Occidente tiene dificultades para cumplir sus objetivos climáticos. ¿Qué haría diferente el mundo en desarrollo?

Workers walk among newly installed solar panels at a solar power plant in Zhouquan township of Tongxiang, Zhejiang province December 18, 2014
China is one of the few countries actually meeting its Paris climate pledges.Image: REUTERS/Stringer
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Ya a estas alturas, muchos de nosotros habremos leído las graves advertencias del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Tras señalar que el impacto de un aumento de la temperatura global de tan solo 1,5˚C sería peor de lo que se había previsto inicialmente, el IPCC concluyó que el mundo tenía hasta 2030 —poco más de una década— para evitar un cambio climático catastrófico.

Para cualquier país, la descarbonización completa sería una tarea muy ardua, por lo que para muchos no será más que un eslogan útil. Pero si observamos las dos mayores economías del mundo —China y Estados Unidos—, ¿cuál parece tener más probabilidades de alcanzar este ambicioso objetivo? Pekín parece haber reconocido los costes ambientales de su crecimiento económico y empieza a tomar medidas para corregirlos. En cambio, Washington se ha retirado del único acuerdo internacional sobre el cambio climático, y los ambientalistas estadounidenses deben luchar con uñas y dientes para evitar que se sigan reduciendo las protecciones medioambientales del país.

¿Por qué Occidente está estancado en lo que respecta al cambio climático?

En primer lugar, sus poblaciones están acostumbradas a un alto nivel de vida, alimentado por el consumo excesivo. Pedir a las personas y a las empresas que paguen sus costes externos es impopular y se resiste con firmeza. En las últimas semanas y meses, Francia ha sido sacudida por protestas masivas provocadas por un aumento de los impuestos sobre los combustibles. A pesar de los esfuerzos del presidente Macron por proyectar un liderazgo global en la cuestión climática, las protestas han demostrado lo difícil que será realizar los cambios necesarios. Los aumentos de los impuestos sobre los combustibles se han aplazado desde entonces.

La inversión de China en energías renovables deja atrás al resto del mundoImage: Bloomberg New Energy Finance

Pero incluso cuando la gente comprende la importancia de la sostenibilidad y la acción climática, los Estados occidentales son «débiles»: no disponen de las estructuras de gobernanza que les permitirían intervenir de manera coherente y firme en la economía y frente a los intereses creados, y mucho menos cambiar la actitud de la opinión pública.

Incluso cuando los países occidentales tienen claramente la experiencia y la capacidad para hacerlo, a menudo carecen de las estructuras políticas adecuadas y de la voluntad política necesaria. Por ejemplo, el gobierno estadounidense publicó recientemente su Evaluación Nacional del Clima: un documento impresionante elaborado por 13 agencias diferentes, que prevé que el cambio climático tendría importantes repercusiones en la economía y en el modo de vida estadounidenses. Sin embargo, los cargos políticos al frente de estas agencias decidieron publicar el informe el día después de Acción de Gracias, lo que garantizaba que casi no recibiera atención de los medios de comunicación convencionales. Y aun cuando recibió cierta atención, hubo una incapacidad para actuar debido a la tóxica política partidista y a los intereses políticos egoístas y a corto plazo de los políticos de ambos bandos.

Si Occidente no puede (o no quiere) actuar frente al cambio climático o, de manera más general, frente a la sostenibilidad, el mundo en desarrollo debe asumir el liderazgo en su lugar.

China, India, Indonesia, Pakistán y Nigeria ya son las naciones más grandes del mundo y (con la excepción de China) siguen creciendo. Por tanto, el mundo en desarrollo será el centro de la actividad económica durante las próximas décadas, lo que significa que es mucho más importante que estos países acierten en estas cuestiones que, por ejemplo, las economías mucho más pequeñas de Europa. También les está quedando cada vez más claro que su propia supervivencia depende de emprender acciones de gran alcance.

Por último, y quizá lo más importante, están menos apegados al modelo económico occidental de libre mercado. El mundo en desarrollo se enfrenta a un dilema singular: necesita mejorar los niveles de vida y extender el acceso a los derechos básicos de la vida a sus mayorías, en gran parte pobres, al tiempo que consume recursos de forma sostenible. El modelo occidental de libre mercado desata el consumo de recursos mediante la infravaloración. Aunque este modelo impulsa el crecimiento a corto plazo, adoptarlo en masa condenaría tanto a los países en desarrollo como a todo el planeta.

Para que los grandes países en desarrollo afronten este desafío, es necesario comprender que la crisis de sostenibilidad se debe, en última instancia, a la falta de gobernanza sobre la economía y la explotación de los recursos. Por tanto, para el mundo en desarrollo, la respuesta solo puede venir de una gobernanza más amplia y sólida. A su vez, esta solo puede venir del Estado, que sigue siendo la única entidad con el poder y la autoridad para emprender acciones firmes. Los esfuerzos globales y locales en favor de la sostenibilidad no llegarán a ninguna parte si los gobiernos nacionales no están dispuestos o no son capaces de actuar. Y, para los gobiernos estatales, las acciones en favor de la sostenibilidad pueden responder a intereses propios, en la medida en que fortalecerán su propia legitimidad.

Por eso, a pesar de sus numerosos problemas medioambientales, China está en mejores condiciones para abordar tanto la crisis de sostenibilidad como la acción climática. Su Estado, más fuerte, puede intervenir en la economía para fomentar un mejor uso de los recursos y minimizar los costes externos. Es revelador que China fuera uno de los únicos tres países (junto con Japón y, por ahora, Brasil) señalados por las Naciones Unidas como encaminados a cumplir sus compromisos climáticos de París.

Hemos visto pequeños indicios de que los grandes países en desarrollo empiezan a emprender acciones más firmes. China puso en vigor su prohibición de importación de residuos plásticos a principios de este año. Los gobiernos del sudeste asiático, el sur de Asia y África han tomado medidas para prohibir el uso de bolsas de plástico. Pero estas medidas siguen siendo demasiado pequeñas, y serán necesarias acciones más directas por parte de los gobiernos.

Pero estas medidas, cuando se producen, deben ser aplaudidas por los observadores externos, no criticadas. La magnitud de la crisis de sostenibilidad es tal que solo una acción firme y directa puede resolverla, y tendremos que replantear todas nuestras expectativas y quizá muchas de nuestras creencias. La naturaleza de esta amenaza existencial exige una confrontación tan honesta como esta.

Si Occidente no es capaz de hacerlo, corresponde a las grandes naciones en desarrollo —y a sus Estados más fuertes— asumir el relevo.

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