, los países consumidores dieron prioridad a la eficiencia energética, optimizaron el uso de la energía y diversificaron sus fuentes alejándose del petróleo. Los miembros del G7, que consumían alrededor del 32 % del petróleo mundial en 1978, establecieron límites a sus respectivas importaciones de petróleo en la Cumbre del G7 de Tokio de junio de 1979, tras difíciles negociaciones.
Esta acción coordinada demostró la determinación de estos países de reducir sus importaciones de petróleo tanto ahorrando en su consumo como recurriendo a fuentes energéticas alternativas. Es una lección sobre cómo la acción multilateral coordinada puede servir para atenuar el impacto de una repentina crisis de suministro.
Y en Japón, después del accidente nuclear de Fukushima en marzo de 2011, que provocó graves escaseces de electricidad en todo el país, Japón redujo la demanda máxima de electricidad en el área metropolitana entre un 15 y un 18 % mediante un ahorro disciplinado, y amplió de forma significativa sus esfuerzos en energías renovables. Las compañías eléctricas japonesas informaban de la situación en tiempo real de la oferta y la demanda eléctricas en forma de «previsiones de energía», al estilo de los pronósticos meteorológicos. Esta iniciativa atrajo la atención del público general hacia su consumo y ahorro de electricidad.
Inversión en energías renovables
En 1973, los combustibles fósiles representaban el 87 % del suministro energético mundial. Hoy, a pesar de los avances significativos en tecnología y en el ámbito político, esa cifra sigue rondando el 80 %.
Si la transición energética hubiera avanzado con mayor rapidez y firmeza tras la crisis de 1973, las perturbaciones energéticas actuales serían mucho menos dañinas. En cambio, hemos visto un preocupante retroceso climático en algunas grandes economías e incluso entre destacadas empresas multinacionales: un enfoque peligroso que deja a las sociedades vulnerables no solo a las crisis energéticas, sino también a los riesgos a largo plazo del cambio climático.
Los líderes mundiales deberían aprovechar este momento para revertir el retroceso climático. Deberían evitarse las medidas a corto plazo, como las subvenciones generalizadas a los combustibles, que corren el riesgo de consolidar la dependencia de los combustibles fósiles y debilitar los incentivos para ahorrar. Debe darse prioridad al ahorro energético y al rápido despliegue de tecnologías renovables y bajas en carbono, ya que aún quedan por florecer numerosas tecnologías innovadoras y disruptivas.
Convertir la crisis energética en un avance decisivo para la transición energética
Estas medidas reducirán la vulnerabilidad ante futuras crisis y fortalecerán la capacidad para hacer frente al cambio climático, un desafío común y global de nuestro tiempo.
Los tiempos de crisis también abren espacio para respuestas más creativas. La respuesta de Japón tras el desastre de Fukushima, que diezmó la producción de electricidad, podría replicarse en otros lugares.
Las compañías eléctricas ya disponen de datos eléctricos en tiempo real de sus propias zonas de servicio casi de forma instantánea. Si estos datos se difundieran o compartieran, quizá en forma de «previsiones de energía» al estilo japonés o por otros medios, la gente tendría la oportunidad de tomar el control de su consumo eléctrico. Esto daría a la ciudadanía común la oportunidad de ahorrar en sus facturas, al tiempo que aliviaría, a nivel macroeconómico, a las economías que sufren el encarecimiento de los precios de la energía.
En el ámbito político, la respuesta necesaria es clara: seguir invirtiendo en la transición energética y cooperar a nivel internacional.
Con la adopción del Acuerdo de París en diciembre de 2015, el mundo se comprometió a pasar de los combustibles fósiles a las energías renovables y la energía nuclear, a mejorar la eficiencia energética y a perseguir las emisiones netas cero. Este fue un hito en el marco climático multinacional. La aplicación continuada de las disposiciones del Acuerdo de París, y la inversión en energías renovables, ayudarán a proteger al planeta frente a futuras crisis basadas en los combustibles fósiles.
En definitiva, esta crisis no debe desaprovecharse. Convirtámosla en un avance genuino y duradero en la transición energética y dejemos a las próximas generaciones un planeta justo y sostenible. El tiempo se agota.



