Se ha avanzado en la transición hacia la energía y la producción verdes, pero no estamos reduciendo nuestra dependencia de los combustibles fósiles con suficiente rapidez.
Hay razones económicas, políticas, tecnológicas y sociales por las que las emisiones no disminuyen lo bastante rápido.
Sin embargo, siguen existiendo motivos para la esperanza.
El mundo debe reducir rápidamente sus emisiones de gases de efecto invernadero. Se han logrado avances notables, especialmente en la adopción de energías renovables en los sectores del transporte y la energía, pero el cambio no se está produciendo con la rapidez necesaria para cumplir las aspiraciones mundiales de cero emisiones netas. ¿Qué lo está frenando y qué podemos hacer para acelerar la transición energética?
La necesidad de abandonar rápidamente los combustibles fósiles y las materias primas de origen fósil está ahora presente en la diplomacia mundial, los objetivos nacionales y empresariales y la conciencia pública. En la COP28, los países acordaron «transitar para abandonar los combustibles fósiles», triplicar la capacidad mundial de energía renovable y duplicar el ritmo de mejora de la eficiencia energética.
Sin embargo, pese a todos los esfuerzos por abandonar los combustibles fósiles, las emisiones de gases de efecto invernadero alcanzaron niveles récord en 2023, según el Presupuesto Global de Carbono.
«¿Está avanzando la transición energética con suficiente rapidez para evitar una crisis climática? Está claro que no», afirma Eliot Whittington, director de Cambio Sistémico del Cambridge Institute of Sustainability Leadership. «La transición en el sector eléctrico avanza a un ritmo vertiginoso y se está acelerando. También estamos progresando en el transporte por carretera, sobre todo en los vehículos ligeros. Pero en todos los demás ámbitos, incluidos sectores como el acero, el cemento, el transporte marítimo y la aviación, no avanza con suficiente rapidez».
Carrie Song, vicepresidenta sénior de Productos Renovables de Neste, añade: «Hay razones económicas, políticas, tecnológicas y sociales por las que las emisiones no están disminuyendo lo bastante rápido. La inversión en energías renovables y otras tecnologías con menos emisiones de carbono está creciendo, pero no alcanza el nivel necesario para hacer posible una transición energética completa hacia alternativas más sostenibles. Además, se sigue invirtiendo en infraestructura de combustibles fósiles, lo que afianza las emisiones durante las próximas décadas».
Así pues, aunque la transición verde está en marcha, está claro que este cambio depende de una compleja red de factores que debemos comprender y abordar de manera integral para lograr, con la mayor eficacia y equidad posibles, un nuevo orden mundial de la energía.
A medida que la situación cambia poco a poco, examinemos las tecnologías necesarias, los cuellos de botella de la electrificación, el papel de una regulación coherente en todo el mundo y por qué una transición justa es crucial a largo plazo.
Las tecnologías que transforman los cimientos del sistema energético mundial
Junto con nuevas alternativas a las materias primas de origen fósil, existen muchas tecnologías que permiten una transición energética completa, pero aún no han alcanzado la madurez.
Se están logrando avances en el desarrollo de soluciones innovadoras y estables de almacenamiento de energía, esenciales para aumentar la capacidad de almacenamiento en baterías y permitir el almacenamiento a largo plazo y el transporte a grandes distancias de energía no fósil, como el hidrógeno verde.
También se necesitan avances tecnológicos en industrias que generan cantidades significativas de emisiones de gases de efecto invernadero y en las que resulta difícil abandonar los combustibles fósiles. Esto incluye «Power-to-X», que produce hidrógeno a partir del agua mediante electricidad. Cuando se utiliza electricidad renovable, se obtiene hidrógeno renovable o verde, con una baja huella de carbono. Este hidrógeno verde, junto con el dióxido de carbono procedente de fuentes de emisiones de CO2 capturadas, podría transformar industrias con altas emisiones de carbono, como la siderurgia y la producción de cemento, y ofrece interesantes posibilidades de aplicación en la aviación.
Otra herramienta para reducir las emisiones en industrias difíciles de descarbonizar es la captura, utilización y almacenamiento de carbono (CCUS), que permite reducir las emisiones cuando otras opciones no son viables o resultan demasiado costosas.
