Debemos comprender la naturaleza y la gravedad de la crisis colectiva que hoy enfrenta la civilización humana para poder responder a las preguntas que plantea. Si no detenemos pronto y revertimos la trayectoria actual de cambio climático desbocado, degradación ambiental y pérdida generalizada de biodiversidad, la economía mundial sufrirá por sí sola consecuencias negativas.
No será «salvar el planeta» lo que acabará con el crecimiento. Más bien, la destrucción acelerada de la naturaleza socavará no solo la economía mundial, sino que también podría llegar a amenazar muchas formas de vida en la Tierra, incluida nuestra propia especie.
El consenso científico sobre este hecho es prácticamente universal, y sus consecuencias económicas negativas también son cada vez más claras. Cabe establecer un paralelismo con una crisis anterior. En plena Guerra Fría, cuando los asesores económicos del presidente Eisenhower acudieron a informarle sobre el posible impacto de una guerra nuclear en el dólar estadounidense, según se cuenta, este respondió : «Esperen un momento, muchachos; [en caso de una guerra nuclear] no vamos a reconstruir el dólar. Vamos a andar escarbando para encontrar gusanos».
Aunque el cambio climático pueda parecer un fenómeno de más largo plazo, a escala geológica está ocurriendo en un abrir y cerrar de ojos. Por importante que sea el crecimiento económico, la cruda realidad es que, al igual que Eisenhower, si no atajamos esta crisis, probablemente nos preocuparán otras cosas antes que el crecimiento económico.
La pregunta fundamental es, por tanto, cómo salvar el planeta y, con él, la economía, de esta crisis que abarca generaciones, teniendo en cuenta los incentivos extremadamente cortoplacistas de nuestras principales instituciones —sobre todo las empresas y los gobiernos, que funcionan, respectivamente, en torno a los beneficios trimestrales y los resultados de las próximas elecciones—, así como del público mundial, que con razón se preocupa por su propia vida y sus medios de subsistencia.
¿Cómo podemos incentivar a los líderes para que tomen decisiones a largo plazo en beneficio de toda la humanidad? ¿Cómo podemos educar y movilizar al público mundial para que comprenda esta lucha y se una a ella? ¿Y cómo podemos reimaginar la economía para que las oportunidades de la transición verde no solo se aprovechen, sino que también se distribuyan de manera más equitativa entre todos los pueblos, en lugar de propiciar una mayor desigualdad e inestabilidad?
En pocas palabras, ¿cómo aseguramos nuestro propio futuro y el del planeta?
Se destacan tres vías de acción:
1) Desarrollar indicadores más integrales que reflejen mejor el crecimiento económico junto con métricas más amplias del bienestar humano y ambiental.
2) Incentivar a todos los actores de la economía a cambiar las actuales vías de innovación e incorporar las transiciones ambientales necesarias a sus modelos de negocio principales.
3) Un liderazgo sabio que pueda trazar una nueva visión para vivir en armonía con la naturaleza e inspirar un compromiso compartido para hacerla realidad.
Los economistas reconocen ampliamente que el PIB tiene limitaciones como medida del bienestar humano. Muchas de ellas se relacionan con la falta de indicadores ambientales que tengan en cuenta los beneficios asociados para la salud humana, la seguridad alimentaria e hídrica y la economía.
Además, los ecosistemas saludables prestan servicios que, en muchos casos, tienen un valor económico considerable. Por ejemplo, más de tres cuartas partes de los principales cultivos alimentarios del mundo dependen de la polinización por insectos o animales. Entre el 5 y el 8 % de la producción agrícola mundial, con un valor de mercado anual de entre 235.000 y 577.000 millones de dólares, se atribuye directamente a la polinización natural. Sin embargo, los polinizadores están amenazados, y cabe esperar que esto provoque pérdidas económicas considerables.
Además, en algunos casos, el desarrollo económico puede perjudicar actividades económicas informales que, sin embargo, son valiosas. Por ejemplo, el uso comercial de los bosques suele ir en detrimento de la recolección de recursos forestales no maderables, desde leña hasta alimentos tradicionales. En estos casos, el crecimiento económico resultante, tal como se mide formalmente —por ejemplo, a raíz de pasar a la explotación maderera—, no solo puede ser socialmente injusto, tener un sesgo de género y perjudicar a los pueblos indígenas y las comunidades locales, sino que también sería ilusorio debido a la pérdida de recursos forestales no maderables.
Además, el valor total de bosques esenciales, como la cuenca del Amazonas, debería incluir tanto su papel fundamental como sumideros de carbono como su contribución a la formación de patrones meteorológicos que hacen posible la producción agrícola y de otro tipo en regiones lejanas.
También debemos reconocer y aprovechar el enorme potencial de crecimiento económico que generará la ecoinnovación, que protege el medio ambiente y promueve el bienestar humano. Según el informe de 2017 de la Comisión de Negocios y Desarrollo Sostenible, alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU (ODS) abre oportunidades de mercado por valor de 12 billones de dólares en cuatro sectores económicos clave: alimentación y agricultura, ciudades, energía y materiales, y salud y bienestar. Estos sectores representan alrededor del 60 % de la economía real, lo que señala las importantes oportunidades económicas que ofrece el desarrollo de soluciones basadas en la naturaleza.
El camino por delante no será fácil ni estará exento de costos. Hacer realidad un nuevo pacto mundial por la naturaleza y el planeta, y avanzar hacia una economía verde, exigirá abandonar las vías de desarrollo actuales y crear alternativas viables para la infraestructura fundamental de la sociedad. Para ello se necesitará un liderazgo visionario, impulsar las innovaciones verdes y compensar las consecuencias a corto plazo, especialmente para quienes más se han beneficiado de los modelos actuales de desarrollo económico.
Sin embargo, este tipo de transición no carece de precedentes. Al igual que la transición de la era agrícola a la era industrial, o de la era industrial a la era digital, se requiere nada menos que reimaginar y reconstruir gradualmente toda la sociedad para adaptarla a las necesidades de una nueva era. Ojalá tengamos la fuerza y la sabiduría necesarias para estar a la altura de este desafío.