¿Cómo facilita el Foro Económico Mundial la transición hacia la energía limpia?
El Centro de Energía y Materiales conecta a líderes para comprender las complejas transiciones que están transformando los sistemas energéticos, de materiales e industriales. Ofrece una plataforma para explorar cómo se relacionan la seguridad energética, la asequibilidad y la sostenibilidad.
Mediante la colaboración entre cadenas de valor y regiones, el Centro facilita vías compartidas que ayudan a sus socios a coordinarse en torno a soluciones prácticas para una transición segura, con bajas emisiones de carbono y equitativa.
Cuellos de botella de la electrificación
Para muchos sectores, la respuesta conocida para abandonar los combustibles fósiles es pasar a la electrificación con fuentes renovables. Un obstáculo es el lento ritmo de modernización de las redes eléctricas, necesaria para incorporar más capacidad de energía renovable. «A todo el mundo le gusta la energía renovable en abstracto, hasta que los promotores intentan construir una instalación cerca de su casa», afirma Samantha Gross, directora de la Iniciativa de Seguridad Energética y Clima de The Brookings Institution.
La electrificación funciona para los automóviles y los vehículos comerciales ligeros porque recorren distancias cortas con cargas ligeras y pueden recargarse con frecuencia. La situación es distinta en la aviación, el transporte marítimo y la maquinaria pesada en lugares remotos. Son pesados, transportan cargas grandes y no pueden detenerse con frecuencia para recargarse.
Cuando la electrificación plantea dificultades, hay otras alternativas a los combustibles fósiles, como el diésel renovable y el combustible de aviación sostenible (SAF). Son soluciones eficaces que pueden utilizarse directamente y reducir las emisiones de inmediato, pero, aunque su coste inicial es bajo, el precio más alto en comparación con los combustibles fósiles sigue siendo un obstáculo. «Los combustibles renovables, como el SAF, pueden costar entre tres y cuatro veces más, pero debemos analizar por qué. Los combustibles fósiles convencionales no incluyen el coste de las emisiones, la contaminación atmosférica local y otros problemas. Dicho esto, hablamos de un coste adicional de apenas un par de euros por pasajero, lo mismo que muchos pagan por un café en el aeropuerto», afirma Song.
«En los países ricos, gran parte de esto es un problema de marketing», añade Gross. «Si presentas algo como un sacrificio, no se vende. Hay que presentarlo como un camino hacia algo mejor».
Una regulación coherente y la inversión impulsan la transición energética
Hay poco consenso sobre la mejor manera de eliminar los combustibles fósiles del sistema energético, y la regulación varía mucho de una parte del mundo a otra.
«Las políticas para fomentar la transición energética siguen siendo insuficientes y poco coherentes entre ciudades, países y regiones», afirma Song. «Además, a menudo tienen que competir con políticas favorables a los combustibles fósiles. Necesitamos políticas claras, coherentes y ambiciosas que impulsen la inversión continua y animen a las empresas a tomar las decisiones adecuadas».
Neste ha invertido 1.600 millones de euros (1.730 millones de dólares) para duplicar la capacidad anual de producción de energías renovables en nuestra refinería de Singapur y 900 millones de euros para establecer una operación conjunta y ampliar la capacidad de producción de energías renovables en la costa oeste de Estados Unidos. También tenemos un proyecto de 1.900 millones de euros para ampliar la capacidad de producción de energías renovables en nuestra refinería de Róterdam. Además, contamos con un programa de inversión de 2.500 millones de euros en nuestra refinería de Porvoo, en Finlandia para convertirla en un centro de refinado líder en soluciones renovables y circulares, capaz de producir alrededor de 3 millones de toneladas al año de productos renovables y circulares, como diésel renovable, SAF y materias primas renovables y circulares para la industria de los polímeros y los productos químicos.
«Estas inversiones tardarán muchos años en amortizarse. Por eso, si queremos que las empresas inviertan a esa escala, debemos dar a los grandes proveedores la confianza de que habrá demanda a largo plazo para sus productos», afirma Song. «Eso significa que necesitamos políticas claras y coherentes que impulsen la inversión».
Estamos viendo los primeros indicios de este tipo de regulación y políticas en el mandato de la Unión Europea de que, para 2030, al menos el 14 % de la energía utilizada en el transporte proceda de fuentes renovables, incluida una cuota mínima del 3,5 % de biocombustibles avanzados, y en otra normativa que exige aumentar la proporción de SAF mezclado con el combustible para aviones en Europa: del 2 % en 2025 al 70 % en 2050. Otro ejemplo es la Norma de Combustibles Bajos en Carbono de California, diseñada para reducir la intensidad de CO2 de la combinación de combustibles del estado. Como resultado, más de la mitad del diésel que se vende en California es renovable. A escala nacional en EE. UU., la Ley de Reducción de la Inflación impulsa inversiones de miles de millones de dólares en toda la economía limpia.
Sin embargo, un estudio de Climate Policy Initiative y del bufete Allen & Overy calcula que se necesitan casi 184 billones de euros en inversiones para que el mundo alcance las cero emisiones netas en 2050: más de 5,5 billones de euros al año hasta 2030 y más de 6,4 billones de euros cada año entre 2030 y 2050. En 2022 solo se invirtieron 920.000 millones de euros en este ámbito, lo que apunta a un enorme déficit de inversión que aún debe cubrirse.
«Esto es realmente difícil. Es una de las mayores transformaciones que ha intentado llevar a cabo la humanidad. La inversión necesaria para cambiar por completo el sistema energético del que depende toda la economía es gigantesca», afirma Gross.
Una transición justa: avanzar más despacio para hacerlo bien
Todo cambio afecta a las personas, sus vidas y su futuro; esto debe tenerse en cuenta en una transición que extinguirá industrias enteras, transformará radicalmente otras y creará nuevas.
La transición energética debe ser una transición justa como la que prevé el Acuerdo de París: una que genere empleos verdes y dignos y cree comunidades resilientes. «Si perdemos el apoyo de la ciudadanía, estamos perdidos. Si avanzas demasiado rápido, la gente no te respaldará y entonces todo se paraliza», afirma Gross. «En muchos países, sobre todo en los mercados emergentes, el objetivo es elevar el nivel de vida y los ingresos, no reducir las emisiones».
Cientos de millones de personas siguen sin tener acceso a la energía, mientras que miles de millones carecen de acceso a combustibles modernos para cocinar. «Una solución que no les permita desarrollarse no es una solución. Pero pueden hacerlo sin dañar el medio ambiente tanto como lo hicimos nosotros», afirma Gross.
Otro reto es que poner en marcha la economía verde requiere mucho capital. Los operadores deben desembolsar grandes sumas por adelantado, lo que supone un desafío, especialmente para los países más pobres. Este gasto inicial ha aumentado aún más con el fuerte repunte de la inflación y la rápida subida de los tipos de interés, lo que crea dificultades para los promotores de proyectos.
El aumento del coste de la vida también afecta a los consumidores, para quienes gastar en alternativas sostenibles es un lujo que no pueden permitirse o que no están dispuestos a priorizar.
Por último, la inestabilidad geopolítica también obstaculiza los avances hacia los objetivos de sostenibilidad, pues la seguridad, la defensa y la guerra acaparan cada vez más la atención —y el dinero— del mundo.
Es fácil caer en el pesimismo. Los desafíos que plantea abandonar los combustibles fósiles y las materias primas de origen fósil son considerables. Hay muchos factores interrelacionados que tener en cuenta; ninguno es fácil de abordar ni puede resolverse de forma aislada. Dada la magnitud de la tarea, probablemente no sea acertado preguntarnos cómo podemos acelerar la transición energética. Lo fundamental es hacerla bien.
Se han logrado grandes éxitos en el desarrollo de combustibles renovables, las energías renovables, el almacenamiento de energía y los vehículos eléctricos. Esto alimenta la esperanza de que veamos un efecto de bola de nieve en la transición para abandonar los recursos fósiles, que cobre impulso y alcance mayor escala, y que, crucialmente, se lleve a cabo de manera justa y sostenible a largo plazo.




